RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 7 (PARTE II)

Recalentar en el horno si es menester

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Masía de los abuelos de Guillermo en la periferia rural de Sheol

27 de septiembre de 2008

 

Guillermo calculó que su hermana debía llevar al menos 24 horas muerta cuando finalmente dio con ella. Tanto su temperatura corporal como el rigor mortis que se había apoderado de su cuerpo, dotando a la situación de un cariz de irreversibilidad incompatible con la esperanza, parecían anunciarlo a gritos: ¡llegaste tarde!

En esos momentos se encontraba hecho un ovillo junto a ella. Aunque ya tenía los ojos secos, había llorado bastante. Lo último que hubiera esperado encontrar al entrar a la cabaña del abuelo era el cadáver de su hermana tirado en el suelo. No podía parar de mirar la horca que pendía de la viga del techo. Que Bárbara había tratado de quitarse la vida era un dato objetivo. El por qué ahora yacía muerta en el suelo con una brecha en la nuca que por fortuna ya no sangraba, y no pendiente de aquella soga de cáñamo era toda una incógnita para él, pero eso no cambiaba lo definitiva que resultaba tal tragedia.

Llevaría del orden de media hora ahí, lamentándose por cuánto mal había hecho, cuando finalmente reparó en la gorra que había sobre una de las baldas de aquella polvorienta estantería. El corazón le dio un vuelco, y se levantó a toda prisa, dejando a su hermana hecha un cuatro en el sucio suelo de la barraca, junto a aquella vieja escalera de tijera. Desde esa posición, Bárbara parecía plácidamente dormida.

Asió con delicadeza la gorra y se la quedó mirando con el ceño fruncido. Estaba parcialmente chamuscada, pero no cabía la menor duda: se trataba de su gorra. La gorra con la que había intentado pasar desapercibido los primeros días de la pandemia, cuando llegó a pensar que la policía daría con él y le encerrarían de por vida por la atrocidad que había propiciado con su acto de mayúscula irresponsabilidad al intentar devolver la vida a José. La misma gorra que llevaba la última vez que él y Bárbara se habían visto.

Desconocía cómo diablos había llegado esa gorra hasta ahí, pero de lo que no cabía la menor duda era que Bárbara, al igual que había hecho él con ella, había estado tratando de encontrarle. Debía haber estado pisándole los talones. El investigador biomédico se esforzó por hacer memoria.

La última vez que recordaba haber visto aquella gorra fue en el centro de Mávet. La llevaba Guille: él mismo se la había entregado. Imaginar a su hijo solo en Midbar le hizo sentir un pinchazo de culpabilidad en el costado. El chaval debería estar pasándolo fatal, debatiéndose en una encrucijada de Schrödinger, sin saber si su padre seguía con vida o por el contrario había fallecido, al igual que él lo había estado al respecto de su hermana hasta hacía escasa media hora. Cerró los ojos con fuerza, apartando esa idea de su cabeza. Guille debería esperar. Al fin y al cabo, le había dejado en buenas manos.

La gorra. Él no había vuelto a ver a Guille con la gorra desde que abandonaran a toda prisa el centro de Mávet, hacía poco más de una semana. Pensó que debía haberla perdido con todo el frenesí de la huida, mientras esquivaban la muerte que se escondía detrás de todas las esquinas. Bárbara debía haber ido a Mávet siguiendo el consejo de Jaime. ¿Cómo si no? Él le había dicho a su antiguo compañero de trabajo que si Bárbara acudía al centro, le dijese que él y Guille estaban en Mávet. Y ella lo había hecho, solo que al parecer, y al igual que él, había llegado tarde.

Guillermo se sintió increíblemente culpable por todo lo acontecido. Su irresponsabilidad y su cobardía habían abocado a Bárbara a una muerte prematura, con a duras penas poco más de un cuarto de siglo de edad. Él la había dirigido hacia dos centros de refugiados que acabaron destruidos. De algún modo, su hermana había conseguido burlar la muerte en ambos lugares, para acabar pereciendo ahí, presumiblemente mientras hacía los preparativos para suicidarse, evidentemente frustrada después de no haberle encontrado. Se maldijo por no haber llegado un poco más pronto.

Nada de eso tenía el menor sentido para él, pero el peso de la culpa se iba volviendo cada vez más insoportable sobre sus espaldas. Todo cuando le había ocurrido a su hermana era su culpa y de nadie más. Si él se hubiese estado quieto, ella seguiría hecha una mierda, sufriendo el duelo de su prometido y el de su padre, pero al menos seguiría con vida, y en un mundo muy distinto al que su intento de ser Dios había hecho digno de una espeluznante película de terror.

Fue entonces, sujetando con fuerza la gorra chamuscada entre los dedos temblorosos, y amenazando de nuevo en estallar en llanto, cuando cayó en la cuenta. Bárbara no aprobaba prácticamente nada de lo que había hecho su padre, principalmente por ser su padre. Ambos se habían llevado como el perro y el gato desde que ella era adolescente, y Guillermo sabía a ciencia cierta que su hermana, aunque por motivos muy distintos, pero al igual que él, no estaba vacunada. Si sus sospechas se demostraban ciertas, quizá aún quedase lugar para la esperanza.

Revitalizado, de nuevo con un claro objetivo en ciernes, cegado por la ambición de igual modo que lo había estado cuando creyó que podría traer a su padre de entre los muertos, se puso de nuevo en marcha. Dejó la gorra donde la había encontrado y se arrodilló junto a su hermana muerta.

GUILLERMO – Ahora vuelvo, Barbie.

Le brindó un beso en la mejilla, sintiendo en los labios el frío que manaba de su piel, y abandonó la cabaña del abuelo. No se percató de la mirada escrutadora de la gata blanca que se había adueñado de la masía los últimos años, acompañada de su prole de cachorros inquietos y vivarachos. Estaba extasiado por la magnitud de su idea. Salió por el agujero del muro sin mirar siquiera si había infectados, subió de vuelta a su coche y se alejó de la masía a toda prisa, con una sonrisa de loco dibujada en los labios.

3×1241 – Muerte

Publicado: 19/12/2019 en Al otro lado de la vida

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Masía de los abuelos de Bárbara en la periferia rural de Sheol

26 de septiembre de 2008

 

El tacto de la soga en el cuello era demasiado duro, demasiado crudo. Raspaba y emitía el mismo olor rancio del resto de la cabaña. Bárbara tragó saliva con cierta dificultad y aflojó un poco el nudo, porque la sensación de ahogo le estaba resultando demasiado desagradable. No fue capaz de notar la ironía que se desprendía de esa reflexión. A esas alturas ya no pensaba con claridad. Aunque no tenía jaqueca, incluso le costaba mantener la vista fijada.

Con la mano sujetándose el cuello, aprovechó para respirar hondo, hasta que los pulmones dijeron basta. Luego soltó el aire lentamente, muy lentamente, mientras la mandíbula inferior le temblaba incontrolablemente. Estaba sumida en un mar de dudas.

Mientras preparaba su horca había llegado a convencerse que, dadas las circunstancias, una muerte rápida sería la mejor sino la única solución a sus problemas. A los suyos o a los de cualquier otro hijo de vecino. Vista la deriva que llevaba el mundo, las cosas, lejos de mejorar, aún se pondrían peor. Y ella consideraba que ya lo había pasado suficientemente mal. Sin nada ni nadie por qué o por quién luchar, seguir haciéndolo sencillamente carecía de sentido.

Cerró los ojos tratando de convencerse de lo que estaba a punto de hacer, y fue al cambiar de posición el peso de su cuerpo cuando el taburete se meneó, puesto que sus cuatro patas no se encontraban todas en el mismo plano. Bárbara se agobió muchísimo, y en un afán instintivo por recuperar pie, acabó dándole una patada al taburete y quedó colgada del cuello.

Por más que estiró las piernas en busca de un punto de apoyo, no fue capaz de hacer pie: al fin y al cabo, de eso se trataba. Por fortuna, cuando cayó tenía la mano metida entre el cuello y la soga, y ésta considerablemente suelta. Ayudándose de la otra mano y lastimándose considerablemente las orejas en un proceso lento y lastimero, finalmente consiguió liberarse de su funesto abrazo y caer a plomo al suelo, donde se golpeó el codo con el taburete caído.

Se pasó del orden de media hora hiperventilando y llorando a moco tendido, sentada en el sucio suelo de la barraca, con la espalda contra la pared del fondo y firmemente abrazada a sus propias piernas, con las rodillas como su propio lecho de lágrimas. Hubiese gritado de buena gana, para liberar la ingente cantidad de tensión que había acumulado, pero lo único que consiguió fue aumentar la cadencia de sus desesperados sollozos.

Todo lo que podía salir mal había salido mal. Estaba demasiado débil por la falta de alimento y demasiado nerviosa por lo que acababa de acaecer. Pero si de algo estaba convencida ahora, era que no quería morir. Si tenía que hacerlo, lo haría, tampoco es que ella tuviese la potestad para evitarlo si el momento finalmente llegaba, pero no sería ella la que tomase la decisión. Sentir a la muerte tan de cerca le había hecho cambiar diametralmente su perspectiva al respecto del valor de la vida.

Pasado un buen rato, consiguió atesorar la suficiente presencia de ánimo para ponerse de nuevo en pie. No sabía lo que haría el día de mañana, pero sí lo que quería hacer en esos momentos. Rastrearía los árboles que antaño cuidase su abuelo en busca de algo que llevarse a la boca, y echaría un buen trago del agua del pozo. Quizá algo de alimento y dormir bien abrigada y en blando en una de las camas del primer piso le permitiría poner en orden su cabeza. No las tenía todas consigo, pero tampoco tenía nada mejor que hacer.

Se disponía a abandonar la cabaña cuando las nubes dejaron paso al sol y una luz anaranjada y muy horizontal entró por la ventana, mostrándole la sombra de la horca recortada sobre la pared del fondo. Bárbara echó un vistazo a la cuerda y se maldijo por lo que había estado a punto de hacer. La vida era un bien demasiado preciado para frivolizar con ella. Siempre habría algo por lo que luchar: siempre que quedase un atisbo de esperanza, la de tirar la toalla era una idea que no debía siquiera plantearse.

Agarró la escalera de tijera que había utilizado para colgar la soga a la viga, y la colocó debajo. Todavía estaba temblando, y la cabeza le daba vueltas. Subió los primeros cuatro escalones hasta alcanzar la soga. Notar de nuevo su tacto rugoso, el tacto de la muerte que tan cerca había estado de apoderarse de ella, le hizo sentir un escalofrío que le recorrió toda la espalda, y le hizo sentirse aún peor consigo misma.

Durante su lucha por la vida había apretado muchísimo el nudo, y consciente de que le costaría horrores deshacerlo, decidió tirar la toalla. No tenía ni fuerzas ni presencia de ánimo para seguir esforzándose. Fue al descender por la escalera cuando ocurrió. Bajó hasta el penúltimo escalón, y una vez posó ahí su trémulo y descalzo pie, le sobrevino un nuevo mareo gentileza de su pésimo estado de malnutrición. Trastabilló y perdió el equilibrio, desplomándose al vacío. Una vez más.

El golpe no fue necesariamente mortal. De no haber estado sola, y si los hospitales hubiesen estado aún en activo, ese episodio no debería haber pasado de un buen susto, un viaje a toda prisa en ambulancia, una operación de urgencia, una fea cicatriz en el cuero cabelludo y algún que otro día de ingreso.

El impacto de su sien izquierda contra el duro suelo de la barraca le brindó una fisura en el cráneo de tamaño más que considerable, aunque bastante limpia. Perdió el conocimiento instantáneamente, quedando en posición fetal. La herida y el traumatismo propiciaron una hemorragia interna que acabó provocando la inflamación de su cerebro. El cuerpo no pudo ni supo hacer nada por enmendar tal desgracia, y en cuestión de minutos entró en coma. Sin supervisión médica, el problema se fue haciendo cada vez más irreversible hasta que, un par de hora más tarde, acabó derivando en su muerte.

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Masía de los abuelos de Bárbara en la periferia rural de Sheol

26 de septiembre de 2008

 

Bárbara inspiró con fuerza, notando el olor rancio a humedad y a cerrado que no había abandonado la cabaña del abuelo pese a que ella había dejado la puerta entreabierta la última vez que estuvo ahí. Lo hizo con los ojos cerrados, tratando de poner en orden las ideas en su atribulada cabeza. Su estómago rugió por enésima vez: tenía tanta hambre que hasta eso le resultaba complicado.

Aún a sabiendas que no hubiera hecho la menor falta, y que así lo único que conseguiría sería hacerse aún más daño, husmeó a conciencia por el lugar en busca de una señal, por pequeña que fuera, de que su hermano había vuelto a buscarla. Por más que lo intentó, no fue capaz de encontrar absolutamente nada. Estaba demasiado agotada, hambrienta y triste siquiera para llorar. Ya no le quedaban más cartas para jugar, ni ganas de seguir adelante con el juego de la vida.

Su madre había muerto hacía años, su padre lo había hecho hacía cosa de un mes, poco después que Enrique. Sus amigos, sus vecinos y sus compañeros de trabajo deberían estar también muertos a esas alturas, y en caso contrario, poco debía faltarles. Su hermano y su sobrino, lo único que le quedaba en la vida, también parecían haberla abandonado para siempre. Sola en el mundo, se preguntó si esa no sería la señal que necesitaba para acompañarles a todos ellos en ese viaje sin retorno.

Bárbara tomó un viejo taburete de madera y se sentó. Al hacerlo, notó una molestia en la parte trasera de su pantalón aún húmedo. Se llevó la mano al bolsillo trasero y asió la gorra de Guillermo, la que llevaba puesta el día que ella había acudido a la comisaría de Sheol a reconocer el cadáver de su padre, el mismo día que su hermano le dijo que para reencontrarse con él, lo único que tenía que hacer era volver ahí mismo, a la cabaña del abuelo. Un pensamiento fugaz recorrió su cabeza al recordarlo. Quizá Guillermo tenía razón después de todo, y para reencontrarse con él no necesitase abandonar esas cuatro paredes.

Tras dejar la gorra sobre la estantería que había junto a la puerta, volvió a sentarse en el taburete, que tenía cuatro patas y cojeaba un poco. Suspiró echando la cabeza hacia atrás, con un rictus de pena en el rostro. La polvorienta aunque ominosa viga que cruzaba el techo de extremo a extremo, justo a eje de la cubierta a dos aguas de aquella discreta barraca, parecía susurrarle cosas malignas al oído. Ella se esforzaba por ignorarla, pero su voz era demasiado tentadora.

Dio vueltas a la pequeña estancia durante más de media hora, observando por el rabillo del ojo aquella vieja aunque robusta cuerda de cáñamo que descansaba enredada sobre sí misma encima de una de aquellas arcaicas y oxidadas máquinas. No paraba de repetirse que aunque consiguiera burlar a la muerte por inanición que le pisaba los talones, más tarde o más temprano una de aquellas bestias acabaría por hincarle el diente, y todo su esfuerzo por mantenerse con vida se demostraría estéril.

Si de algo estaba convencida, era que no quería convertirse en uno de ellos. Ya había estado en demasiadas ocasiones a punto de resultar infectada, y dudaba mucho que en su estado actual, tanto físico como emocional, fuese a durar mucho más antes que ese aciago destino finalmente se cerniese sobre ella.

El recuerdo del encontronazo en el puente estaba demasiado reciente, y no quería volver a pasar la inmensa angustia de escrutar hasta el último centímetro de su cuerpo en busca de una herida por la que la infección pudiese haber entrado a su cuerpo. Y sabía perfectamente que si salía por esa puerta, eso volvería a ocurrir. Podría volver a salvarse una, dos, tres veces, las que hicieran falta, pero en una de ellas, cuando menos se lo esperase, encontraría la herida fatal que oficializase su sentencia de muerte.

Sabía perfectamente que ella era la única que tenía la llave para acceder al otro lado de la vida obviando ese esperpéntico limbo, y sin saber muy bien cómo, descubrió que la soga ya se encontraba en sus manos. Era robusta y pesada. Contundente. Sin lugar a dudas podría aguantar su peso sin ningún tipo de esfuerzo: Bárbara era de complexión delgada, siempre por debajo de la media de su peso ideal, y las últimas semanas había perdido varios kilos.

Darle forma a la soga para albergar su cuello fue mucho más sencillo de lo que ella había imaginado. Demasiado incluso. El corazón le latía a toda velocidad bajo su pecho desnudo, al que había aprendido a ignorar. El pudor no tenía cabida entre esas cuatro paredes, y mucho menos en esos momentos. Echó el otro extremo de la soga por encima de la viga. Precisó de cinco intentos, pero finalmente consiguió lo que se proponía.

Anudarlo de nuevo para que el extremo en forma de O de la cuerda quedase algo más de dos palmos por encima de su cabeza no fue tan sencillo, pero lo acabó consiguiendo, con la ayuda de una vieja escalera de tijera manchada de pintura. Tiró de la soga con fuerza, para cerciorarse que estaba bien anudada. Si su hermano hubiese entrado por la puerta en esos momentos, ella estaba segura que habría sufrido un ataque al corazón, de tan nerviosa como estaba.

No por poco premeditado ese destino se presentaba menos inminente, e incluso atractivo en cierto modo, si uno lo comparaba con el que le esperaba fuera. Su vida se había derrumbado por completo, y ahora ya no había manera alguna de reconstruirla. Quitarse de en medio, en ese momento, parecía la mejor alternativa.

Bárbara colocó el taburete justo en la vertical que formaba la soga que pendía de la viga. Se quedó unos minutos observando su obra, incapaz de parar de girar el anillo de pedida de Enrique en su dedo corazón. En un momento dado cerró con fuerza los ojos, hasta notar un desagradable pitido en las orejas y un inesperado dolor en las sienes, y acto seguido dio un paso al frente.

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Periferia rural de Sheol

26 de septiembre de 2008

 

Bárbara llevaba más de seis horas caminando sin parar y estaba realmente exhausta y algo mareada. En esos momentos se encontraba recostada sobre el antepecho de aquél viejo puente de piedra, desde el que se había despedido de las cenizas de su difunto padre, tratando de recuperar las fuerzas, cuando la infectada reparó en ella.

La profesora sabía que esa era su última carta, que si al volver a la cabaña del abuelo no encontraba señales de vida de su hermano, ya no tendría motivos para seguir luchando. En cierto modo, y por la envergadura y proximidad de tal revelación, había decidido posponer un poco más ese punto de no retorno saboreando la tranquilidad que manaba de aquél idílico paisaje natural que tantos recuerdos de su infancia le evocaba.

Se trataba de una tarde despejada y en cierto modo calurosa, con un cielo azul sin mácula. El trinar alegre de los pájaros que revoloteaban de árbol en árbol no hacía más que enfatizar esa falsa sensación de paz y seguridad. Bárbara estaba tratando de hacer memoria del día que debía ser, pues hacía mucho que había perdido la noción del tiempo, y de imaginar qué debería haber estado haciendo de no haber sobrevenido la pandemia, cuando la infectada se le echó encima.

La profesora gritó asustada, más por la sorpresa que por el miedo. La había cogido por completo con la guardia baja. No la había escuchado acercarse, lo cual le resultó cuanto menos inverosímil, a sabiendas de la costumbre que tenían esos seres por armar jaleo. Ahora ya no había tiempo para entretenerse con vagas ensoñaciones. Cada cual tenía un objetivo muy claro: la infectada matarla para alimentarse, y Bárbara librarse de ella para poder seguir adelante, aunque tan únicamente fueran unos pocos minutos más.

El principal problema residía en el hecho que llevaba demasiado tiempo sin llevarse nada nutritivo a la boca, y estaba exhausta, tanto física como mentalmente. La inanición le estaba pasando factura, y se encontraba cada vez peor. La infectada estaba mucho más en forma que ella. La fea cicatriz de su antebrazo daba fe del lugar por el que la infección había entrado a su cuerpo, hasta reemplazarla como su dueña al apoderarse de él. El feo rictus de su boca abierta y llena de dientes daba fe del lugar por el que la infección pretendía salir de él y apoderarse también del de Bárbara.

La profesora cayó de bruces al suelo con la embestida y se dio un golpe en el hombro que le hizo ver las estrellas. En esos momentos ella todavía no estaba infectada, y notó el dolor como el común de los mortales. Trató de rodar por el suelo terroso para librarse de la infectada, pero ésta fue más rápida. La agarró por la camiseta, asiéndola con tal fuerza que le desgarró tanto ésta como el sujetador que llevaba puesto, partiéndolo por la mitad en el encuentro entre las dos copas.

Bárbara aprovechó la oportunidad para echarse a un lado y, a costa de desgarrar un poco más su camiseta, mostrando medio pecho desnudo, consiguió zafarse definitivamente de la infectada. Su propio instinto la empujó a subirse al antepecho de piedra y saltar al río que discurría por debajo del puente. Se dio cuenta a mitad de camino que no había sido una buena idea, instantes antes de estamparse contra las piedras redondeadas por la erosión del agua.

Quedó suspendida por una pierna, con la cabeza a un metro del agua. Algo había frenado su caída. Al mirar hacia arriba vio a la infectada sujetándola por el talón. Bárbara meneó histérica ambas piernas, y finalmente consiguió librarse del mordisco que la infectada pretendía darle en el gemelo. El chapuzón fue inevitable, y el golpe en la espalda más que considerable, pero al menos había conseguido librarse de ella.

Bárbara se puso en pie y miró hacia arriba. La infectada la miraba con odio desde lo alto del puente, con su bamba firmemente sujeta con ambas manos. La profesora vadeó el río, cuya agua le llegaba por la rodilla, hasta quedar debajo del puente, lejos del campo de visión de su pretendida verdugo. Tiritando de miedo más que de frío, aunque estaba empapada de pies a cabeza, se quedó ahí, esperando que ocurriese algo.

Se giró asustada al escuchar un chapoteo. El rápido movimiento de cabeza le provocó un nuevo mareo, y le costó unos instantes enfocar de nuevo la vista. Tan pronto lo hizo vio su bamba emergiendo del agua desde el lugar desde donde la infectada la había dejado caer, y cómo el río se la llevaba, en su discurrir ininterrumpido hacia el Mediterráneo, con el calcetín todavía dentro. Esperó y esperó, pero, para su tranquilidad, la infectada no vino detrás. Un extraño miedo atávico al agua le impidió seguir el ejemplo de Bárbara, y al pasar unos minutos sin verla ni oírla, acabó asumiendo que había huido, y siguió su camino de destino incierto.

La profesora la vio alejarse por el mismo camino por el que había venido, que era el mismo por el que ella había llegado al puente. Aquella mujer no era la primera infectada con la que se había cruzado desde que abandonase Mávet, pero sí la primera que había conseguido echarle el guante. Pasó más de media hora antes de reunir el valor suficiente para abandonar la seguridad que el puente y el río le habían ofrecido.

Al volver a la orilla se quitó el sujetador roto y lo dejó colgado en la rama baja de un árbol cercano. En ese estado ya no le serviría de nada. Bastante más alerta que antes, siguió adelante: ya no le quedaba mucho para llegar a su destino. Tras caminar tan solo con una bamba durante cerca de medio kilómetro, acabó concluyendo que sería mucho más sensato hacerlo descalza, pues de ese modo, lo único que conseguiría sería tropezar o ralentizar su huida si necesitaba salir corriendo. Al menos conservaba un pequeño calcetín deportivo blanco, cuya suela, al igual que la de su pie descalzo, enseguida se ennegreció.

Minutos más tarde, finalmente consiguió llegar, de una pieza contra todo pronóstico, a la vieja masía de sus difuntos abuelos. Acceder al interior de la parcela no fue difícil. El agujero por el que acostumbraba a colarse de pequeña parecía haber menguado, pero ella no encontró dificultades para cruzar.

No se permitió siquiera titubear y fue directa a la cabaña del abuelo. Abrió la puerta de un empujón, y al observar el interior se le vino el alma a los pies. Estaba todo exactamente igual que ella lo dejase la última vez que partió de ahí. Seguir negando la evidencia de que Guillermo, al igual que su sobrino, estaban muertos, no era más que una ingenua estupidez.

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Estación de servicio abandonada de camino a Sheol

25 de septiembre de 2008

 

Bárbara se despertó con la espalda dolorida. Estaba tumbada boca arriba sobre la cubierta de hormigón de una gasolinera, a la que se había encaramado la tarde anterior cuando empezó a oscurecer. Lo había hecho con la noble intención de no ser presa fácil de los infectados y porque fue la única construcción que había encontrado durante la última hora de su larguísimo peregrinaje hacia un desengaño del que ella misma era consciente, pero al que se esforzaba cada minuto por ignorar.

Había caminado durante horas por aquella carretera secundaria. Lo hizo durante el resto de la mañana y toda la tarde, hasta que encontró aquella bendita estación de servicio, cuando el sol estaba próximo a abandonar la bóveda celeste. Había mantenido un ritmo constante en todo momento, pero bastante lento. Estaba demasiado exhausta y hambrienta para darse más prisa.

Durante todo el tiempo que estuvo caminando no se cruzó con absolutamente nadie, lo cual le resultó a un tiempo sorprendente y tranquilizador. Ni una sola persona, ni un coche en la lejanía, y lo más importante: ni un solo infectado. Al menos ninguno vivo. Sí vio en un par de ocasiones lo que parecían los rescoldos de una batalla tan cruenta como rápida, que había acabado con la vida de, en este caso, seis infectados. Dos de ellos lucían impactos de bala, y los otros cuatro contundentes heridas de arma blanca. La imagen era escalofriante, y la profesora no tardó en seguir adelante, sin intención alguna de mirar atrás.

La sensación de encontrarse sola en el mundo se fue acrecentando a medida que pasaban las horas. Pese a que una parte de sí le gritaba que eso era bueno, porque en su lamentable estado físico a esas alturas difícilmente podría haber plantado cara a un infectado, ella no podía menos que sentirse realmente incómoda por ese hecho. Bárbara era una persona eminentemente social y amigable, que gustaba de estar rodeada de gente, y la sensación de aislamiento de los últimos días le estaba resultando francamente asfixiante.

Se incorporó, y lo primero que hizo fue mirar abajo, a la zona donde se encontraban los surtidores. Suspiró aliviada al descubrir que seguía sola. Tenía la espalda molida por haber dormido en una mala postura en una superficie dura y fría. Bajó torpemente de la cubierta, aún sin ser capaz de recordar muy bien cómo lo había hecho para encaramarse ahí arriba en primera instancia. Pensó en seguir adelante, pero el gruñido airado de su estómago le hizo cambiar de opinión. Y de rumbo.

No le costó demasiado encontrar un adoquín suelto con el que romper el cristal de la puerta de entrada a la pequeña tienda. A esas alturas, su cambio de mentalidad no había fraguado del todo, y al hacerlo, se sintió increíblemente incómoda por su fechoría, y atemorizada de que algún empleado pudiera haberla visto y le llamase la atención, o incuso que alertase a la policía.

Entró a la tienda y comenzó a husmear. Tenía el corazón en un puño, y temía encontrar un infectado detrás de cualquier estantería. Pero ahí no había nadie más que ella. La tienda estaba demasiado en orden como para haber resultado saqueada, pero de lo que no cabía la menor duda era que alguien se lo había llevado todo, desde las revistas de cotilleos hasta los chicles, pasando por el aceite para motor y los sobres de comida preparada. El último de los trabajadores que había ofrecido su servicio se había cobrado su última nómina en especias, y había dejado limpias todas las estanterías, para fastidio de la hambrienta profesora.

Bárbara fue incapaz de encontrar nada de utilidad por más vueltas que dio, cada vez más frustrada. Consciente que no hallaría lo que buscaba en la tienda, decidió cruzar una discreta puerta que había tras el mostrador. Se trataba de una diminuta sala de descanso, con un pequeño baño mixto, una mesa contra la pared con dos sillas y cuatro taquillas en la pared opuesta. Tres de ellas estaban cerradas con un candado idéntico. La cuarta carecía de candado, y al abrirla, Bárbara sonrió al descubrir que el dueño no había tenido tiempo de llevarse lo que contenía.

Obviando el uniforme, una bolsa con algo de marihuana y treinta y siete céntimos, el botín consistía en un par de chocolatinas de galleta y caramelo, de formato pequeño, y una lata de bebida energética sin calorías. Devoró con fruición las dos chocolatinas, notando un desagradable pinchazo en las papilas gustativas a medida que comenzaba a salivar. Acto seguido abrió la lata y le dio un sorbo a aquél refresco. El sabor le resultó repugnante, e incluso le hizo provocar una arcada. Llevaba demasiado tiempo sin comer, y ella detestaba ese tipo de bebidas. No obstante, se bebió hasta la última gota, consciente de la necesidad imperiosa de llenar el estómago.

Antes de abandonar la gasolinera hizo uso del baño. Trató de tirar de la cadena en repetidas ocasiones, pero la cisterna ya no tenía agua, de modo que el contenido de su vejiga quedaría en el retrete para el siguiente que pasara por ahí. Aprovechó para echarle un ojo al pequeño botiquín que había junto a la puerta, y utilizó las pequeñas tijeras que había para cortar sus tejanos por encima de las rodillas, con la intención que éstos no la frenasen si necesitaba salir corriendo. Pensó en llevarse las tijeras consigo a modo de arma blanca, pero eran ridículamente pequeñas, y concluyó que lo más fácil era que acabase haciéndose daño, de modo que las dejó donde las había encontrado, y volvió sobre sus pasos.

Algo más reconfortada al haber llenado el estómago, aunque sólo fuera un poco, continuó su peregrinaje a pie en dirección a Sheol, rezando en voz baja para no encontrar ningún infectado por el camino, y preguntándose por enésima vez cómo diablos había ido a parar a una carretera secundaria perdida de la mano de Dios, en un mundo que parecía sacado de la peor de sus pesadillas.

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Centro de acogida a refugiados abandonado de Mávet

24 de septiembre de 2008

Bárbara recorrió el perímetro del centro arrastrando los pies, con muy poca presencia de ánimo, mientras las gotas de lluvia impactaban cada vez con más fuerza sobre su cuerpo abatido y agotado. Esta vez no rió. Lo que le estaba ocurriendo no tenía la más remota gracia. Sintió ganas de gritar y de llorar, pero lo único que hizo fue mantener un semblante excepcionalmente serio. Cualquiera que hubiese estado cerca, hubiera preferido mantener las distancias tan solo mirándola a la cara.

Los trabajadores del centro habían levantado una pequeña porción de la valla que los terroristas echaran abajo, pero el resto seguía tal como ella lo recordaba de aquella funesta noche. No le costó en absoluto encontrar un punto flaco por el que entrar. La inercia la llevó de vuelta al lugar donde aquella noche ardía con saña la pira humana más grande que ella había visto jamás.

Cualquier atisbo de esperanza por conocer de primera mano el destino de su única familia se había volatilizado junto con todos esos cadáveres. Si su hermano o su sobrino estaban realmente ahí, ella jamás podría ya reconocerles.

La pira incendiaria no era más que una caricatura de lo que fuese. Su tamaño había menguado sustancialmente. Ahora a duras penas se podían distinguir los cuerpos más que como una masa informe de huesos, carne carbonizada y ropa prácticamente irreconocible en un magma espantoso que no permitía siquiera discernir dónde empezaban unos cadáveres y dónde acababan los otros.

Bárbara se sorprendió envidiándolos. Toda esa gente ya no tendría que volver a preocuparse por su seguridad, por su alimentación, por su supervivencia ni por sus seres queridos. Toda esa gente era libre: la muerte les había exonerado de tan dura carga. Ella, sin embargo, seguía condenada a vivir, y esa perspectiva cada vez le parecía menos atractiva. No pudo evitar estallar en llanto, superada hasta cotas insospechables por la impotencia, el cansancio y el miedo.

Esa fue la primera vez que deseó haber sido una de las primeras bajas en aquella escalada de violencia sin sentido. Su mente trastocada no hacía más que gritarle que estaría mejor muerta que esquivando torpemente algo que no era más que cuestión de tiempo que acabase ocurriendo. Aquella insidiosa voz le repetía en voz alta que por más que se esforzase por mantenerse con vida, su muerte estaba ya escrita a sangre en el libro del destino, y que en su afán por aplazarla, lo único que conseguiría sería obtener aún más sufrimiento.

La ominosa visión de la pira era demasiado aciaga para soportarla más, de modo que se alejó de ahí, importándole bien poco que algún infectado estuviese merodeando por la zona. En esos momentos estaba sumida en un pozo desasosiego tal, que llegado el momento, incluso dudaba de sí misma sobre si se molestaría en defenderse si una de aquellas alimañas intentaba acabar con ella.

Dio un pequeño paseo por las inmediaciones, para acabar de convencerse de que ahí no había nadie, que durante los días que había estado ausente, por algún motivo, los encargados del centro habían preferido tirar la toalla y clausurarlo, abandonándolo a su suerte, eso sí, después de llevarse todo lo que pudiera ser mínimamente de utilidad.

Por más vueltas que dio, no fue capaz de dar con absolutamente nada que llevarse a la boca, ni armas ni municiones, ni tan siquiera medicinas. Se habían ido para no volver, pero antes habían arramplado con todo, de modo que el centro ofrecía aún menos atractivo que la ciudad infestada de infectados de la que había escapado hacía menos de una hora.

Bebió del agua que se había acumulado en un cubo que parecía limpio. Al principio lo hizo de manera comedida, pero luego vertió el contenido en su boca con fruición y deleite. Hasta ese momento no se dio cuenta de lo realmente sedienta que estaba. No paró hasta beber más de litro y medio, hasta que su panza, hasta el momento plana y coronada por unas costillas marcadas a lado y lado, acabó mostrando una ligera curvatura.

De lo que no cabía la menor duda era que no podía quedarse ahí eternamente: ahí no había nada que llevarse a la boca ni lugar seguro donde guarecerse de los infectados. Antes de abandonar definitivamente el centro llenó dos botellas vacías de litro y medio que había encontrado tiradas junto a un contenedor al que el viento había hecho volar la bolsa de basura, y se las llevó consigo metidas en una bolsa de plástico con el logotipo de los supermercados IFAI que encontró junto a una de las vallas caídas.

Desanduvo sus pasos por la misma carretera por la que había venido, sin saber muy bien qué hacía, limitándose a dejarse llevar por la inercia. Mantenerse a plena luz del día no parecía una idea muy sensata, de modo que se dirigió de vuelta a Mávet. Minutos más tarde, ahora con la luz grisácea que lo inundaba todo, vio de nuevo aquél enorme cartel blanco que marcaba el desvío.

Al contemplar aquella ominosa palabra en mayúsculas, SHEOL, un discreto atisbo de esperanza volvió a apoderarse de su ingenuo espíritu. De nuevo la imagen de la cabaña del abuelo, el lugar donde Guillermo afirmaba haber sido engendrado, el lugar al que Guillermo le había dicho que debía dirigirse para reencontrarse con él, se formó delante de sí. Ella estaba convencida de que su hermano había fallecido, y que ahí no encontraría nada, pero… ¿y si se equivocaba?

Trató de convencerse que esa decisión estaba siendo tomada desde la sensatez: al menos ahí tendría un techo que la protegería de la lluvia, algo de fruta que comer, agua a espuertas en el pozo y unos muros que la resguardarían de los infectados. Sin embargo, la realidad era muy distinta. Lo que estaba a punto de protagonizar, caminando más de cuarenta kilómetros a pie por la carretera a la búsqueda de una quimera, era una temeridad manifiesta. No obstante, obvió el desvío y siguió adelante, bajo la lluvia, rumbo a la ciudad que la había visto nacer, que sería la misma ciudad que la vería morir.

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Contenedor de basura orgánica, entrada de Mávet

24 de septiembre de 2008

 

Fueron las gotas de lluvia impactando con fuerza contra la tapa del contenedor en el que llevaba encerrada lo que le había parecido una eternidad, las que marcaron un punto y aparte en la inercia que la había llevado a no hacer absolutamente nada como solución a sus problemas. Hasta el momento se le había dado bastante bien, pero era perfectamente consciente que no podría seguir así mucho más tiempo, antes de llegar al punto de no retorno. Ya estaba increíblemente hambrienta y tenía la boca demasiado seca para pensar con claridad.

Había acabado acostumbrándose al olor, al mismo olor que había amenazado con hacerla vomitar en más de una ocasión, hasta el punto de aprender a ignorarlo. La elección de ese lugar se había demostrado un acierto mayúsculo.

Estaba convencida que podría haber pasado ahí una semana entera sin atraer la atención de un solo infectado. Los pocos que habían deambulado a su alrededor durante el día y los muchos que lo habían hecho durante la noche, la habían ignorado por completo. Ella los oía con meridiana claridad a una distancia a todas luces demasiado próxima para no hacer que se le saliera el corazón por la boca, pero se había limitado a mantenerse quieta y en el más absoluto de los silencios, y al parecer, eso había sido más que suficiente.

Llevaba ahí encerrada más de veinticuatro horas, durante las cuales había tenido mucho tiempo para pensar. Demasiado tiempo para pensar. No hacía más que darle vueltas a la idea que con su lucha férrea aunque demencialmente torpe por mantenerse con vida, lo único que estaba haciendo era retrasar lo que a todas luces era inevitable. Si no más tarde, más temprano, acabaría siendo víctima de algún infectado: ella no tenía nada de especial para vencer donde tantos otros habían perecido.

Quizá en gran medida fruto de esa congoja interior, por la acuciante necesidad de dejar de darle vueltas a la cabeza y dar carpetazo de una vez por todas al largo período de ayuno que se había autoimpuesto desde que entrase en el contenedor, que tomó la determinación de salir. Quizá también tuvo algo que ver el hecho que hacía varias horas que no escuchaba a un solo infectado merodeando por la zona. Ella aún no sabía que era precisamente la lluvia el motivo por el que los infectados se habían escondido, pero de igual modo le serviría.

Se dio media vuelta, hasta quedar bocabajo sobre aquél ingente montón de basura, la mayor parte de la cual estaba metida en bolsas, muchas de las cuales no estaban rotas, por fortuna, y levantó unos milímetros la tapa del contenedor. Se quitó un gran peso de encima al mirar en derredor y comprobar que no tenía compañía. Su visión no era de 360 grados, y bien podría haber un infectado esperándola en la acera opuesta, pero se armó de valor y salió de su escondrijo. Un vistazo más exhaustivo la convenció de que no había peligro inminente.

Sentía las articulaciones entumecidas por llevar tantísimo tiempo quieta, pero, pese a no estar vacunada, apenas tardó en recuperarse. Quizá su cuerpo era consciente de la necesidad imperiosa que tendría de salir corriendo si cualquier infectado se cruzaba en su camino, y no quería ponerle las cosas aún más difíciles. Huyendo del infectado se había desorientado, y ahora no sabía muy bien hacia dónde debía dirigirse para volver sobre sus pasos. Siguió su instinto, caminando hacia la esquina más cercana.

Durante su espantoso peregrinaje por las calles de Mávet, le llamó la atención una porción de acera que, pese a estar mojada igual que el resto, había adquirido un tono rosáceo. Tan pronto echó un vistazo hacia arriba y vio aquella mano sobresaliendo del forjado del balcón, lo entendió todo. Otra gota de sangre se desprendió del dedo índice y fue a parar a la misma porción de acera. Bárbara no quiso ni imaginar lo que podría haber pasado en aquél piso, y continuó calle abajo, cada vez más sorprendida al ver que ningún infectado se cruzaba en su camino, por más que avanzara.

Ella no fue consciente de los ojos escrutadores de un par de hermanos adolescentes que la vieron, a través del visillo de la ventana de la habitación de sus padres, a los que hacía una semana que no veían. La habían confundido con una infectada más. Ellos no eran los únicos vecinos de Mávet que se escondían como ratas en sus viviendas, pensando que manteniéndose alejados del peligro reinante en las calles podrían sobrevivir. Más tarde o más temprano, a todos se les acabaría la comida, o lo que era peor, la bebida, y tendrían que ponerse en peligro, y entonces la rueda de la muerte que habían detenido momentáneamente se pondría de nuevo en funcionamiento.

Otros ojos la observaban desde otras ventanas, tanto de viviendas como de locales, pero éstos eran de un color muy distinto. La observaban con rabia e impotencia por no poder echar abajo la barrera del pánico instintivo a tan ridícula inclemencia del tiempo y destruirla ahí mismo para darse el mejor festín con su cuerpo aún caliente.

Tardó mucho más de lo que hubiese deseado en llegar de nuevo a la entrada de Mávet, pero una vez lo hizo, desandar sus pasos por la carretera fue pan comido. Lo hizo al trote, cada vez más nerviosa. La lluvia había perdido intensidad, pero seguía cayendo incansable sobre sus hombros ya calados. Ella lo agradeció, en cierto modo, pues era consciente que debía apestar de un modo infame.

Cuando finalmente llegó al centro de acogida, el alma se le vino a los pies. Ya no es que no hubiera autobuses, es que no había un solo vehículo. Ni una sola persona deambulaba por la zona arreglando la valla u ofreciendo ayuda a otros supervivientes desamparados como ella. Ahí no había absolutamente nadie: el lugar estaba completamente desierto. Bárbara volvía a estar sola, abandonada a su suerte a merced de los infectados a los que hasta ahora había conseguido burlar, pero que más tarde o más temprano acabarían por darle caza.

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Piso abandonado a la entrada de Mávet

23 de septiembre de 2008

 

Bárbara se despertó de un sueño bastante anodino que echaría mucho de menos hasta que lo olvidase por completo en pocos minutos. En el sueño ella estaba paseando por el centro de Etzel un día soleado, y visitaba un par de tiendas en las que acababa no comprando nada, para luego encontrarse con un viejo compañero del instituto al que hacía años que no veía, que se estaba quedando calvo. Era el mundo previo a la pandemia, un mundo que ahora tan solo tenía cabida dentro de un sueño.

Despertó a media mañana alertada por un extraño ruido. Se incorporó en aquél gran colchón que había en el dormitorio del piso que había okupado hacía unos días, y miró hacia su mochila. Estaba abierta, y de ella emergía una cola de al menos 10 centímetros de longitud cuyo dueño, con el trasero peludo, quedaba oculto tras la cremallera.

Bárbara gritó para alertar al animal, y la enorme rata asomó por la cremallera, aún masticando lo que había estado comiendo mientras la profesora dormía para acto seguido salir corriendo por la puerta entreabierta del dormitorio. Bárbara la siguió hasta el pequeño lavadero que había junto a la cocina, pero ahí la perdió de vista para siempre.

El análisis de desperfectos delató que, mientras ella dormía, la rata se había estado alimentando del contenido de la bolsa en la que guardaba la poca comida que le quedaba. Bárbara había estado racionándola a conciencia desde que se encerrase en ese piso, del que no había salido ni una sola vez desde que llegase. Había estado pasando bastante hambre con la intención que esa poca comida le durase lo máximo posible.

Bárbara fue incapaz de ignorar todas las noticias que había escuchado durante el inicio de la pandemia en las que decían que habían sido los roedores los que la habían contagiado al ser humano y propagado en primera instancia, al igual que lo hicieran con la peste negra en el siglo XIV. Pese a que esa no era más que una de las docenas de versiones diferentes que se inventaron los medios de comunicación para tratar de esclarecer algo que tan solo sabía su hermano, la profesora prefirió no arriesgarse, y tomó la dura decisión de no consumir esa comida mordisqueada.

Para su consuelo, a duras penas le quedaba ya una quinta parte de cuanto había traído consigo, que tampoco era mucho, de modo que el mal no era tan grande. No obstante, esa poca comida había sido su salvaguarda ante la necesidad imperiosa de volver a salir del piso, cosa que hubiera preferido posponer tanto tiempo como hubiera sido capaz. Ahora ya no había más excusas para seguir postergando lo inevitable.

En los cinco días que llevaba ahí malviviendo no había visto ni oído a ninguna persona. En realidad sí había visto a personas, a muchas, muchas personas, deambulando por las calles, la mayor parte durante la noche, pero todas y cada una de esas personas estaban infectadas. Pese a que muchos la vieron, la escucharon e incluso la olieron, afortunadamente ninguno de ellos fue lo suficientemente inteligente para encontrar el modo de alcanzarla.

El aislamiento social al que había sido empujada por el destino le había hecho pensar mucho al respecto de su hermano. Una parte dentro de sí le decía que quizá aún había lugar para la esperanza, que quizá él fuera uno de los pocos que había conseguido huir a tiempo del atentado en el centro de acogida. Pese a que todo apuntaba en la dirección contraria, ella no estaría del todo convencida de la necesidad de tirar la toalla hasta que no viera su cadáver con sus propios ojos.

Fue la proximidad al centro de acogida la que le dio fuerzas para tomar esa importantísima decisión. Podía posponer unos pocos días más la partida, pero mientras más tiempo pasara, más débil estaría, y habida cuenta del peligro que reinaba en las calles, esa no parecía una idea muy sensata. Debía salir cuanto antes, y dejarse ayudar de una vez por todas. Aún había esperanza para ella, si de una vez por todas dejaba de deambular de un lado a otro en busca de un imposible y pensaba un poco más en sí misma. Su cabeza era un galimatías de contradicciones.

Al asomarse por la ventana que daba a la calle por la que había entrado al bloque de pisos vio a un par de infectados caminando por la acera de enfrente. Afortunadamente, ninguno de los dos se percató de su presencia. Salir por ahí no parecía ser una opción, pero esperar a que se fueran tampoco, pues en esos momentos el sol lucía en todo su esplendor, aunque aquellos dos rezagados parecían no darse cuenta, y ese era sin duda el mejor momento para burlarlos. Eso lo sabía cualquiera. De noche, sería mucho peor.

Bárbara caminó hacia el pequeño lavadero que tenía el piso, abrió la ventana que daba a una calle mucho más estrecha y se puso a dar voces, tratando de atraer a los infectados. Se pasó así un par de minutos, y acto seguido volvió a mirar la por la ventana del salón. Los infectados que viera frente al portal habían desaparecido. En su lugar tan solo quedaba aquella gran flecha blanca dibujada en el asfalto.

Salió de nuevo a cielo abierto tan solo ataviada con la ropa que llevaba puesta, la gorra de su hermano embutida en el bolsillo trasero del pantalón y su mochila, mucho más liviana, después de haberse bebido hasta la última gota de agua que tenía. La calle estaba vacía, pero ello no hizo menguar su asfixiante sensación de vulnerabilidad. Caminó en sentido opuesto al de las flechas que la habían traído hasta ahí, consciente que así podría volver sobre sus pasos y encontrar el camino de vuelta al centro, que con algo de suerte, a esas alturas ya habría recuperado la normalidad.

No llevaría recorridas ni un par de calles cuando dio con un infectado, que había estado oculto de su vista tras una furgoneta azul. Era un hombre de la edad y la complexión de su hermano, con un bigote muy parecido al de su hermano. Pero aunque durante un instante el corazón le dio un vuelco al confundirle con él, enseguida cayó en la cuenta que era otra persona, un vecino anónimo de Mávet al que probablemente nadie echaría en falta, pues todos sus seres queridos estarían muertos a esas alturas. Y eso en el mejor de los casos.

El infectado corrió hacia ella, gritando las habituales incongruencias de los de su estirpe. Bárbara huyó en dirección contraria y resbaló con una lata aplastada, perdiendo un tiempo precioso. Para cuando quiso levantarse, el infectado ya estaba a su altura. Trató de agarrarla pero tan solo consiguió asir su mochila. Desgarró una de las asas y Bárbara se deshizo de la otra, en un intento desesperado por salvar la vida. El infectado cayó rodando, sosteniendo su botín, y la profesora aprovechó la oportunidad para escapar.

Cruzó a la carrera la esquina que tenía más cerca, escuchando a su espalda los gritos frustrados de su persecutor. Miró en derredor en busca de un lugar donde guarecerse, consciente que de la decisión que tomase dependía en entero su supervivencia. La decisión fue rápida y muy eficiente. Se metió en un contenedor de basura orgánica que había a escasos dos metros de ahí, con el corazón latiéndole a toda velocidad bajo el pecho.

El olor del pánico y la adrenalina que supuraba en forma de sudor por sus poros se mezcló con el de los desperdicios sobre los que había ido a parar. Quizá fue por ello que el infectado, al cruzar la esquina y no verla, tras deambular un poco por las proximidades, acabó abandonando la zona.

Triste, sola y asustada, mientras las lágrimas le recorrían las mejillas, habiendo perdido lo poco que le quedaba en aquella ridícula mochila, Bárbara se quedó ahí dentro, tapándose la boca con una mano para evitar que ese infectado, o cualquier otro, la escuchase, y la nariz con la otra para paliar la repugnancia del fétido olor que reinaba en aquél contenedor que le había salvado la vida.

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Afueras de Mávet

18 de septiembre de 2008

 

De no haber sido por la luz reflejada en la luna, que aparecía y desaparecía a merced de las nubes, Bárbara no hubiera sido capaz de llegar tan lejos. El pueblo estaba completamente a oscuras. Ni una farola encendida, ni los faros de un coche en la lontananza, ni triste un brillo detrás de una ventana. Lo que otrora hubiese reconocido incluso como algo bello, ahora le ponía los pelos de punta. Detestaba estar ahí, y no veía el momento de ponerle solución.

Afortunadamente, ya se le había pasado la enajenación que sufrió tras la mala nueva, y ahora era el pánico el que copaba toda su atención. Estaba sola, desarmada, a oscuras, en una ciudad que no conocía, a merced de esos seres sin alma que no dudarían un instante antes de asesinarla con sus propias manos para alimentarse de su cuerpo aún caliente acto seguido.

Siguió caminando, buscando desesperadamente un lugar en el que guarecerse. A duras penas había avanzado una calle desde que cruzó por medio la glorieta que daba acceso al pueblo, cuando escuchó el tintineo de un cascabel. Ello la hizo ponerse aún más alerta. Abrió los ojos como platos al ver dos luces, dos pequeñas canicas brillantes que se acercaban a ella desde detrás de un contenedor de basura en el que no cabía nada más, y se quedó quieta como una estaca en mitad de la calzada.

Se relajó considerablemente al descubrir que el dueño de aquellos discretos fuegos fatuos no era más que un gato, evidentemente doméstico. El pequeño felino se acercó a ella y restregó su peluda frente en su tobillo, amistoso. Bárbara se agachó ligeramente y le acarició el lomo. El gato levantó la colita y ronroneó con fuerza. Bárbara se preguntó cómo habría sobrevivido tanto en los tiempos que corrían, con una actitud tan abiertamente sociable. Era poco más que un cachorro.

La profesora se arrodilló y le destrabó el enganche del collar, mientras el pequeño felino seguía ronroneando. Tan pronto le liberó de aquél sonido constante que hubiera dificultado aún más su supervivencia, el gato se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la calle opuesta.

BÁRBARA – Mucha suerte, minino.

Bárbara decidió seguirle, habida cuenta que no tenía idea de dónde se encontraba, y tiró el collar a una papelera cercana. Antes de cruzar la esquina de la calle por la que había desaparecido el gato, se asomó. Sus ojos hacía mucho que se habían amoldado a la falta de luz. Lo que estaba haciendo era una temeridad manifiesta, y a esas alturas, cualquier pequeño susto le habría hecho perder el conocimiento.

Al no ver hostilidad, cruzó y siguió observando los bajos de los edificios en busca de cualquier punto débil por el que poder acceder, aún siendo consciente que, de hacerlo, lo más probable era que encontrase un infectado dentro. Hasta el momento no se había encontrado con ninguno, pero ella sabía que eso no era más que una cuestión de suerte, y que ésta no le duraría eternamente.

Apenas había avanzado por la calle cuando vio la primera flecha. Se trataba de una flecha blanca, en mitad de la calzada, dibujada con spray en el suelo. Habida cuenta que no tenía un mejor lugar al que ir, y que aún no había sido capaz de encontrar una sola puerta, portal, persiana o acceso a local que no estuviese firmemente cerrado, decidió seguir la dirección marcada en el suelo.

Esa flecha la dirigió hasta el final de la calle, donde descubrió otra que la invitaba a girar hacia la izquierda. Ahí tampoco había nadie, de modo que también la siguió. Tardó tan solo un par de minutos en llegar al destino final de aquellas flechas. La última de todas señalaba una puerta entreabierta en los bajos de un edificio de viviendas en una fase muy avanzada de construcción.

Respiró hondo y empujó la puerta con suavidad. Por fortuna, era prácticamente nueva, y no hizo el más mínimo ruido. Allá dentro todo estaba sumido en oscuridad. Bárbara estaba ya dando media vuelta para volver sobre sus pasos, más que convencida que no se internaría en el edificio sin ver lo que tenía delante, cuando descubrió sobre una pequeña mesa de camping que había a su lado un par de linternas.

Notó un escalofrío muy agradable recorrerle el cuerpo al comprobar que la linterna que había tomado funcionaba. Estaba en el portal de un bloque de pisos. Ahí todo parecía en regla. Lo único que faltaba eran los buzones y las puertas del cuarto de contadores, que aún no habían sido instalados, y que jamás lo serían. Desde ahí no había acceso a los locales en planta baja, y las primeras viviendas estaban un piso más arriba.

Sacando valor y fuerzas de donde parecía no haberlos, Bárbara comenzó a subir las escaleras, linterna en mano, más que dispuesta a salir corriendo ante el menor signo de que no estuviese sola. Su mente había obviado la presencia del ascensor, que la esperaba con la puerta abierta ahí en los bajos. De poco le hubiera servido.

Al llegar al primer rellano comprobó que tan solo tenía dos puertas. Ambas eran robustas puertas blindadas y estaban cerradas a conciencia. Subió otro tramo de escaleras y se sorprendió al ver un par de colillas tiradas por los escalones. El segundo rellano también tenía dos puertas, pero una de ellas estaba entreabierta. La profesora respiró hondo y entró al piso.

Pese a que la pequeña vivienda estaba prácticamente vacía, resultaba evidente que ahí había vivido alguien, y hacía muy poco. En el salón tan solo había una mesa de plástico barata con dos sillas de madera con el forro del asiento medio descosido. Sobre la mesa, un tarro bastante grande de aceitunas gazpachas lleno hasta la mitad de colillas. En la encimera de la cocina vio una lata de pintura llena de huesos de pollo, envoltorios de patatas fritas de bolsa, y varias latas de conservas vacías.

Tan solo había esa sala en la que convivían salón y cocina, un minúsculo lavadero adyacente, dos habitaciones y un baño. Las habitaciones y el lavadero estaban en regla. Una de ellas estaba completamente vacía, y en la otra tan solo había un enorme colchón tirado en el suelo. El olor que venía del baño era muy poco atractivo, pero Bárbara decidió entrar de todos modos: era la última estancia que le quedaba por revisar, antes de dar el lugar por seguro.

Gritó al ver el cuerpo en la ducha. Ahí estaba todo manga por hombro. Aquella mujer debía tener al menos veinte clavos distribuidos por el cuerpo. Los demás clavos que había por el suelo y las baldosas rotas daban fe de la cruenta escena que ahí se había producido.

La mayor parte de los clavos se habían alojado en su tórax, pero tres de ellos habían atinado en su cabeza, uno de los cuales había destrozado su ojo derecho. El izquierdo estaba abierto, y mostraba la indiscutible marca de la infección. Por fortuna, esa infectada no se levantaría a atacarla. Estaba bien muerta.

El retrete estaba cerrado, pero resultaba evidente que dentro había una colección más que generosa de heces y orines, que la ausencia de agua corriente no había podido llevarse. Bárbara salió y cerró la puerta del baño, más que convencida de no volver a entrar jamás. Por más vueltas que dio por el piso, no fue capaz de encontrar la pistola de clavos.

Pese a que había cerrado la puerta a su paso, Bárbara volvió a la entrada y le dio un par de vueltas al cerrojo. Caminó linterna en mano hacia el dormitorio principal, y observó de nuevo el panorama. No había rastro del somier, pero el colchón tenía aspecto de estar limpio, de haber sido robado hacía muy poco tiempo y apenas usado. Sería más que suficiente.

Horas más tarde, con el ruido de las pisadas de los infectados a los que había burlado deambulando por las calles, finalmente consiguió dormirse, con las mejillas refrescadas por las lágrimas que había vertido, el estómago vacío y el más absoluto desconocimiento sobre qué haría con su vida en adelante.

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA: Nueve

 

La muerte sí es el final

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Inmediaciones del centro de acogida a refugiados de Mávet

18 de septiembre de 2008

 

El bombero agarró con firmeza a Bárbara por el antebrazo y la levantó del suelo. Era evidente que lo estaba pasando mal, habida cuenta de los lagrimones que recorrían sus mejillas, pero él se mostró inflexible. La profesora había conseguido acabar con su paciencia: ya le había hecho perder demasiado tiempo.

El centro había sido asaltado por unos terroristas que habían venido con la intención de robarles los suministros, echando abajo las vallas y haciendo cundir el terror soltando a un puñado de infectados que habían traído consigo. Todos y cada uno de ellos habían perecido por el fuego de los soldados que protegían el centro, del mismo modo que ocurrió con un montón de civiles y demás trabajadores del centro, entre los que la profesora sospechaba que se encontraba su única familia.

Bárbara acababa de asumir la muerte de su hermano y la de su sobrino, después de llegar unas pocas horas tarde al centro de acogida a refugiados al que ambos habían acudido. Pese a que no había sabido distinguir con sus propios ojos ambos cadáveres en aquella enorme pira, la gorra parcialmente chamuscada que sostenía entre los fríos y temblorosos dedos parecía gritarle a la cara que dejase de buscar excusas para seguir ilusionándose, y asumiera de una vez por todas que estaba sola en el mundo.

El hercúleo esfuerzo que había hecho por reencontrarse con ellos había resultado en vano. Como la vez anterior, y la anterior a esa. La profesora llevaba más tiempo del que era capaz de recordar tratando de reencontrarse con Guillermo. Esta vez parecía la definitiva, pero tan solo le había hecho golpearse de frente con otro muro, uno mucho peor, porque ahora ya no había espacio siquiera para la esperanza.

DAMIÁN – No se lo voy a volver a repetir. Si no me hace caso, haré que uno de los soldados se encargue de llevársela a rastras. ¿Entendido?

Bárbara, aún con los ojos anegados por las lágrimas, levantó ligeramente la mirada y la cruzó con la del enfadado bombero. Ambos tenían la frente perlada de sudor, a causa de la enorme pira de fuego que envolvía aquél montón de cadáveres de gente inocente, víctimas de la locura que se había desatado en todo el mundo las últimas semanas. El olor a carne humana chamuscada resultaba repugnante.

La profesora asintió y, sumisa, con la mirada gacha, volvió por donde había venido. El bombero respiró aliviado y siguió con sus quehaceres. Bárbara caminó arrastrando los pies de vuelta al acceso al centro, algo mareada por la contundencia de las malas noticias que había recibido. Había bastante gente trabajando con escaso ánimo, que vieron con muy malos ojos que una civil se pasease por ahí en medio.

Al volver al punto de partida descubrió apesadumbrada que el autobús que la había traído hasta ahí ya no estaba. Había partido en algún momento mientras ella trataba de esclarecer el destino de su hermano. Ahora bastante más nerviosa, deambuló de un lado para otro, pero no fue capaz de encontrar ningún otro autobús que pudiera llevarla a un lugar seguro. Porque de lo que no cabía la menor duda, era que el centro de Mávet ya no lo era.

Pese a las miradas reprobatorias que le ofrecían, Bárbara acabó acercándose a uno de los soldados que trabajaban en la reconstrucción de la valla caída.

SOLDADO – Señorita, no puede estar aquí. Este lugar no es seguro.

La profesora se limitó a ignorarle. No tenía fuerzas para discutir.

BÁRBARA – ¿Dónde está el autobús que había aquí?

SOLDADO – Recogió a todos los civiles que quedaban y se fue hacia Midbar.

BÁRBARA – ¿Cuándo?

SOLDADO – No sé… Hará unos cinco minutos.

Bárbara respiró hondo, tratando de tranquilizarse. Estaba francamente hastiada de llegar siempre tarde a todo.

BÁRBARA – ¿Y no queda ningún otro?

El soldado negó con la cabeza. Su compañera le llamó la atención. Él asintió, y se dirigió de nuevo a la profesora.

SOLDADO – Estamos trabajando en la reconstrucción del centro. Haga el favor de alejarse de aquí. Es peligroso.

BÁRBARA – ¿No van a venir más autobuses?

SOLDADO – No lo sé. No me haga perder más tiempo, se lo pido por favor.

BÁRBARA – Pero… ¿Entonces qué hago?

El soldado levantó los hombros, en señal de ignorancia. Aquél hombre también acababa de perder a toda su familia, y no tenía presencia de ánimo ni para resultar empático.

SOLDADO – No lo sé. No lo sé y no tengo tiempo de discutir ahora con usted. Haga el favor de abandonar las premisas del centro.

Bárbara miró hacia atrás, hacia la carretera por la que había venido. Las farolas estaban todas apagadas, aunque por fortuna, la luna estaba casi llena. Miró de nuevo al soldado, pero éste ya no estaba ahí. Se había alejado hacia otra porción de la valla caída, en compañía de la otra soldado.

La profesora empezó a reírse. Lo que comenzó como una risa discreta, acabó tornándose en una verdadera carcajada a voz en grito. Ambos soldados se giraron hacia ella, con el ceño fruncido. Bárbara se rió aún con más fuerza, histérica.

Comenzó a caminar por la carretera con la gorra medio chamuscada de su hermano sujeta en la mano, consciente que tal acto era una temeridad manifiesta, habida cuenta que era noche cerrada, y que los infectados eran seres eminentemente nocturnos. Algo dentro de sí la empujaba hacia el desastre. Algo dentro de sí deseaba con todas sus fuerzas acabar de una vez por todas con tanto sufrimiento.

Pasados unos minutos deambulando a solas por el arcén de la carretera vacía y desierta en plena noche, echó un vistazo a un enorme cartel blanco que pendía de unos robustos postes a lado y lado de la carretera. Tan solo mostraba dos indicaciones. La que hacía referencia al desvío a Mávet, hacia la derecha, estaba indicada en la parte superior de la señal. Debajo había una segunda indicación con una flecha apuntando hacia arriba, en la que pudo leer: SHEOL 40.

Su propio instinto la empujó hacia la derecha y cogió el desvío a Mávet, al que llegaría en menos de diez minutos. Por fortuna, aún no estaba lo suficientemente poco cuerda como para seguir tentando a la muerte.