1×038 – Camino

Publicado: 03/04/2011 en Al otro lado de la vida

38

Frente al almacén del supermercado

29 de septiembre de 2008

La extraña pareja se alejó del que había sido su refugio hasta el momento, y sin más compañía que ellas mismas, caminaron en busca de un destino mejor. Zoe iba cogida de la mano con Bárbara y ésta sostenía en la otra mano el bate de béisbol. El sol matutino les bañaba con su cálido manto, y el silencio, tan poco habitual de esa ciudad y mucho menos a esas horas, les hacía sentirse raramente incómodas. Ese silencio era roto tan solo por el canto de los pájaros y una suave brisa que calmaba un poco el calor. A cada calle que cruzaban, Bárbara se adelantaba y comprobaba, no sin cierta incredulidad, que había vía libre para seguir adelante y acto seguido continuaban.

Zoe tenía en su interior una extraña mezcla de sentimientos contradictorios. Por una parte estaba animada ahora que ya no estaba sola, y se alegraba mucho de tener alguien que le pudiera ayudar si las cosas se ponían muy feas. Estaba segura de que Bárbara estaría con ella pasara lo que pasara, y eso le hacía sentirse más tranquila y menos asustada. Pero por otra parte, estaba algo desilusionada por perder la sensación de superioridad e independencia que había adquirido mientras estaba sola. Se había sentido adulta y responsable por unos días, y ahora veía que volvía a ser quien era antes.

Bárbara, por su parte, ahora estaba demasiado preocupada por que todo saliera bien. Tenía todos los sentidos alerta, esperando que en cualquier momento pasase algo que le hiciera arrepentirse de la decisión que había tomado. A cada paso que daba, se preguntaba una y otra vez si había hecho bien arrastrando a esa niña pequeña en su estúpido plan. No hacía más que pensar lo mal que se sentiría si por su culpa le pasara algo a Zoe, o si era ella la que salía mal parada, que haría la chiquilla sola en mitad de la calle. Todo tenía que salir bien, y ella se encargaría de que así fuera.

Se alejaron de las afueras, adentrándose con paso dudoso en las entrañas de la gran ciudad, ocultándose tras los pocos coches que aún quedaban por ahí, caminando por las zonas que les permitirían salir corriendo con mayor facilidad. Las calles se veían sucias y descuidadas, con papeles de periódico tirados por todos lados, bolsas de basura y su contenido desperdigadas por doquier. Los portales de los bloques de pisos, cada vez más altos, estaban todos cerrados; las ventanas y los balcones de las fachadas, cerradas, vacías, muertas. No obstante, se sentían observadas, como si tras los cristales de las ventanas hubiera alguien dispuesto a contemplar como fracasaban.

A mitad de camino de la estación llegaron a un parque que tenían que cruzar para llegar a su destino sin desviarse más de la cuenta. Al entrar en el parque, ambas sintieron como si volviesen atrás en el tiempo. Ahí todo parecía seguir como antes, nada daba la impresión de haber cambiado en el último mes. Ahí tan solo los árboles y los pequeños animales salvajes daban fe del momento en el que se encontraban, y para ellos, nada había cambiado. Fue al llegar al centro del parque cuando la realidad se cernió de nuevo sobre ellas.

En el centro de un claro se erguía un gran muro que en tiempos conmemoraba las hazañas de los fundadores de la ciudad. Ahora el muro estaba empapelado de arriba a abajo. Se acercaron a él, por curiosidad, y lo contemplaron durante un rato. Cientos sino miles de papeles, de todos los colores y tamaños imaginables, estaban pegados sobre la superficie lisa del muro. La mayoría eran gritos desesperados para encontrar a familiares o amigos desaparecidos. Buena muestra de ello eran las fotografías de esos cientos de personas que a día de hoy ya no estaban entre los vivos. Otros muchos de los cartelitos se limitaban a recordar a los perdidos, a darles un último adiós. El suelo frente al muro era un amasijo de flores marchitas y velas a medio consumir.

No tardaron en irse, pues no les agradó lo que vieron. Ahí se materializaba en pocos metros cuadrados gran parte del sufrimiento de los antiguos moradores de la ciudad. Continuaron adelante, aún sorprendidas por no encontrar nadie en el camino. Cruzaron una calle estrecha, totalmente vacía si no fuera por un carro de supermercado que había en el centro. El carro tenía en su interior el cadáver en avanzado estado de putrefacción de lo que parecía una mujer de mediana edad. Al menos, por lo que vieron al pasar junto a él, nadie se había entretenido en alimentarse con el cuerpo.

A los veinte minutos de la partida, llegaron finalmente a su destino. Cruzaron la última esquina, y pudieron contemplar la estación de tren, que se encontraba suspendida unos metros por encima de un río poco caudaloso que cruzaba la ciudad de punta a punta. Una pareja de escaleras se unía en la parte superior que daba paso al andén, tras una barrera para validar los billetes. En la parte inferior había una amplia zona de aparcamiento de motos, vacía, y otra para bicicletas, en el que descansaba una azul, con el candado puesto.

Se miraron la una a la otra, y tras echar un último vistazo a los alrededores, y al ver que seguían solas, sin mediar palabra, caminaron hacia las escaleras. Ahí la calle estaba más limpia, y el ruido de un motor no muy lejos de ahí, les hizo sentirse más tranquilas; cualquier resquicio de humanidad era de agradecer a esas alturas. Comenzaron a subir las escaleras metálicas, bañadas por el caluroso sol, y se arrepintieron de no haber llevado algo para protegerse de él. Llegaron arriba y caminaron hacia las máquinas validadoras de billetes. Bárbara pasó de largo por encima de una de las barras, y Zoe hizo lo propio por debajo. Unos pasos más les llevaron a las vías ya inútiles. Ahora tan solo tenían que seguir en línea recta, sin mayor preocupación, en busca de su destino.

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comentarios
  1. Caterinaboop dice:

    creo que quedaría mejor así:A cada calle que cruzaban, Bárbara se adelantaba y comprobaba, no sin cierta incredulidad, que había vía libre para seguir adelante y acto seguido continuaban.

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