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3×1214 – Yael

Publicado: 18/06/2019 en Al otro lado de la vida

1214

LORENZO, CARMINA Y YAEL

Periferia rural de Sheol

9 de septiembre de 2008

 

El pequeño Yael observaba, desde el asiento trasero del viejo monovolumen azul de sus padres, arrodillado sobre los asientos, cómo aquella mujer de larga melena rubia se despedía de él. Bárbara agitaba la mano derecha, moviendo alternativamente la muñeca a lado y lado, mostrando una tímida y sincera sonrisa en los labios, en parte salpicada de inquietud. La perdió de vista tan pronto el vehículo cruzó la esquina del viejo horno de pan.

CARMINA – Haz el favor de sentarte en tu sitio y ponerte el cinturón, ¿quieres?

YAEL – Sí, mamá.

Yael, a regañadientes, tomó asiento sobre aquella ridícula, barata e incómoda sillita homologada y se abrochó el cinturón. Suspiró, vencido. Por delante les esperaba un viaje de más de veinte horas. Y eso en el mejor de los casos.

Él era hijo único de una familia humilde, y llevaba ansiando el final del verano desde hacía semanas. La perspectiva de perderse la vuelta al colegio y el reencuentro con sus dos mejores amigos, José Manuel y Sandra, no se le antojaba en absoluto atractiva, pero aunque jamás lo reconocería delante de sus padres, se sentía en cierto modo ilusionado por aquél improvisado viaje a Bélgica.

Yael no había abandonado Etzel desde que se acabaran las clases a mitades de junio, y se sentía algo avergonzado por ello, consciente que no tendría ninguna jugosa historia para explicar cuando empezara el nuevo curso. José Manuel había viajado con sus padres y sus dos hermanos en crucero a Italia, y Sandra había ido a visitar a su hermano mayor a Reino Unido un mes entero, él solo, sin sus padres. Yael sabía a ciencia cierta que tan pronto tuvieran ocasión de reencontrarse en el patio del Santa Teresa le explicarían con pelos y señales cuántas aventuras habían vivido. Él no estaba dispuesto a ser menos.

El hecho que el forzado y repentino desplazamiento a visitar a los primos de su madre en Bélgica coincidiese con el inicio de las clases, que sin duda se perdería, contradecía en cierto modo tal premisa, pero al fin y al cabo, su opinión no contaba, jamás lo había hecho, de modo que de nada serviría quejarse. Esa lección la tenía bien aprendida.

Él tan solo tenía ocho años, y pese a que sabía que estaba pasando algo raro, no era ni remotamente consciente de la envergadura del problema que se les venía encima, y del que sus padres pretendían protegerle abandonando el país. Su madre había puesto todo de su parte para resguardarle de la avalancha de información que inundaba la prensa escrita y audiovisual. A decir verdad, no le había resultado una tarea especialmente complicada, habida cuenta que el niño pasaba el día leyendo cómics de superhéroes y tan solo veía un par de cadenas de televisión pública que emitían dibujos animados las veinticuatro horas del día.

Hacía más de una semana que no abandonaban su piso en Etzel, ni él ni ella, y Carmina se había encargado de evitar que el niño presenciase ninguna de las atrocidades que sucedían en la calle prohibiéndole salir al balcón y obviando sintonizar ninguna cadena de televisión en la que se hablase de aquellos desagradables y desafortunados brotes de violencia que habían comenzado en la cuidad vecina, Sheol, no hacía mucho.

Un par de días atrás, no obstante, Yael había escuchado a su vecina, la señora Paca, hablando con su hijo por el patio de luces comunitario del bloque, que daba al lavabo. Él había ido a hacer aguas menores, pero se había quedado ensimismado atendiendo a aquél escalofriante relato, digno de uno de aquellos libros de miedo que le había prestado José Manuel las anteriores navidades, propiedad de su hermano mayor.

Al parecer, un hombre loco había agredido al marido de Paca cuando éste estaba trabajando en el camión de la basura. El hombre le había atacado mientras él estaba aferrado a la parte trasera del camión y le había hecho caer, partiéndose un brazo al intentar suavizar el impacto del aparatoso golpe. Aquél hombre había comenzado a pegarle e incluso a morderle, y no había parado hasta que su compañero, el conductor del camión, y un par de personas más que pasaban por la calle fueron en su auxilio. Intentaron retener al agresor, pero éste había acabado huyendo, al verse en semejante inferioridad de condiciones. Ni fue su primera víctima ni sería la última.

Ahora el marido de Paca estaba ingresado en el hospital, pues tras el ataque había comenzado a enfermar, y los médicos, por más que se esforzaban, no eran capaces de averiguar el motivo, y mucho menos de dar con una cura. El hijo de Paca estaba convencido de que aquél hombre loco había hecho enfermar a su padre al morderle. Paca, por el contrario, no paraba de quitarle hierro al asunto, asegurándole que enseguida se pondría bien, que no había motivos para preocuparse. Ni Yael ni el hijo de Paca ofrecieron la menor verosimilitud a sus palabras. El tiempo acabó dándoles la razón.

De eso hacía ya dos largos días, con sus dos largas noches, y desde entonces Yael había tomado la costumbre de visitar el lavabo con mucha más frecuencia, aunque jamás había vuelto a oír a ninguno de los dos. A decir verdad, desde aquél momento, a duras penas había vuelto a oír a ningún otro vecino charlando, ni tan solo el ruido de la cisterna de ningún váter, ni a nadie cantado mientras se tomaba una ducha, lo cual resultaba cuanto menos extraño.

Él estaba algo asustado, aunque no hubiera sabido decir muy bien por qué, pero teniendo a su padre cerca, sabía a ciencia cierta que jamás podría pasarle nada malo. Eso era un hecho objetivo en su vida. Su padre conducía camiones desde antes incluso de cumplir la mayoría de edad y se conocía las carreteras nacionales como la palma de su mano. Pese a que sus servicios acostumbraban a concentrarse en la península, durante una época, poco antes que él naciese, había trabajado para una empresa de transportes internacionales. Hubiera sabido llegar a Bélgica con los ojos cerrados.

Debían cruzar toda Francia para llegar a su destino. Los primos de su madre vivían prácticamente en la frontera entre Bélgica y el país galo. Él no les había conocido jamás, y su madre hacía más de quince años que no les veía, aunque una o dos veces al mes acostumbraba a hablar por teléfono con ellos. El tío de su madre, que ya había fallecido, había emigrado a Bélgica al no encontrar trabajo en el pueblo, del que ella también había emigrado, y había acabado formando una familia ahí con una mujer belga. Esa era la última y única carta que tenían para poder abandonar el país, pues no disponían de dinero suficiente para tomar un avión, aunque pronto descubrieron que esa tampoco habría sido una buena idea.

Tuvieron que tomar un desvío por una carretera comarcal al poco de abandonar Sheol, al descubrir que la autovía que llevaba al aeropuerto estaba demasiado transitada y les ralentizaría al menos una hora. No eran pocos quienes, al ver las orejas al lobo, habían tenido la magnífica idea de abandonar el país por aire. Las compañías aéreas habían tomado buena cuenta de ese cambio sin precedentes en la demanda, y estaban haciendo su agosto, aumentando la frecuencia de los vueltos y subiendo los precios hasta niveles ridículos. No obstante, eso no parecía amedrentar a los asustados tripulantes, si no más bien lo contrario. No tardando mucho, incluso eso dejaría de ser una opción.

Sus padres estaban más callados que de costumbre, aunque él no le dio importancia. Lo que sí le sorprendió fue que su madre, Carmina, no hubiera puesto su disco favorito de coplas, como siempre hacía en los viajes largos. Él lo detestaba, y por ello no hizo mención alguna al respecto. El silencio resultaba incluso incómodo, pero él había traído un buen arsenal de cómics, y sin duda podría combatir el aburrimiento de buena gana, aunque ya se los supiera de memoria.

El pequeño Yael observaba todo a su alrededor con ojos curiosos. Le llamó la atención ver un par de coches en apariencia averiados, uno de los cuales ocupaba media calzada. A la sombra de ese coche, tendido cuan largo era sobre el asfalto, había un hombre acostado, durmiendo. Yael preguntó a su padre que qué hacía ese hombre ahí, y Lorenzo se limitó a explicarle que debía hacer un viaje muy largo, y que siempre es recomendable pararse a descansar en esos casos, como sin duda harían ellos mismos esa noche, una vez hubieran abandonado el país.

Media hora más tarde, mientras circulaban por una desierta carretera secundaria, Carmina llamó la atención de Lorenzo. Había un hombre literalmente en mitad de la carretera, en pie. Estaba quieto, observándoles acercarse, sin intención, en apariencia, de echarse a un lado para evitar un accidente. El camionero, sin mediar palabra, lo único que hizo fue ocupar momentáneamente el carril de sentido contrario, accionando los intermitentes, y una vez le hubieron dejado atrás, siguió adelante como si nada. Yael giró el cuello como pudo, sobre la sillita, y vio cómo aquél hombre seguía ahí plantado. No se había molestado siquiera en darse media vuelta. Parecía estar sonámbulo.

A medida que pasaban las horas, esperaban ansiosos la llamada de aquella joven a la que habían dado cobijo la noche anterior en su hogar. Lorenzo le había entregado una tarjeta con su número de teléfono, pero la profesora no disponía de móvil, puesto que hacía poco se lo habían robado, junto a todas sus demás pertenencias. Debería conseguir dar con un teléfono ajeno, echar mano de uno fijo o probar suerte en una cabina, pero esa llamada sencillamente jamás llegó, por más que Bárbara había prometido que la efectuaría ese mismo día sin falta. Ello les entristeció. Lorenzo y Carmina hablaron mucho de ella durante las largas horas en la carretera, temiendo que hubiera podido tener problemas en su peligrosa misión para reencontrarse con su hermano y su sobrino, y lamentándose una y otra vez por no haber insistido más en que les acompañase. Se sentían en parte responsables por el destino que pudiera correr.

Alcanzaron la frontera a media tarde. Durante el trayecto tan solo habían tenido que lamentar dos pequeños inconvenientes que les habían hecho perder algo de tiempo: un par de carreteras cortadas e intransitables por sendos accidentes, uno de ellos múltiple, cuyos autores y víctimas parecían haber desaparecido horas atrás. Ello les obligó a dar media vuelta y buscar un camino alternativo, pero eso fue todo. Por fortuna, Lorenzo y Carmina habían decidido abandonar el país bien pronto, cuando los incidentes provocados por la pandemia estaban en sus primeros albores. Muchos fueron los que postergaron tal decisión, y llegado el momento les intentaron imitar, con funestas consecuencias.

Llegaron a la frontera a media tarde. Contra todo pronóstico, pues ese era uno de los mayores temores de Lorenzo, encontraron el control fronterizo de la aduana completamente desierto. Las señales de una pequeña batalla, bastante cruenta, resultaban más que evidentes. Alguien había destrozado las vallas que impedían el paso, haciéndolas pedazos. Pudieron contemplar marcas de disparos y salpicones de sangre ya seca en el hormigón de las paredes, infinidad de cascotes de bala por el suelo, y un par de cadáveres acurrucados uno sobre el otro en una esquina, a lo lejos, con más que evidentes marcas de haber sido acribillados a disparos.

Lorenzo hizo de tripas corazón y pasó de largo, con un nudo en el estómago. Aquellos pobres infelices tendrían una familia, que sin duda echaría en falta sus cadáveres para poder darles una despedida digna. Pero él también tenía una, y la llevaba consigo en el coche en ese mismo momento. Desoyendo los gritos que le daban sus principios, continuó adelante. Que una de aquellas personas, ya muertas, se levantase y les atacase, no entraba en sus planes: la seguridad de Carmina y Yael era lo más importante en esos momentos, y él no estaba dispuesto a dejar nada al azar.

Ya se estaba haciendo tarde, y Lorenzo estaba muy sugestionado por los consejos que había escuchado últimamente por la radio cuando trabajaba en el camión, en los que decían que los afectados por aquella extraña enfermedad preferían la noche al día para salir a hacer sus fechorías, y que no era buena idea estar al raso pasado el ocaso. No obstante, desde que cruzaron la frontera, no vieron señal alguna de la infección.

Aquella zona de montaña, rodeada de estaciones de esquí que en esa época del año estaban cerradas y desiertas, disponía de infinidad de hoteles, hostales y albergues. Todos y cada uno frente a los que pasaron estaban cerrados, y la mayoría lucían carteles escritos en francés en los que se disculpaban por las molestias que ello pudiera ocasionar, prometiendo que en breve volverían a abrir sus puertas. Lorenzo no llegó a dilucidar si el motivo era la temporada baja o el puro miedo, pero el resultado, a resumidas cuentas, era el mismo.

Cuando el declive del sol fue más que evidente, Lorenzo tomó una determinación: no podía permitirse perder más tiempo. Dejó a su esposa y a su hijo en el coche, después de haberlo aparcado junto a un bloque de pisos en una aldea perdida de la mano de Dios en los Pirineos, y presionó el botón de uno de los timbres. Tras una corta conversación por el interfono, abrió la puerta del portal y accedió al interior. Cinco minutos más tarde, los tres integrantes de su familia comían a la mesa de una pareja de ancianos franceses que a duras penas chapurreaban el español.

Lorenzo les había expuesto el problema que tenía a aquellos dos amables ancianos, y ellos habían accedido de buen grado a darles cobijo por esa noche. Él tuvo que dormir en el sofá, mientras Carmina y Yael hacían lo propio en la pequeña cama del dormitorio de invitados de aquél humilde piso. A la mañana siguiente se despidieron de ellos efusivamente, después que les agasajaran con un opíparo desayuno. Lorenzo les ofreció venir con ellos, pero los ancianos rechazaron educadamente su oferta. La infección no había llegado aún a esa zona del país, y ellos creían saberse seguros en aquél recóndito y bello paraje rodeado de altas montañas. Se equivocaban, pero eso era algo que ellos jamás llegarían a averiguar.

Continuaron adelante el resto del día, cruzando Francia de un extremo al otro. Ahí los estragos de la infección resultaban menos frecuentes que en la península, aunque el país galo no estaba exento de ellos, y pronto sucumbiría del mismo modo que a esas alturas ya había sucumbido Sheol. Circular por las carreteras y autovías resultó mucho más sencillo ese nuevo día. Ahí el tráfico era más fluido y aunque no llegaron a saber si tan solo había sido por mera suerte, no encontraron ninguna vía cortada, ni destacamento militar alguno que les obligase a parar. Estaban todos demasiado ocupados en las zonas calientes, que Lorenzo conocía de buena tinta y se esforzó en evitar.

Anochecía cuando finalmente llegaron a Bruselas. Los primos de Carmina, Nathan y Lea, les estaban esperando con los brazos abiertos. Pese a que eran oriundos de Bélgica, como su padres había sido español, sabían hablar el idioma a la perfección, aunque con un curioso acento, y les podrían servir de intérpretes. Lorenzo se sentía increíblemente satisfecho: le habían conseguido ganar la primera batalla a la pandemia, pues ahí la infección aún no había llegado, y lo habían hecho sin tener que lamentar ni un solo incidente, ni leve ni grave. No era capaz de dar crédito.

Pasaron los siguientes días en la casa de Nathan. Yael hizo muy buenas migas con sus hijos, sus primos segundos, que eran mellizos y tenían su misma edad. Pese a que los niños apenas sabían hablar español, enseguida encontraron juegos con los que divertirse. Pasaban el día enseñándose palabras los unos a los otros. Fueron unos días tranquilos y llenos de paz, aunque con la atención puesta en las noticias, que resultaban cada vez más desesperanzadoras. Irremediablemente la infección acabó arrasando Francia, y el 13 de septiembre se detectó el primer brote en el país.

A diferencia de España, ahí sí sabían a qué se enfrentaban, y el gobierno comenzó a habilitar zonas seguras muchísimo antes que fuese de imperante necesidad. Ellos se encontraban a escasos cinco minutos a pie de una de ellas, que había sido puesta a disposición de una coalición entre el ejército francés y belga. Se trataba de una antigua ciudadela medieval amurallada: el mismo lugar en el que hacían las ferias medievales todos los otoños. Hacía menos de un año que habían acabado las obras de la rehabilitación de la parte de la muralla que la última guerra había echado abajo, siglos atrás. Se trataba de un fortín impenetrable. Eso fue lo que les atrajo.

Pese a que en aquella zona del país aún no se había detectado la presencia de un solo infectado, no lo dudaron un momento en ir a pedir asilo. Su sorpresa fue mayúscula cuando Nathan les comunicó, traduciéndoles lo que le había dicho el encargado del censo, que la familia de Carmina no podría entrar. La dirección de aquél idílico enclave tan solo permitía el acceso a locales y franceses, pero no a gente procedente de otras nacionalidades. Lorenzo meditó tan solo unos segundos, cogió a su hijo de la mano, con una expresión muy seria en el rostro, e invitó a Lea a que le acompañase a la entrada.

La prima de Carmina se encargó de traducir lo que Lorenzo le decía: suplicaba que si no les dejaban entrar a ellos, al menos permitieran que el niño accediera. Yael tan solo tenía ocho años, y toda una vida por delante; él y su esposa aún estaban a tiempo de escapar, aunque fuese a expensas de dejar al niño al cargo de los primos de su madre. Carmina se adelantó y mostró al soldado su libro de familia, que delataba que, en efecto, eran familiares de Lea y Nathan. El soldado se llevó el documento y se fue a hablar con su superior, una mujer soldado de apariencia muy veterana, bien entrada en carnes.

Vivieron momentos muy tensos en la breve conversación entre los soldados, que no pudieron oír pese a la distancia, pero de la que tampoco habrían entendido una palabra. Finalmente el soldado encargado del censo volvió, e hizo un breve asentimiento: les permitirían entrar. Lorenzo le abrazó, con lágrimas en los ojos. La encargada del centro sonrió brevemente al contemplar la escena, convencida que había tomado la decisión correcta, habida cuenta que su trabajo era el de salvaguardar la vida de quienes acudiesen pidiendo auxilio. Tal decisión creó jurisprudencia, y salvó la vida de mucha más gente.

Fueron muy afortunados por haber ido a parar precisamente a ese lugar, pues la infección acabó llegando al país con toda su virulencia, como acabaría llegando hasta el último rincón del planeta, y arrasó con él de igual modo que en todos los sitios por los que pasaba. Sin embargo, lo hizo con tres semanas de retraso: tres semanas en las que quienes habían escogido ese lugar para protegerse tuvieron tiempo más que suficiente para de prepararse y aprovisionarse para el asedio que vivirían en adelante.

Los encargados del centro, con la ayuda de cuantos civiles se ofrecieron a echar una mano, entre los que se encontraban Nathan y Lorenzo, se encargaron de hacer acopio de alimentos y bebida en cantidades industriales, así como semillas y útiles de labranza, y animales de granja. Eso fue al principio, pues pronto tales excursiones se volvieron demasiado peligrosas, y las abandonaron por su propia seguridad, antes de tener que lamentar ningún disgusto.

La ciudadela no sucumbió a los primeros envites de la infección, que fueron devastadores en todo el viejo continente. Aquellos gruesos muros, con más de quinientos años de antigüedad, les salvaron la vida, y les brindaron algo que la pandemia arrebató al resto del mundo: la posibilidad de un futuro. Ese y no otro era su objetivo original, el de salvaguardar la vida de quienes se encontraban dentro, y pese a haber caído en desuso los últimos siglos, demostró a la perfección su utilidad primigenia.

No obstante, y para sorpresa de todos, el enclave, que había llegado a abarrotarse hasta límites incluso preocupantes los primeros días, se quedó prácticamente vacío en cuestión de semanas. No eran pocos los que, al ver las orejas al lobo, optaron por huir del país con el rabo entre las piernas, incluso encontrándose como se encontraban protegidos en un lugar aparentemente infranqueable. Lorenzo y Carmina lo discutieron largamente: quedarse ahí con sus primos y el resto de lugareños o seguir huyendo, aún sin saber si serían capaces de encontrar un lugar al que la infección no acabase llegando igualmente, más tarde o más temprano. No fue una decisión sencilla, pero acabaron acordando quedarse, aunque fueron de los pocos.

Con el paso de las semanas agradecieron y mucho haberse quedado aislados de ese modo. A duras penas se contaban cuarenta personas, la mitad de los cuales eran los propios soldados que velaban por la seguridad de los civiles que habían considerado oportuno quedarse, y sus propias familias. La situación al otro lado de la muralla se volvió a todas luces insostenible. Cualquiera que hubiera puesto un pie en la calle habría sido reducido a pedazos sanguinolentos en cuestión de minutos; tal era el volumen de infectados que merodeaban por las calles, en especial durante la noche. Resultaba escalofriante.

Pese a que generó cierta controversia, se tomó una decisión sin precedentes en centros de esa índole: no gastar una sola bala, y permitir a los infectados campar a sus anchas por las calles, que ahora eran exclusivamente de su dominio. No en vano, no suponían peligro alguno para ellos, al otro lado de la muralla como se encontraban, y matando a unos pocos tampoco marcarían ninguna diferencia, habida cuenta que el continente entero estaba lleno de ellos.

La vida en aquél enclave no estaba exenta de trabajo, pero todos lo hacían de buen grado, a sabiendas que era por el bien común. Vivían en una comunidad bien avenida y colaborativa, en la que pronto desaparecieron las jerarquías, y donde todos se ayudaban entre sí, sin pedir nada a cambio. Orgánicamente se repartieron las tareas del día a día, que oscilaban entre el cuidado de las bestias, el de los cultivos, la educación de los niños, la limpieza y la cocina. Se enseñaban unos a otros, y rotaban las tareas sin ningún tipo de discusión, orgánicamente, enseñándose unos a otros con pasión y paciencia, incluso sintiendo un agradable regocijo al saberse capaces de adquirir tal equilibrio.

Con relativa frecuencia recordaban a Bárbara, entristecidos. Pese a que no llegaron a verbalizarlo, ambos progenitores acabaron convenciéndose que habría perdido la vida. Las noticias que llegaban de la evolución de la pandemia en todo el viejo continente eran cada vez más funestas. E incluso cuando dejaron de llegar por las vías habituales, y tan solo llegaban de boca de quienes habían huido de sus casas para dar, por suerte, con sus huesos en aquél fortín impenetrable, aún lo eran peor.

En más de una ocasión recibieron la visita de algunos de aquellos desesperados supervivientes que pedían asilo. En todos y cada uno de los casos se les permitía el acceso, mediante una escalera enrollable por la que debían trepar por sus propios medios, con la condición de pasar cuarenta días y cuarenta noches en los calabozos. Nadie rechazó tal condición. Ese era el único modo que tenían de asegurarse que los nuevos inquilinos del enclave estaban sanos, y a quienes venían pidiendo auxilio, una celda limpia y segura, con la promesa de comida caliente y cuanta agua necesitasen, se les antojaba un sueño hecho realidad.

En hasta dos ocasiones tal exceso de celo les sirvió para evitar un drama mayúsculo, pues pese a que ninguno lo aparentaba, dos de las veintiocho personas que acudieron pidiendo ayuda, estaban infectadas. Ambas acabaron pereciendo bajo el yugo de la infección y convirtiéndose en una de aquellas bestias carentes de empatía y saturadas de rabia, a las que ofrecieron, aunque solo fuese por apaciguar sus propias conciencias, la eutanasia que sin duda merecían.

El resto, después de demostrar estar en perfecto estado de salud, se unieron a la bien avenida comunidad, que cada vez era más rica en nacionalidades e inclusiva. Pero eso pasó tan solo los primeros meses. Pasado poco más de un año del inicio de la pandemia, no recibieron más visitas que la de los infectados que deambulaban por las calles, e incluso éstas se volvieron cada vez más escasas, a medida que los menos intrépidos iban pereciendo bajo el influjo de la inanición.

Las semanas dieron paso a los meses, y éstos a los años, hasta que llegó un momento en el que la vida, en sí, se acabó reduciendo a esa tranquila y cotidiana monotonía al amparo de aquellos gruesos y altos muros. El mundo exterior era un abismo infranqueable al que tan solo tenían derecho a otear desde lo alto de los muros.

Yael aprendió belga, y siguió adelante con sus estudios, junto con sus primos segundos y otros pocos chavales que vivían con ellos, entre los que acabaron siendo los mejores amigos, y de los que nació más de un romance furtivo. Él se enamoró de una chica un año mayor que él, hija huérfana de unos padres que habían dado la vida por llevarla a un lugar seguro, casi un año después de la fundación de aquella particular microsociedad.

Con el paso de los años, algunos de los refugiados murieron por causas naturales, la mayoría de ellos los más ancianos, y fueron enterrados con honores por sus semejantes en el pequeño camposanto que había en el extremo oriental del complejo. Nuevas vidas se crearon entre quienes ahí vivían, hijos que nacieron entre esas cuatro paredes y que durante muchos años no conocerían otro mundo que el que había a ese lado de las murallas, para los que los relatos de sus mayores sobre la vida anterior a la pandemia se les antojaba poco más que un sueño demasiado dulce e ingenuo para resultar verosímil.

Pasaron más de quince años antes que las puertas de la ciudadela volvieran a abrirse, y si eso ocurrió, fue tan solo porque ya no tenía sentido prolongar el cautiverio autoimpuesto de a quienes durante tantísimo tiempo habían protegido. Fueron muchos quienes optaron por volver a sus casas después de tomar aquella difícil pero consensuada decisión, intentar recuperar sus vidas pretéritas, aún siendo conscientes que jamás podrían hacerlo, pues el mundo que habían conocido, sencillamente ya no existía. Muchos de ellos volvieron al cabo de las semanas, abrumados por tal cantidad de espacio vacío, muerto. Del resto, jamás volvieron a saber nada. El mundo era demasiado grande y lleno de oportunidades.

Lorenzo y Carmina, en compañía de Yael, su esposa Safia y de su joven nieto Lucas, prefirieron quedarse a vivir ahí dentro, pues ese se había convertido, con el paso de los años, en su verdadero hogar. Yael apenas recordaba de un modo brumoso la vida previa a la decisión que les había salvado a los tres de una muerte segura. Los pisos y las casas vacías se contaban por millones, y bien podrían haber escogido cualquiera para empezar una nueva vida. Pero prefirieron no hacerlo.

Salían de tanto en tanto en misiones de exploración, no obstante, por curiosidad o por puro placer, pero nunca se alejaban mucho de aquél centro de gravedad al que tanto le debían. Tenían miedo de encontrarse con el enemigo, pero éste hacía ya mucho que había acabado consigo mismo. Tuvieron una vida larga y feliz, pese al drama mayúsculo que había arrasado el planeta Tierra de un extremo al otro, demostrando al mundo que con ahínco, perseverancia y amor, no había nada que estuviera fuera de su alcance.

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3×1213 – Marina

Publicado: 04/06/2019 en Al otro lado de la vida

Relatos desde el otro lado de la vida

 

 

1213

MARINA

 

Zulo junto a una cabaña forestal, periferia de Midbar

10 de noviembre de 2008

 

En esos momentos, la imagen de la plataforma petrolífera donde se encontraba Samuel era casi tangible. Apenas habían pasado cinco minutos desde que se despidieran. Su amigo parecía pletórico y se esforzó en contagiarle su ánimo explicándole mil y una historias. La conversación se había iniciado con la grata sensación de alivio por volver a saber el uno del otro, y se había prolongado mucho más de una hora, concluyendo cuando él decidió seguir con sus quehaceres en alta mar. Ella le dejó marchar sabiendo que no podía retenerlo por más tiempo, sintiéndose abrumada y abatida por la melancolía.

Marina estaba sola desde hacía más de un mes, tras la masacre ocurrida en el centro de refugiados de Midbar. Su padre era soldado y formaba parte del equipo de seguridad de aquél lugar. Marina, su madre y su hermana eran tres civiles más que anhelaban la supervivencia en aquellas instalaciones. La vida en el campamento estuvo marcada por los disparos al otro lado de las vallas y por la escasez de comodidades. Aún así, todos los días había raciones de alimentos para todo el mundo en un ambiente particularmente gentil.  No fue hasta el 1 de octubre que todo se fue al traste, cuando aquella marabunta de infectados arrasó con el campamento. Miles de esos seres desalmados entraron derrumbando las vallas metálicas del perímetro; aplastándolas como si fueran simples hojas de papel. La sangría que se produjo en ese lugar fue espeluznante.

Toda la familia de Marina murió ese día. Su madre sucumbió mientras ayudaba a sus hijas a subir a lo alto de una litera para resguardarse de la ira de aquellas bestias. Fue atacada por varios infectados hambrientos que no le dieron tiempo a subir detrás de ellas. El final de su hermana estuvo sentenciado por una fatalidad añadida; la mató con un tiro errado uno de los soldados del campamento. Ni mucho menos fue la única civil que murió de ese modo tan absurdo. Era tal la multitud de infectados que los soldados empezaron a disparar en todas direcciones, provocando muertes inocentes en demasía. Su padre murió aplastado por los primeros infectados que derribaron las vallas. Marina lo comprobó cuando huyó del lugar y vio lo que quedaba del cuerpo arrollado de su progenitor: una escena que nunca más podría borrar de su mente, igual que le pasó con todas las demás que presenció ese fatídico día.

Contra todo pronóstico, Marina se aferró a la vida y abandonó el campamento en una frenética huida más allá de la colina. Podría haberse dejado vencer, pero no lo hizo. Esquivar infectados e intentar perderlos de vista se convirtió en todo un reto. Gracias a que era una buena atleta pudo conseguir mantener una larga carrera que al final le salvó la vida. ¿Quién le iba a decir que los entrenamientos de triatlón del último año iban a ser decisivos en ese momento? Pasados unos cuantos kilómetros descubrió una cabaña entre la maleza. Dos infectados de mediana edad que también estaban en buena forma la seguían al trote a cierta distancia, olfateándola y alargando sus brazos como si así pudieran avanzar más rápido.

La puerta y las ventanas de la cabaña estaban perfectamente cerradas por dentro y no cedieron ni un ápice ante sus embestidas. Pero no estaba dispuesta a rendirse; hacía largo rato que lo había decidido. Marina optó por trepar por la pared. Ascendió con la ligereza de una lagartija y en un santiamén estuvo en el techo inclinado de aquella rústica edificación. Toda la cabaña era de madera y los tablones no estaban pulidos, por lo que los salientes irregulares del propio material le ayudaron a agarrarse e irse impulsando hacia arriba. Las dos bestias se quedaron abajo aullando mientras aporreaban con tanta furia las paredes que parecía que iban a hacerlas saltar en pedazos. El jaleo atrajo a otros infectados y en cuestión de escasos minutos una veintena se congregó imitando las embestidas de sus congéneres.

Marina observaba la escena de rodillas, consciente de que moriría si no cesaban en su intento de echar por tierra la cabaña. Con los ojos llorosos y un temblor incontrolado se dispuso a rezar en voz alta como le enseñaron en catequesis cuando tenía nueve años. A lo lejos vio correr a unos chicos seguidos por un buen pelotón de infectados. Pronto les perdió de vista entre el paisaje espeso. Incluso desde allí pudo adivinar que eran compañeros del campamento de refugiados. Para los infectados de la cabaña ese nuevo estímulo, más prometedor, fue suficiente para arrancarles de su actual propósito, lanzándoles a una apetitosa carrera. Con la inesperada paz que acababa de recuperar Marina se dejó caer hasta apoyar su cuerpo en los tablones y dirigió la mirada al cielo mientras pensaba en la tremenda suerte que le había sido concedida. No se lo creía. Se sentía aliviada y a la vez hundida; hundida por el peso de quien se sabe salvado a costa de la vida de otros inocentes. La impotencia que arrastraba desde que había huido del campamento le propinó un nuevo coletazo, desbocándose despiadadamente en su interior.

Cuando se volvió a incorporar sobre el tejado, el sol se estaba despidiendo tras el horizonte, proyectando el último abanico de cálidos colores del día. Tendría que pasar la noche a la intemperie si no encontraba la manera de entrar, pero no pensaba abandonar ese lugar elevado hasta no tener un plan en condiciones. A lo largo de la tarde había escuchado los gruñidos y los andares de varios infectados rezagados que se alejaban de aquella zona. No así los de otros supervivientes.

De pronto, Marina captó un reflejo brillante que se alzaba entre la maleza. El viento soplaba despacio haciendo bailar los matorrales circundantes de una especie de puerta metálica que yacía horizontalmente sobre la superficie del suelo terroso. Tenía forma cuadrada y estaba surcada por rodales de óxido. Desde allá arriba le pareció ver una cerradura y un tirador para levantarla. Al haber pasado la mayor parte del tiempo tumbada para procurar pasar inadvertida, no había tenido ocasión de otear el lugar que la rodeaba. Aquella puerta se le revelaba como un gran descubrimiento, y sentía la necesidad de saber cuanto antes si se podía abrir; quizás se trataba de un cuarto de herramientas o, en el mejor de los casos, de un almacén con provisiones. De lo que estaba convencida era de que si conseguía entrar, estaría realmente protegida.

Animada ante la perspectiva del nuevo plan, Marina empezó a descender con sumo cuidado. Aún así, se resbaló en un momento dado, profiriendo un breve quejido que alertó a alguien.

GALILEO – ¿Quién anda ahí?

La voz que salió de dentro de la cabaña en forma de susurro le hizo dar un brinco del susto. Estaba convencida de que aquél lugar estaba más que vacío; ¿por qué sino antes nadie le había abierto la puerta?

MARINA – Soy Marina. Estaba subida en lo alto del techo esperando a que esos bichos se largaran bien lejos.

Durante varios minutos no se oyó respuesta alguna ni ningún tipo de movimiento en el interior. Marina volvió a responder por si no le había escuchado cuando, por fin, se oyó levantar un tablón tras la puerta de entrada.

Marina accedió dubitativamente al interior de la cabaña, que estaba muy oscuro a pesar de que había una vela encendida en algún punto. El olor reinante era una mezcla entre humedad, sudor, orina y algo más que no pudo adivinar. El único habitante era un hombre grueso que lucía una chaqueta verde oliva con una placa nominativa, en la que se podía leer: “Agente forestal López”. Tendría unos cincuenta años y estaba muy sucio, más de lo esperado dadas las circunstancias. Su pelo era cano y lucía una barba totalmente descuidada.

GALILEO – No habrás traído a más muertos hasta aquí, ¿no?

El hombre no se anduvo con rodeos y se mostró frío y distante; ni siquiera miró a la chica a la cara. Todo él irradiaba un aura de desconfianza y Marina alzó los escudos imaginarios de protección que solía guardar para ocasiones hostiles.

MARINA – Ehh… No, no, puedes estar tranquilo. Hará más de una hora que el lugar está despejado.

Dialogar con él no iba a resultar agradable ni sencillo, por lo que Marina pensó en mantenerse prudente y esperar. El hombre se acercó a la cocina que había a la derecha de la estancia y sacó un par de cervezas de un armario repleto de botes y latas de conserva. A Marina no le gustaba la cerveza, pero cuando el agente forestal se la ofreció, comenzó a beber alegremente. Tenía sed, mucha sed. Mientras bebía aquel líquido agrio y caliente observó que la cabaña, además de la pequeña cocina, contenía un sofá de dos plazas, una mesa y dos sillas. Acto seguido localizó un par de puertas al fondo.

MARINA – ¿Qué hay ahí?

La chica escupió las palabras según las pensaba, sin cumplir con la prudencia que se había autoimpuesto. Temió alimentar la tensión palpable del ambiente. Contrariamente, el hombre pareció satisfecho con aquella pregunta y clavó su mirada en aquella dirección.

GALILEO – Un muerto y un váter. Ven, te lo enseño.

Marina se quedó de piedra al escuchar aquello. Por el tono de voz de aquél tipo supo que no estaba bromeando. Su curiosidad innata y el no querer llevarle la contraria, hicieron que le acompañara sin rechistar cuando éste cogió la vela y se dirigió al fondo de la estancia. Primero abrió la puerta del aseo liberando ipso facto un desagradable hedor. Le señaló el váter para demostrarle que lo que acababa de decir hacía unos instantes era cierto. Sin darle tiempo a que dijera ni una sola palabra, abrió la puerta contigua y señaló a la cama donde yacía un cuerpo escuálido con el rictus inconfundible de la muerte.

GALILEO – Ahí está el agente forestal López, más tieso que una estaca. La palmó por no querer comer ninguno de mis sabrosos guisos.

Con el último apunte sonrió fugazmente. Hablaba como quien le habla a una pared, sin esperar respuesta ni ningún tipo de feedback. Cerró la puerta y volvió a la sala central, dejándose caer sobre el mullido sofá. Se acabó de beber la cerveza antes de volver a hablar de nuevo. Ahora vez sus palabras sonaron a advertencia.

GALILEO – Si no me tocas las narices, todo irá bien. Si te quieres largar, coges ahora mismo la puerta y te vas cagando leches. ¿Entendido?

Marina respondió moviendo la cabeza en gesto afirmativo, aún sabiendo que se estaba metiendo en la boca del lobo. Acababa de llegar a un lugar que le había parecido seguro y sólo con pensar en volver a salir ahí afuera, cualquier alternativa le resultaba más apetecible.

Vivió más de una semana en una cabaña con un cadáver y con un hombre desconocido del que no sabía ni su nombre. Se lo llegó a preguntar hasta en tres ocasiones, pero todas las veces sólo recibió el silencio por respuesta. Una noche que el hombre bebió más de la cuenta le dio por hablar y confesó la verdadera historia sobre la muerte del agente forestal López; le había encerrado en el zulo que había bajo tierra. Marina acertó al pensar que el zulo del que hablaba estaba justo debajo de aquella puerta que había localizado desde el tejado. El verdadero agente forestal había cobijado sin saberlo a un hombre desequilibrado que pronto desató contra él sus instintos sádicos. Murió de hambre tal y como le había dicho el primer día de su llegada, pero le mintió cuando dijo que le había ofrecido comida. Realmente le había matado de inanición. Al cuarto día el agente forestal estaba en las últimas y el hombre desequilibrado lo subió a la cama de la cabaña para ver cómo moría, luego lo dejó ahí a modo de trofeo. Le explicó que quería saber qué se sentía al matar a alguien de esa forma.

Marina comprendió que ese hombre era poco menos que un psicópata y que debía andarse con especial cuidado si no quería acabar igual que el agente forestal López. Después de aquella confesión, el comportamiento del hombre desequilibrado empeoró sustancialmente. Parecía que sus instintos anómalos se habían vuelto a despertar; le sorprendía mirándola fijamente cuando hasta entonces había evitado el contacto visual y limpiaba los cuchillos varias veces al día en un particular ritual. Primero los sacaba todos del cajón y los colocaba minuciosamente en la encimera sin que se tocaran, luego los iba cogiendo de uno en uno y los frotaba con un trapo amarillento. El último paso era volverlos a colocar en el cajón en su posición perfecta. Podía pasar cerca de una hora con esa tarea carente de finalidad. La gota que colmó el vaso fue cuando se encerró toda una mañana con el cadáver. No se le oyó hablar con el muerto ni moverse por la habitación y ella nunca le preguntó nada al respecto. De hecho, convivían sin apenas comunicarse, Marina siempre a la espera de que él le ofreciera algo que llevarse a la boca. En alguna ocasión que ella había tomado la iniciativa, él se la había arrebatado de forma autoritaria y hostil, dándole a entender que debía mantenerse en el mismo plano que el resto de los muebles. Aquella situación era insostenible y a cada segundo que pasaba, Marina se sentía al filo del abismo. De hecho, todas las noches luchaba contra el sueño para evitar rendirse al mayor estado de vulnerabilidad del ser humano. Siempre le pasaba lo mismo: primero luchaba y luego irremediablemente se acababa durmiendo, aunque tampoco tenía claro cómo podría batallar con él en el caso de que la atacara. Pronto lo descubriría.

Marina se había quedado dormida sobre la alfombra del salón después de su particular lucha cuando el tacto áspero de un trapo rozándole la barbilla la despertó de inmediato. Abrió los ojos en medio de la oscuridad y aún así, le vio. Sabía que ese depredador la tenía presa entre sus zarpas e incluso podía apreciar el brillo de sus ojos impregnados de locura. El trapo se incrustó en su boca y él lo fue empujando hasta provocarle arcadas. Debía controlarlas si no quería ahogarse con su propio vómito. Quiso moverse pero se descubrió inmovilizada de pies y manos. Al estirar sus extremidades notó la soga que las sujetaba y que le rasgaba la piel con cada sacudida. El hombre se mantenía en silencio, como de costumbre, pero podía escuchar con claridad su acelerada respiración junto a ella. Sintió asco al notarle tan cerca. Escuchó moverse algo y entonces alcanzó a ver un chispazo en el extremo de una cerilla, que pronto afloró en llama encendiendo la mecha de una vela. Aquella débil luz le permitió ver el rostro de quien más odiaba ahora mismo en el mundo. Su expresión era serena y expectante, y sólo la sutil muesca que nacía en sus labios revelaba su verdadero estado de excitación.

Marina pasó tumbada sobre la alfombra todo el día con ese hombre contemplándola. Estaba segura de que él quería saber qué se sentía al tener a una mujer aterrorizada sin posibilidad de moverse. La situación empeoró cuando el hombre volvió a la acción. Posó su mano sobre su abdomen y le subió la camiseta, acariciando su piel lentamente. Frunció el ceño con aparente gesto de repulsa, pero prosiguió hasta tocarle los pechos. En esta ocasión no fue capaz de mirarla a la cara. Marina se revolvió como una fiera para mostrarle su queja y él se rindió porque quiso, manteniendo aquella expresión de desagrado. Apartó su mano como un resorte y se dirigió a la cocina. Cogió un bote de alubias blancas y lo echó en un plato, luego le añadió un chorro de aceite y se sirvió un vaso de agua. Se acercó nuevamente a la alfombra con sus viandas en una bandeja y se sentó en el suelo frente a la chica atada. Ahora parecía realmente satisfecho.

GALILEO – Para ti no hay comida ni bebida. Muérete de hambre tú también.

Su voz sonó tan cruel como el significado de las palabras que escaparon entre sus dientes. Su rostro mostraba la misma expresión apática que de costumbre, aunque sus ojos brillaban maravillados ante la situación que había creado. Se llenó la boca con tanta ansia que acabó tosiendo para no ahogarse, echando trozos de alubias enteros que salieron disparados como proyectiles. Marina tuvo que retener una nueva arcada.

Continuó comiendo sin dejar de mirarle a los ojos intensamente, pese a que Marina los cerró la mayor parte del tiempo a modo de desprecio. Cuando terminó se dirigió a la puerta de entrada y sacó el tablón de madera que hacía las veces de cerrojo, cogió una llave que pendía de un llavero en un clavo en la pared y se volvió para cargar a la chica sobre sus hombros como si fuera un saco de patatas. Ella se contoneó igual que haría un pez fuera del agua y consiguió caer al suelo de malas maneras. El hombre desequilibrado se afanó por recogerla propinándole un puntapié en medio del estómago.

GALILEO – Eres una puta, ni se te ocurra rebelarte contra mí. Antes te he quitado las manos de encima porque me das el mismo asco que una rata.

El hombre estaba enfurecido como nunca a pesar del temple que le había caracterizado hasta el momento. Marina no hacía más que empeorarlo, retorciéndose en el suelo mientras emitía sonoros lamentos.

GALILEO – ¡Que te calles de una puta vez! Joder, ¿también eres sorda?

Y se acercó para plantarle un tortazo que le giró la cara.

GALILEO – Y ahora te vas a quedar quieta cuando vayamos de paseo.

La mejilla le ardía como un fuego centelleante, despertándole temor y rabia a partes iguales. Se concentró en una respiración pausada para no estallar en llanto y que se le taponara la nariz, algo que la aterraba. Estaba rezando mentalmente para que su agresor no volviera a pegarle cuando éste volvió a colocarla sobre sus hombros boca abajo, igual que antes. En esta ocasión la chica no puso ningún impedimento.

Marina notó el aire dulce del campo el tiempo justo que duró el breve trayecto al zulo donde había sido retenido el agente forestal López. Los haces de luz del ocaso se despedían de la bella naturaleza, aunque con la cabeza colgando apenas pudo apreciarlo. Después de que el hombre se agachara para abrir la puerta bajaron por unas escaleras con una pronunciada pendiente, y ya en el suelo le cortó las cuerdas que la retenían. Por fin se pudo sacar el trapo de la boca que tanto le angustiaba. Por suerte, su captor se marchó presto arrastrando la soga que le había desollado la piel durante tantas horas. Escuchó el previsible sonido de la cerradura y a continuación algo imposible de olvidar: los gruñidos de los infectados.

Una encarnizada pelea se produjo sobre la puerta metálica del zulo. Las pisadas se oían ir y venir sobre aquella superficie, apagándose cuando pisaban la tierra e intensificándose cuando se posaban sobre el oxidado metal. Marina estaba asustada por lo terroríficos que resultaban aquellos sonidos que retumbaban y se intensificaban en el zulo. Parte de la tenue luz del anochecer se filtraba por las rendijas de la puerta del techo, produciendo vaivenes de sombras desde el exterior.

El zulo apenas lo conformaba un rectángulo de tres metros de largo por dos de ancho. El techo, al menos, era alto, restando parte de la sensación de claustrofobia. Había un colchón y una mesa con un aparato que al principio no supo qué era. Un taburete y un orinal completaban la decoración de los aposentos. El suelo y las paredes estaban enyesados aunque enormes manchas de humedad le conferían un aspecto lúgubre más similar al de una mazmorra.

Se sentó dolorida sobre el colchón, agudizando el oído con la intención de captar la evolución de la pelea. Deseaba con todas sus fuerzas que el infectado fuese el vencedor. Después de un rato, los gruñidos y gritos se apaciguaron, hasta que llegó un momento en que sólo se oían los grillos y los búhos noctámbulos.

Pasó esa noche durmiendo todo lo que no había dormido con anterioridad y al amanecer lo primero que hizo fue trastear el aparato que había sobre la mesa, que para su sorpresa, resultó ser una radio. Cuando la encendía e intentaba sintonizar alguna frecuencia, un sonido de estática rugía enérgicamente por los altavoces. Hubiera preferido encontrar alimentos o alguna bebida, aunque tampoco tenía intención de quejarse; al fin y al cabo, ese chisme le serviría de entretenimiento. En el mejor de los casos, a lo mejor le serviría para escuchar algún tipo de mensaje del gobierno con buenas noticias sobre el virus. Ese pensamiento la revivió.

Las tripas le rugían y la apremiaban, por eso rebuscó en el bolsillo de su pantalón, sacando el as bajo la manga que tan bien había escondido: la llave de la cerradura del zulo. La había cogido la noche en que el psicópata se emborrachó para tener un lugar donde esconderse si tenía que salir huyendo. La otra copia de la llave se quedó colgando en el clavo de la pared de la cabaña, la que él había utilizado para entrar. Se alegró de que no se diera cuenta de que faltaba una. Marina seguía dolorida, pero reunió el valor necesario para abrir la cerradura y salir al campo. Se acercó a la cabaña y comprobó que la puerta estaba abierta. Una vez dentro, descubrió que el hombre desequilibrado estaba durmiendo en el suelo, panza arriba, dejando ver las terribles heridas de la pelea. No sabía si estaba moribundo o si era un infectado en pleno sueño, pero no cabía duda de que aún respiraba. El color de su piel era mortecino, a pesar de las venas violáceas que le subían por el cuello. Aquello le puso los pelos de punta, pero el hambre y la sed la acuciaban. Con movimientos mudos y certeros consiguió recoger algunas conservas y una garrafa de agua, lo suficiente para sobrevivir algunos días. En adelante, tendría que volver a por más.

Volvió al zulo y se cerró por dentro, para mayor seguridad, mientras disfrutaba en pequeñas cantidades de sus manjares, racionándolos a conciencia. Desde entonces encendió la radio diariamente como parte de su rutina, aunque no fue hasta el 17 de octubre que contactó con él. Se llamaba Samuel y vivía atrapado en una estación petrolífera desde antes del inicio de la pandemia. No tenía forma de salir de allí y pasaba parte del día conectado a la radio, intentando contactar con otros supervivientes. Ahora que se habían encontrado no pensaba perder su frecuencia por nada del mundo. Él resultó ser una medicina en esos tiempos en que el corazón sangraba demasiado. Podían pasar horas y horas charlando, compartiendo anécdotas de vidas lejanas o explicando la sencillez de sus actuales vidas solitarias.

Semanas después Marina se tuvo que enfrentar al problema de la escasez de provisiones, ya que había acabado con todas las existencias recogidas aquél día. Le explicó a Samuel su situación y le dijo que debía volver a la cabaña donde sabía que seguía habiendo alimentos. Él se mostró optimista en su misión. Parecía realmente confiado de que todo iría bien, aunque en realidad no podía hacerse cargo del peligro que representaban esos seres infectados. A duras penas podía imaginarlo.

Marina salió al campo aprovechando la luminosidad de la mañana y el aire le besó el rostro tan pronto asomó la cabeza por la puerta metálica. La sensación, lejos de intimidarla, la reconfortó y se contagió del ánimo que había querido transmitirle Samuel minutos antes. La cabaña forestal seguía erguida allá donde ella la recordaba, con la puerta abierta de par en par. Anduvo con cuidado hasta asegurarse de que el inquilino no estaba en casa y se entretuvo en guardar varias latas, botes y botellas en un viejo capazo. La intuición le mandó abandonar la misión para asomarse por la puerta de entrada en el preciso momento en que el infectado psicópata ya tenía las piernas dentro, barrándole el paso. Al final se había transformado. Marina corrió hasta el cajón de los cuchillos y agarró uno de los más grandes mientras su antiguo enemigo vociferaba macabros sonidos. Cualquiera hubiera podido jurar que la maldecía por haberlos desordenado. Marina estaba invadida por la más pura adrenalina cuando le clavó el arma blanca en la parte baja del cuello. Lo deslizó con tal ímpetu que la hizo tambalearse cual muñeco de trapo. La sangre comenzó a salir a borbotones de una herida indudablemente mortal, aunque el infectado aún pudo forcejear con ella durante casi un minuto antes de sucumbir a la muerte definitiva. En sus dos vidas había intentado arrebatarle la suya.

Marina volvió al zulo aferrando su botín y se tumbó en el colchón, con la mirada detenida en la luz que se filtraba por la puerta del techo. Los rayos del sol luchaban por hacerse un hueco en aquel lugar en apariencia inhóspito, pero que a ella la había tratado tan bien. Podía sentir el latido apresurado de su corazón, que se resistía a volver a la normalidad. Pensó que le había ido de muy poco y se estremeció. Aquél nuevo infectado casi acaba con ella, sobre todo en el último forcejeo, que le había pillado totalmente por sorpresa. Inconscientemente se miró los brazos. Llevaba puesta una camiseta oscura de manga larga, intacta. Esa imagen le permitió liberar el aire contenido formando un silbido.

Se levantó y la invadió un ligero mareo que ignoró para reunirse, por fin, con Samuel. Se sentó en el taburete y encendió el aparato. Su amigo contestó de inmediato y se mostró entusiasmado con su regreso. Cuando llevaban hablando cerca de una hora, Marina notó un incipiente dolor de cabeza; debía comer algo pronto para que se le pasara. La conversación estaba siendo realmente divertida. Se rascó la muñeca izquierda un par de veces, sintiendo un ligero escozor que no remitía. Volvió a rascarse mientras acababa de explicarle a Samuel la anécdota del traje militar teñido de rosa para unos carnavales. Invadida por un mal presentimiento, se levantó la manga, topándose con la cruda realidad. El infectado le había dejado su sello impreso para acceder al inframundo. Sintió el revés del destino en sus entrañas mientras asimilaba que un ridículo arañazo la había sentenciado definitivamente.

Marina siguió hablando con Samuel como si nada, esforzándose sobremanera por ocultarle lo que acababa de descubrir en su piel. Sin embargo, él captó su notable bajón anímico. La chica intentó salir del paso como pudo. Lo consiguió. Hubiera querido decirle que iba a morir para que él pudiera apaciguarla y mecerla entre sus brazos, aunque sólo fuera con palabras lejanas. Pero no iba a hacerlo, de ninguna manera, sencillamente no podía. De saberlo, él habría querido acompañarla hasta el último de sus suspiros, y eso era totalmente injusto. Marina le diría que mañana volvería a la cabaña a por más cosas, proponiendo una nueva posibilidad de peligro para que él pudiera hacer cábalas si no volvían a contactar jamás. Aunque aquello también era injusto, al menos, sería menos doloroso.

Ese día Samuel se despidió con la ignorancia de que ésa sería la última vez. Por el contrario, Marina sabía perfectamente lo que ese adiós significaba. Quiso alargarlo un poco más y estirarlo hasta que fuese eterno, pero el arañazo que manchaba el reverso de su muñeca la devolvió a la realidad. Volvió a estirarse en el colchón mohoso y se quedó mirando la puerta metálica del techo que le impedía ver el azul del cielo, que por segundos se le antojaba el azul del mar donde estaba su querido Samuel. Sus ojos rebosantes de lágrimas tenían serias dificultades para ver siquiera los rayos del sol del mediodía que a esas horas se filtraban a raudales por las rendijas.

1212

 

La noche no tuvo nada que envidiar al día. Ni una solitaria luz en la lontananza, ni un triste infectado vagando por las calles desiertas, aún cuando esas eran sus horas preferidas para salir a merodear. Bárbara apenas pegó ojo en toda la noche, dándole vueltas a la cabeza a la propuesta de Zoe, tratando de convencerse que la ausencia de infectados no era más que una absurda coincidencia. Empezaba a dudar seriamente que realmente eso fuera la normalidad, y que Nefesh, al haberse infectado mucho más tarde que el resto del mundo, les hubiese mostrado una etapa distorsionada de la pandemia.

No quería hacerse ilusiones, pero todo parecía apuntar en la misma dirección. Al menos ese particular punto de vista. No paraba de mirar por la ventana, tratando de encontrar en ella una excusa para volver a Éseb y desoír los cantos de sirena de la niña de la cinta violeta en la muñeca. Por suerte o por desgracia, fue incapaz de encontrarla.

Aunque no sabía muy bien por qué, acabó por convencerse que era ahí, en Sheol, y no en otro lugar, donde debía nacer su primogénito, que así es como debía haber sido desde un buen principio, que la epidemia no tenía ningún derecho de privarles de ello. A ninguno de los dos. Aunque la razón y el sentido común le empujaban en dirección opuesta, algo dentro de sí le convenció que eso era lo que debía hacer. Finalmente consiguió conciliar el sueño, aunque Zoe la despertó pocas horas después, al romper el alba. Se levantó de bastante buen humor.

Habían acordado pasar la noche en el faro porque cargar todo aquello en el barco sin luz diurna era una insensatez, por más tranquila que aparentase ser aquella parte de Iyam. Esa mañana desayunaron retomando la discusión que habían dejado a medias durante la cena. Zoe se mostró gratamente sorprendida al ver el cambio de actitud de Bárbara. Ella no paraba de pensar en Morgan, y en cuán críticamente habría juzgado tal deriva. Pero él no estaba ya ahí, y ambas acabaron acordando que al menos lo intentarían.

Tan solo un choque de frente con la realidad les haría cambiar de rumbo a esas alturas. En los tiempos que corrían, resultaba harto complicado encontrarle un sentido a la vida, más allá del hecho de limitarse a sobrevivir, sabiendo que todo en lo que habías creído y todos a los que habías querido habían desaparecido para no volver. El mero hecho de tener un objetivo en ciernes, algo en lo que ocupar el tiempo y la mente, una excusa para alejar de la cabeza todos aquellos fantasmas, era tanto o más valioso que eludir la muerte que ambas habían tenido sobrevolándolas desde el inicio de esa pesadilla.

Pusieron rumbo de vuelta a Sheol con una sonrisa por bandera y el furgón cargado hasta los topes. No pudieron llevarse el barco, por más que incluso se lo llegaron a plantear. Ese fue el principal motivo de vacilación al respecto, aunque ambas se esforzaron bastante por apartarlo a un lado. Al fin y al cabo, el faro era un escondite excepcional para el navío, y siempre estarían a tiempo de volver a por él, si el interior de la península se demostraba más hostil que el litoral.

Su pésimo sentido de la orientación, sumado a la inexperiencia en la conducción, por más que éste último factor mejoró sustancialmente durante esos días, hizo que el camino, que ya de por sí era bastante largo, se demorase tres días, en los que tuvieron que hacer noche dos veces. Lo hicieron siempre en lugares muy alejados de las urbes, a medio camino de ninguna parte en algún kilómetro cualquiera de autopistas y autovías, donde el rastro de la infección se volvía prácticamente inexistente, más que por el fruto de algún que otro accidente, o algún coche abandonado, que les obligó a aminorar sustancialmente la marcha, o incluso a dar media vuelta en más de una ocasión.

Vieron infectados. Algunos de ellos lozanos y sanos como los que habían conocido los primeros días de la infección. Pero pudieron contarlos con los dedos de una mano, y era tal la diferencia de velocidad entre ellos y el furgón, que enseguida les perdieron de vista. Ello sirvió, no obstante, para devolverlas en parte a la realidad, y darles a entender que el peligro seguía presente. Ambas eran inmunes a sus mordedoras, y Zoe incluso se podía hacer pasar por uno de ellos, pero aún así, debían ser conscientes que bajar la guardia les podía salir muy caro.

Llegaron al límite municipal de Sheol a media tarde del tercer día de su partida. Ambas sentían un cosquilleo muy agradable en el estómago al encontrarse de nuevo en un lugar que por fin podían reconocer, un lugar que por primera vez en mucho tiempo, quizá en demasiado tiempo, les traía a la memoria recuerdos felices, recuerdos previos al inicio de la pandemia, recuerdos de una vida tranquila, serena e incluso anodina, a la que ambas tanto echaban a faltar.

Era Bárbara la que conducía cuando cruzaron aquél viejo puente de piedra. Pese a que estaban bastante lejos del lugar en cuestión, pasar sobre aquél río, el mismo río en el que aquella maldita serpiente a punto estuvo de acabar con la vida de Zoe, acabó por convencerlas que habían hecho lo correcto. No en vano, hacía más de veinticuatro horas que no veían un solo infectado, al menos ninguno que no llevase al menos un par de meses muerto. Las hojas secas que había sobre el puente, que el viento había traído en su soplar azaroso, dieron fe de que hacía mucho tiempo que nadie lo cruzaba. Ello aún las tranquilizó más.

La profesora se giró hacia Zoe, que observaba emocionada la ciudad medio chamuscada en el horizonte próximo. Era un día nublado y bastante húmedo, y la ciudad estaba iluminada por una luz fría, algo tétrica.

BÁRBARA – Volvemos a estar aquí. Tú y yo solas… como al principio.

Zoe, con la boca entreabierta, suspiró satisfecha.

ZOE – Sí. Solo falta Morgan.

Bárbara esbozó una sonrisa cansada y acarició el enmarañado cabello rojo de la pequeña.

3×1211 – Raíces

Publicado: 28/05/2019 en Al otro lado de la vida

 

1211

 

De vuelta al faro de Iyam

18 de abril de 2009

ZOE – Oye….

Bárbara estaba concentrada en sus pensamientos, y a duras penas prestaba atención a la carretera. Zoe se había demostrado una excelente conductora. Ya habían vuelto al paseo marítimo y en cuestión de cinco minutos llegarían de vuelta al faro. Todo había salido a pedir de boca, y aún pasaría más de una hora antes que comenzase a anochecer. Tardó unos segundos en reaccionar.

BÁRBARA – ¿Sí?

En esta ocasión fue Zoe la que se hizo de rogar, pese a que ella sí la había escuchado, perfectamente.

BÁRBARA – ¿Qué… qué decías, Zoe?

ZOE – No. Nada… Si… es… Es una tontería.

BÁRBARA – Dime.

ZOE – ¿Por qué no… por qué no…?

BÁRBARA – ¿Por qué no qué?

Zoe respiró hondo. Sabía a ciencia cierta que Bárbara le diría que no, pero no paraba de darle vueltas desde que llegasen de vuelta a la península, y no se quedaría del todo tranquila hasta que lo soltase.

ZOE – ¿Por qué no volvemos a Sheol?

La profesora apartó sus ojos de la carretera y miró fijamente a la niña. Ella, no obstante, seguía concentrada en la conducción, y no hizo ni el amago de devolverle la mirada. Aquella proposición le había cogido con la guardia baja. Ya lo habían hablado, y acordado, que tan solo iban a la península a recoger los enseres y alimentos que necesitarían para darle una buena bienvenida al mundo al hijo o la hija de Bárbara, para volver a Éseb ipso facto. La profesora frunció el entrecejo, contrariada.

BÁRBARA – ¿A Sheol?

Zoe no respondió. Bárbara empezó a preocuparse, al ver la expresión ceñuda de su rostro. Daba la impresión que fuese a ponerse a llorar en cualquier momento.

BÁRBARA – ¿Por qué Sheol, por… por qué ahora?

La niña tomó aire, lo retuvo en el pecho un par de segundos y lo soltó lentamente por la boca.

ZOE – No sé… Me apetecería ver qué tal está mi casa… el… el barrio. Es… No… No sé. Echo de menos… todo eso. Me haría ilusión volver a… Hace mucho tiempo que nos fuimos. Y ahora que estamos tan cerca…

Bárbara sabía que no estaban tan cerca, y que Zoe era perfectamente consciente de ello. Tardarían al menos un día entero en llegar, y eso en el mejor de los casos, si no encontraban problemas por el camino, lo cual era cuanto menos poco verosímil. Esa idea era algo que no se había llegado a plantear, y aún tardaría un poco más en digerirla. No pudo evitar pensar en el pato, y algo dentro de sí se movió.

ZOE – No me hagas caso. Es una tontería.

BÁRBARA – ¿No estás bien en el islote?

ZOE – Sí… Sí. Claro. No… no he dicho nada. Olvídalo.

BÁRBARA – No, no. Zoe. Hablémoslo.

La niña apartó por primera vez la mirada de la carretera y echó un breve vistazo a su madre adoptiva. Bárbara no pudo evitar sonreír al ver en sus ojos rojos aquél brillo de ilusión y esperanza. Hacía mucho tiempo que había normalizado su nuevo color.

ZOE – El islote está bien. Ahí… tendremos de todo, pero… es lo que tú decías. Estamos muy desprotegidas. Ahí puede… puede venir cualquiera a…

La niña tragó saliva. Su discurso no se le estaba dando todo lo bien que hubiese deseado, y era perfectamente consciente de ello.

ZOE – … hacernos daño.

BÁRBARA – Cariño… Sheol no va a ser mejor…

ZOE – No, bueno… al menos tendremos mucho más fácil huir, si… si se presentan problemas. No creo que nadie se haya ido a vivir ahí, siendo el sitio donde empezó… todo. Y además… sabemos que tampoco hay infectados. Se fueron todos con el incendio.

Bárbara frunció de nuevo el entrecejo. Por más que le pesara, lo que decía la niña era cierto. Al menos en parte. Cuando ellas partieron hacia la costa, Sheol estaba completamente vacía. Tan solo debían quedar los infectados que hubieran estado encerrados durante el incendio, que con toda seguridad ya habrían muerto a esas alturas y los que estuvieran tan gravemente mutilados que no pudieran huir, que no tenían por qué suponer ninguna amenaza. A ese respecto, no debía ser mucho más peligroso que el islote, y habida cuenta que los infectados ignoraban a la niña, eso tampoco tenía por qué marcar una diferencia para ella.

ZOE – Quizá quede alguno, o… algunos que hayan vuelto, pero… podríamos hacer como en Nefesh. Podríamos empezar de cero… otra vez. Ya lo hicimos cuando nos fuimos del hotel y… se nos dio bastante bien.

Bárbara se quedó pensativa. La niña se concentró de nuevo en la carretera. El silencio se prolongó casi un minuto.

BÁRBARA – A ti no te gusta vivir en el islote.

La respuesta fue rápida y contundente.

ZOE – No. Es muy aburrido, Bárbara. No hay nada que hacer ahí. Se me viene el mundo encima de pensar que estaremos ahí un montón de años. Lo siento. No es por ti, eh.

BÁRBARA – Lo sé. Lo sé… pero…

La profesora no pudo evitar sentirse mal, al saberse responsable de ello. Ella había sido la que la había arrastrado lejos del grupo, aunque fuera por mera inercia. Y comprendía que para una niña de su edad, la perspectiva de pasar toda la adolescencia en aquél pedazo de tierra resultase del todo menos atractiva. Incluso para ella misma resultaba cuesta arriba.

BÁRBARA – Mira, ya se está haciendo tarde. Pasemos hoy la noche en el faro, y le damos un par de vueltas más, mientras cenamos. ¿Te parece?

Ambas cruzaron sus miradas. La niña asintió, algo escéptica.

Llegaron de vuelta al faro, y no se molestaron e siquiera en descargar del furgón todo cuanto habían traído consigo. Subieron las escaleras en espiral y prepararon una opípara cena caliente, durante la cual siguieron discutiendo al respecto de la propuesta de la pequeña. Para entonces ya era noche cerrada, y habida cuenta de cuánto habían madrugado ese día, Zoe no tardó en acostarse.

La noche no tuvo nada que envidiar al día. Ni una triste luz en la lontananza, ni un triste infectado vagando por las calles desiertas.

3×1210 – Cuna

Publicado: 21/05/2019 en Al otro lado de la vida

1210

 

Tienda especializada en neonatos, Iyam

18 de abril de 2009

 

Bárbara mostró una sonrisa algo triste al ver aquél brillo de genuina ilusión en los ojos de Zoe. Ella también estaba ilusionada, pero su felicidad no era plena: jamás podría serla. Había soñado cientos de veces con vivir esa misma experiencia, con la salvedad del hecho que en tal caso tendría que haber pagado por lo que se llevase, pero en compañía de Enrique. Ahora quien la acompañaba no era su prometido, que tampoco era el padre del bebé que esperaba, sino la hija de uno de los guardas de seguridad de la empresa farmacéutica que había fundado el padre con el que tan mal se había llevado sus últimos años de vida. Nada de eso tenía el menor sentido, y aunque se esforzaba por disfrutarlo, no era capaz hacerlo tanto como le hubiera gustado.

La niña había disfrutado mucho escogiendo la ropa para los primeros años del bebé y ahora estaba muy emocionada porque Bárbara le había dicho que podía escoger también la cuna que se llevarían consigo de vuelta a Éseb. Tenían una de pediatría que habían tomado prestada del desierto hospital, del que se llevaron también un sinfín de medicinas y otros tantos libros, pero Bárbara quería una algo menos impersonal. La niña no paraba de dar vueltas, linterna en mano, de un extremo a otro de la enorme tienda a la que habían entrado hacía pocos minutos, incapaz de tomar una decisión, consciente de la enorme responsabilidad que había recaído sobre sus hombros.

Hasta el momento no se habían cruzado con un solo infectado, al menos con ninguno que conservase aquella más que discutible vida. La ciudad costera parecía haber sido evacuada de aquellas bestias, aunque a diferencia de la propia Sheol, nada apuntaba a pensar que hubiera razones para ello. Ambas agradecieron mucho no tener que hacer uso de las armas que llevaban bien a mano por si surgía cualquier contratiempo, pero aún así, no bajaban la guardia. La supervivencia en aquél mundo hostil en el que les había tocado vivir lo exigía.

Del mismo modo que los saqueadores ignoraban el detergente para la ropa, la crema solar o la arena para los gatos en los supermercados por los que pasaban, el pasillo destinado a los bebés solía encontrarse en perfecto estado de revista, al menos en la mayoría de los que ellas visitaron ese día. En dos de ellos habían arrasado con los tarritos de papilla y la papilla en polvo, pero en el tercero el pasillo estaba idéntico a como lo habían abandonado sus trabajadores, solo que con algo más de polvo en las estanterías. Afortunadamente pudieron hacer acopio de todo cuanto quisieron y mucho, mucho más.

A esas alturas ya tenían en su poder todo cuanto necesitarían durante los primeros años de vida del bebé. De hecho, con todo lo que habían acumulado en la parte trasera del furgón policial, Bárbara bien podría dar a luz trillizos, que igualmente no echaría en falta haber traído nada más. Todo estaba saliendo a pedir de boca, y en nada se parecía a todo cuanto ellas habían imaginado durante el corto viaje de vuelta a la península. La ausencia total de hostilidad era algo con lo que no contaban.

Tras la no fácil elección de la cuna perfecta, finalmente ambas salieron de nuevo a la calle, con aquél viejo carro de la compra nuevamente lleno hasta los topes. Bárbara fue la primera, y tras comprobar que la calle era segura, Zoe la siguió de cerca. El cielo se había despejado un poco las últimas horas, pero aún estaba bastante encapotado. Contra todo pronóstico, no había caído una sola gota en todo el día, lo cual hubiera resultado aún más oportuno.

Después de cargar la parte trasera del furgón con todo cuanto habían sustraído de la tienda en aquél barrio de alto standing en el que ninguna de las dos había estado jamás antes, Zoe se dirigió instintivamente hacia la puerta del copiloto. Bárbara, que se encontraba a su vera, chistó tres veces seguidas, llamándole la atención.

BÁRBARA – No.

Zoe destensó la mano sobre el tirador, que aún no había llegado a accionar, y la miró, extrañada.

ZOE – ¿Qué pasa?

BÁRBARA – Quiero que conduzcas tú.

La niña mostró una expresión facial de la más extrema incredulidad acompañada de una ligera sonrisa insegura. Temía que le estuviese intentado tomar el pelo, pero ese no era el estilo de Bárbara, y menos para ese tipo de cosas.

ZOE – ¿En serio?

La profesora hizo un gesto afirmativo, segura de su decisión.

BÁRBARA – Estamos juntas en esto. Y las dos recibimos las mismas clases de Fernando.

ZOE – A mi no me cuesta nada, ¿eh? Pero…

BÁRBARA – Si no quieres…

ZOE – No, no, no. Al contrario. Claro que quiero. ¡Vale! Me parece bien.

Zoe rodeó la parte delantera del furgón y abrió la puerta del piloto, sorprendida al ver aquél curioso cambio de actitud en Bárbara, que tan sobreprotectora había sido desde el primer momento. No pudo evitar recordar de nuevo a Morgan y sonrió nuevamente, convencida que él mismo hubiera estado satisfecho de la decisión de la profesora.

Hizo falta recalibrar la posición del asiento y los retrovisores, pero un par de paquetes de pañales fueron más que suficientes para suplir la baja estatura de la niña, sin impedirle llegar a los pedales. Zoe se demostró bastante más hábil al volante que la profesora, y sustancialmente menos precavida, sin llegar a resultar en ningún momento temeraria. Estaba siendo uno de los mejores cumpleaños de los que tenía recuerdo, y dadas las circunstancias que rodeaban el momento presente, eso era cuanto menos poco verosímil.

Se habían alejado bastante del punto de partida, en sus recurrentes rodeos para pasar por tantos sitios como pretendían, y el camino de vuelta se demoraría al menos veinte minutos, si seguían sin encontrar mayores trabas en el camino que algún que otro contenedor al que hubiese arrastrado el viento. En esta ocasión fue Bárbara la que se encargó de guiar a la conductora, que se lo estaba pasando en grande, con aquél aparatoso y enorme pedazo de papel desplegado.

3×1209 – Seguras

Publicado: 18/05/2019 en Al otro lado de la vida

1209

Faro de Iyam

18 de abril de 2009

 

Bárbara, con la mano sobre el tirador de la puerta del baño, respiró hondo, con los ojos cerrados, tratando de serenarse. Había sido una pérdida mínima, prácticamente ridícula, pero no era la primera, y estaba algo intranquila. En momentos como ese desearía no haber abandonado Nefesh y poder recurrir a Abril para que le diera consejo y un diagnóstico. Aunque recordando su frialdad y la expresión de su cara cuando le expusieron la verdad de Guillermo, dudaba incluso que fuera capaz de tolerar su presencia en la mansión de Nemesio sin mandarla a paseo.

Salió del baño mostrando una expresión facial de fingida tranquilidad, drásticamente distinta a la que tenía antes de cruzar la puerta. Zoe la esperaba al otro lado, con la mochila a la espalda y el arma preparada. No hizo falta siquiera mediar palabra: con un par de asentimientos de cabeza, ambas pusieron rumbo escaleras abajo.

Ya habían cargado en el furgón una pequeña parte de su alijo de alimentos, por si las cosas se torcían y tenían que acabar durmiendo dentro, como ya había ocurrido con anterioridad. La intención no era la de ir muy lejos: tan pronto hubiesen recopilado cuanto necesitaban, volverían sobre sus pasos sin mayor demora. No obstante, preferían cubrirse las espaldas.

Ninguna de las dos se quedaría del todo tranquila alejándose tanto de Nueva Esperanza, pero al fin y al cabo el navío estaba perfectamente oculto en las entrañas del faro, y si nadie había acudido a él desde que el grupo partiera, hacía más de medio año, en las pocas horas que ellas estuvieran alejadas de él no tenía por qué ser distinto.

El furgón estaba literalmente en el mismo sitio donde lo habían dejado al partir. Tenía el morro algo maltrecho por el accidente que había sufrido, pero era un vehículo recio. Bárbara estudió las ruedas, y desde su absoluta ignorancia en términos mecánicos, concluyó que estaban en perfecto estado para fiarse de ellas. No en vano, las acababan literalmente de estrenar justo antes de abandonar el furgón.

Bárbara ocupó su lugar tras el volante, pese a que tenía la misma experiencia como conductora que la propia Zoe, que se había quedado fuera haciendo guardia, arma en mano. Trató de arrancarlo, pero el motor se resistió. La profesora miró de reojo a los pies del asiento del copiloto y vio la batería que Morgan había dejado ahí, junto a la garrafa, sin duda herencia del taller mecánico donde habían robado las ruedas. Confió no necesitarla. Lo intentó una vez más, pero el resultado fue idéntico.

Trató de poner en orden todo cuanto el difunto Fernando les había explicado, y estaba convencida que lo estaba habiendo bien. Temió que ello fuera debido al accidente que habían tenido al entrar a la ciudad, pero tras un par de intentos más, apretando hasta el fondo el pedal del acelerador, el motor finalmente recobró la vida. La profesora instó a Zoe a ocupar su asiento, y la niña lo hizo presta. Bárbara dirigió el vehículo por encima de la pasarela de madera que llevaba al faro, que provocaba aquél sonido tan característico que tan poca confianza le inspiraba, hasta que finalmente llegó al paseo. Ahí todo estaba sumido en un reconfortante silencio.

Circulaban por el paseo marítimo. Bárbara atisbó por el rabillo del ojo el cadáver de una mujer y no pudo evitar recordar a Arturo, cuya vida había reclamado una playa muy similar a la que tenían al lado. Se sorprendió recordándole con suma intensidad, aún cuando apenas habían convivido unos días y hacía mucho tiempo que había quedado relegado a un archivo polvoriento al fondo de su memoria. Una sensación de congoja le apretó la boca del estómago: eran muchos los que habían perdido por el camino, desde el inicio de aquella pesadilla. Demasiados.

Circularon hacia el oeste, muy concentradas en su objetivo. Zoe llevaba desplegado sobre el regazo el mapa de carreteras que habían encontrado en uno de los cajones de la cómoda del faro, y guiaba a Bárbara estudiándolo a conciencia, hacia el hospital, siguiendo la línea que ellas mismas habían trazado con un fluorescente rosa por las calles impresas en aquél papel satinado.

También habían marcado la ubicación de media docena de farmacias, una de las cuales ambas recordaban especialmente, por si el estado del hospital o su seguridad no eran los deseables. Habían hecho muy buen trabajo a ese respecto, y formaban un equipo sin fisuras. Pese a que tenían que esquivar algún que otro escombro de vez en cuando, todo apuntaba a pensar que podrían llegar a su destino sin verse en la necesidad de dar ningún rodeo. La ciudad estaba desierta.

Conducían a una velocidad moderada, que el propio Morgan hubiese tildado de temeraria, dadas las circunstancias. Pese a que había practicado en más de una ocasión, las primeras veces con Fernando y luego sola, Bárbara no dejaba de ser una novata, y en esos momentos estaba más asustada por el furgón que por los propios infectados. Resultaba más que evidente que la infección había llegado ahí. Ellas mismas habían visto sus estragos antes de partir, hacía unos meses, y éstos seguían siendo más que visibles, pero daba la impresión que los infectados se hubiesen evaporado en algún momento desde entonces hasta ahora.

Vieron algún que otro cadáver tirado por el suelo, pero ninguno parecía ni remotamente reciente. Uno de ellos en concreto, que hizo que Bárbara aminorase aún más la velocidad del furgón al pasar a su lado, tenía un aspecto extrañamente similar al de la pobre infeliz a la que Zoe había librado del duro peso de la infección en aquél pequeño y maltrecho barco abandonado: todo apuntaba a pensar que había muerto de inanición, aunque no tenían modo alguno de corroborarlo, ni intención alguna de parar a investigar más a fondo.

Tardaron más de media hora en llegar a su destino, y no porque estuviese especialmente lejos, en la que tan solo les acompañó traqueteo de las ruedas en el sucio y duro asfalto y sus propias respiraciones inquietas.

1208

 

Faro de Iyam

18 de abril de 2009

 

Ninguna de las dos era capaz de dar crédito al hecho que hubiesen ido a parar literalmente al mismo lugar del que habían partido. Bien era cierto que esa y no otra era la intención desde un primer momento, pero aún así, ambas dudaban de su capacidad para llevarla a buen término. Darío, que fue quien las había instruido en la navegación, no hubiera estado menos sorprendido que ellas mismas al verlas efectuar semejante hazaña.

Se trataba de un día nuboso que amenazaba lluvia, idéntico al día en el que partieron de Iyam. Zoe sentía un cosquilleo en el estómago extrañamente similar al de aquella lejana jornada. La impresión, no obstante, era muy diferente. Donde antaño les embargaba una sensación de ilusión y esperanza, ahora tan solo quedaba un cierto poso de inquietud y prisa. Iban de vuelta de todo, después de cuanto habían vivido, pero del mismo modo, ahora estaban mucho más tranquilas, serenas y seguras de sí mismas que antaño.

Salvo aquél barco abandonado y algo de detritus de lo que parecía un cargamento de pelotas de ping pong flotando a la deriva, no tuvieron ningún tipo de sobresalto en la travesía, por otra parte, excepcionalmente rápida y en todo momento con el viento a favor. Estaban empezando a acostumbrarse a que todo saliera a pedir de boca, y si todo salía bien, esa misma tarde podrían volver sobre sus pasos de vuelta al islote, donde tan solo deberían limitarse a esperar el nacimiento del hijo o la hija de la profesora.

Zoe fue la primera en llegar a lo más alto de aquella larga escalera en espiral. Había subido a toda prisa, embriagada y algo triste por todos los recuerdos que aquél lugar traía su mente: muchos de los que partieron, con idéntica ilusión a la suya, ahora habían pasado al otro lado de la vida. Todo apuntaba a pensar que nadie había accedido al faro desde que ellas partieran de la península en busca de un destino mejor. No dejaba de resultar irónico que hubieran vuelto, incluso después de haberlo encontrado.

Bárbara llegó por fin al piso superior, y se acercó a la ventana para echar un vistazo al estado del pueblo costero. Encontró literalmente lo que esperaba encontrar, y ello en cierto modo la apaciguó. Las calles estaban desiertas, y aunque algo más sucias y descuidadas que a su partida, no se veía a nadie deambulando por ellas, ni signo alguno de asentamiento de supervivientes. Deseaba con todas sus fuerzas encontrar a alguien sano para que las acompañase, y al mismo tiempo era lo que más temía. Dadas las circunstancias, ni ella misma hubiera sabido prever cómo habría reaccionado de encontrarlo ahí arriba, aunque sospechaba que, después de cuanto había vivido, su bienvenida se asemejaría más a la que les dio el difunto Paris, cuando se conocieron en Nefesh.

Sobre la pared, frente a la mesa en la que se encontraba la nota, había una estación meteorológica digital a pilas, que aún conservaba la vida. Enseguida atrajo la atención de Zoe. Arriba la izquierda se veía con claridad el dibujo de un par de nubes descargando lluvia, pero a la niña de la cinta violeta en la muñeca no le importó lo más mínimo. Ella se fijó en la parte inferior derecha. Al parecer era sábado, aunque eso no le importó lo más mínimo. Lo que le llamó poderosamente la atención fue el día y el mes.

Hacía bastante que habían perdido la noción del tiempo. Pese a que conservaban cierta idea de la estación y la hora del día en función de la trayectoria del astro rey, el día de la semana o el mes en el que se encontraban se desdibujaba en una bruma de anacronía y falta de interés, pues tampoco necesitaban esa información para nada, en su día a día. Bárbara se giró hacia la niña, y se sorprendió al ver la expresión de su cara.

BÁRBARA – ¿Qué ocurre?

ZOE – Es… es 18 de abril.

Bárbara frunció ligeramente el ceño. No alcanzaba a comprender a la niña, pero no quería resultar grosera.

ZOE – ¡Es mi cumpleaños!

BÁRBARA – ¿Ah, sí? ¡Felicidades!

La profesora se sintió profundamente reconfortada al ver aquella radiante sonrisa en el rostro de la pequeña. Ahora ya no era tan pequeña.

BÁRBARA – ¿¡Ya tienes once años!?

ZOE – Sí.

BÁRBARA – ¡Caray!

La profesora estrechó en sus brazos a su hija adoptiva, acariciándole la espalda. Pese a estar todavía en shock por la inesperada buena nueva, la atención de Zoe se dirigió inexorablemente hacia la mesa que había al otro extremo de la estancia. Tan pronto Bárbara la libró de su abrazo, fue ahí hacia donde se dirigió, seguida de cerca por la profesora.

Sobre la mesa había una nota escrita a mano, con dos llaveros encima. Bárbara no fue capaz de reconocer el juego de llaves del faro, pero sí el del furgón policial con el que habían hecho el camino desde la prisión donde rescataron a Christian hasta la costa. Zoe apartó las llaves de un manotazo y asió la nota.

ZOE – Si estás aquí, es que hemos fracasado, lo cual es una lástima. Pero al menos estás vivo, que es más de lo que puedo decir yo. El furgón está aparcado frente a la puerta principal del faro, en el mismo sitio donde lo dejamos. Tenéis una garrafa seis litros de combustible y una batería sin estrenar frente al asiento del copiloto. Que tengáis mucha suerte. Morgan.

Bárbara y Zoe se miraron a los ojos, bien abiertos. Acto seguido estallaron en una carcajada nerviosa, y tuvieron que sujetarse la una a la otra para no caerse al suelo. Sin duda inspirado por su compañero de cuerpo y amigo Rafael, Morgan había decidido dejar atrás un pequeño obsequio por si el día de mañana él mismo, o cualquiera de los demás integrantes del heterogéneo grupo de supervivientes que partieron de Iyam con una maleta repleta de sueños volvía con el rabo entre las piernas, como era el caso.

Ninguna de las dos recordaba haberle visto escribir esa nota, ni si había sido el primero o el último en partir. Zoe no concibió un mejor regalo de cumpleaños ni un mejor autor del mismo, y aquella sonrisa le acompañaría el resto del día.

3×1207 – Brasas

Publicado: 11/05/2019 en Al otro lado de la vida

1207

 

Velero Nueva Esperanza, en algún lugar del Mediterráneo

16 de abril de 2009

 

Bárbara y Zoe se mantuvieron en un silencio únicamente roto por el silbar del viento en sus oídos, aquella soleada tarde de primavera. No obtuvieron ningún tipo de respuesta a su demanda, y aunque dadas las circunstancias esa era la mejor de las repuestas, no acabaron de quedarse del todo tranquilas.

ZOE – ¿Qué hacemos?

La profesora miró a Zoe, que la escrutaba con sus ojos inyectados en sangre, y acto seguido miro aquél desvencijado y minúsculo barco que navegaba a la deriva con las velas hechas jirones. Ambas sostenían sendas pistolas cargadas y listas para ser disparadas ante cualquier eventualidad.

Lo más sencillo hubiera sido pasar de largo y alejarse en pos de su objetivo sin darle mayor importancia. Resultaba evidente que ahí no había nadie, ni sano ni infectado. De lo contrario, ya habría dado señales de vida a esas alturas. Aquél barco, en tal estado, era ingobernable, y cualquiera en su sano juicio, de haber escuchado la voz de un desconocido que le hubiera podido salvar de una muerte segura, habría respondido sin pensárselo dos veces.

Estando tan solo ellas dos, la perspectiva cambiaba drásticamente. Antaño la hubiera dejado al cargo de quien quiera que las acompañase, y ella habría ido a investigar por su cuenta, o en compañía de Carlos en el mejor de los casos. Ahora debía optar entre dejarla a solas o traerla consigo. La segunda opción siempre parecía más atractiva: ya la había perdido demasiadas veces, y no tenía intención alguna de volver a sentir aquella acongojante sensación de no saber si estaba bien, o siquiera si seguía con vida.

Pero por algún motivo la curiosidad fue mucho más grande que el sentido común, y Bárbara se negó a dar media vuelta. Tal vez tuviera que ver el hecho que se sentía en la obligación de tener más compañía, temerosa como estaba que Zoe se quedase sola en el mundo si ella llegaba jamás a faltar. Tal vez tuviera que ver el hecho que llevaba más de dos meses envuelta en una vorágine de monotonía tediosa, y ese episodio se le antojaba la más atractiva de las aventuras.

Fuera cual fuese el motivo, acabó decantándose por acercarse aún más, para intentar dilucidar el motivo por el cual aquél barco había acabado en ese estado tan lamentable. Al fin y al cabo, suya había sido la decisión de acercarse a investigar, virando ligeramente el rumbo, aún cuando el barco no era más que una motita incierta en el horizonte marino.

BÁRBARA – Acerquémonos, pero… al menor signo de peligro, volvemos por donde hemos venido.

Pese a que Zoe no las tenía tampoco todas consigo, su curiosidad también era muy grande, y ambas acabaron acordando echar el ancla y acercarse con la barca de remos a indagar. Ambas intentaron convencerse que era para saquearlo, si es que tenía algo que pudiera seres de utilidad, aún cuando tenían todo cuanto necesitaban y mucho más; tanto que apenas podían moverse por las estancias inferiores del velero sin tener que ir esquivando cajas.

No tardaron ni cinco minutos en llegar a la minúscula cubierta. Volvieron a saludar en voz alta, y al obtener idéntica respuesta, decidieron internarse en las entrañas del navío. Tan pronto abrieron la puerta notaron aquél desagradable e inconfundible hedor, tan familiar.

La infectada estaba hecha un cuatro sobre el sofá. Por el aspecto que lucía la estancia, debía haber pasado muchas horas tratando de salir de ahí, sin éxito. Estaba todo manga por hombro. A aquella pobre infeliz le faltaban la mayor parte de las uñas, que en un intento desesperado por salir de aquella cárcel, se le habían desprendido de los dedos. Resultaba escalofriante imaginar a un ser humano tan increíblemente estúpido como para no conocer el funcionamiento de un tirador o la mera existencia de una puerta, pero aquella mujer era el más claro ejemplo de ello.

Estaba tan deshidrataba que su piel se parecía más a la de una ciruela pasa que a la de una persona, y entre las grietas que la sequedad había impuesto a sus labios supuraba sangre infecta. De no haber estado ambas ya infectadas, no se lo hubieran pensado ni un momento antes de volver por donde habían venido. Incluso así, el aspecto que lucía aquella pobre mujer era del todo menos amenazador.

Estaba despierta, y les observaba con los ojos entornados, idénticos a los de Zoe. Intentaba emitir algún tipo de sonido, advirtiéndoles de que acto seguido procedería a destruirlas y alimentarse de sus cuerpos aún calientes, pero lo único que era capaz de emitir era un leve siseo, que tan solo pudieron escuchar gracias al sepulcral silencio que reinaba en el ambiente.

Resultaba harto evidente que llevaba meses sin alimentarse ni beber una sola gota de agua. Los huesos se le marcaban de un modo que resultaba incluso doloroso de ver, hasta el punto de dar la impresión que en cualquier momento alguno de ellos acabaría por perforar la piel. La mera visión resultaba dantesca. Bárbara se acerco un poco más, y el ruidito que emitía la garganta de la infectada se tornó más agudo, al tiempo que una de sus manos, agarrotada en un rictus fetal, hacía el amago de extenderse, con nulo éxito.

Hubo quien dijo que los infectados eran inmortales, que tan solo se podía acabar con ellos con un disparo al corazón, a la cabeza o rebanándoles el cuello. Bien podían o no equivocarse, pero de lo que no cabía la menor duda era que su instinto de supervivencia era más que discutible, y que tras un prolongado período de inanición, suponían la misma amenaza que el canto de una mesa para un bebé que comienza a andar.

ZOE – Está sufriendo.

Bárbara negó con la cabeza, obnubilada por aquella dantesca visión.

BÁRBARA – Los infectados no sienten dolor.

Zoe imitó el gesto de la profesora. Echó un vistazo más concienzudo a la infectada y chasqueó la lengua. Tenía la edad y la complexión de su madre, y por algún motivo sintió incluso ganas de llorar al verla en ese estado.

ZOE – No. Estará mejor muerta. Esto… no se lo merece. Nadie se merece esto, Bárbara. Ya me encargo yo.

Ambas cruzaron la mirada un instante. Bárbara estaba muy seria. La niña asintió con la cabeza, y asió de nuevo la pistola, con la que apuntó a la cabeza de aquella pobre infeliz. Pese a que ahora que habían sido expulsadas de Bayit el inventario de balas era finito y limitado, no lo dudó un momento a la hora de devolverle a aquella pobre infeliz la paz que la infección le había arrebatado.

No tardaron en volver a Nueva Esperanza y seguir su camino, como si nada hubiera pasado. Ahí no había absolutamente nada que les pudiera ser de utilidad. Lo hicieron prácticamente sin mediar palabra, cada cual absorta en sus propias reflexiones: Zoe sobre la crueldad inherente en aquella maldita enfermedad, y el opresivo sentimiento de culpa por haber sido la única persona sobre la faz de la tierra en hacer trampa y eludir sus catastróficos efectos; Bárbara al respecto de la reacción de la niña, ahora más convencida que nunca que cada vez la necesitaba menos.

3×1206 – Partir

Publicado: 07/05/2019 en Al otro lado de la vida

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Velero Nueva Esperanza, a un kilómetro del islote Éseb

15 de abril de 2009

 

La silueta del islote se empezaba a desdibujar en la lontananza. Cada vez resultaría más complicado distinguirla en el horizonte marino que en unos pocos minutos lo habría engullido todo. El viento era favorable, y Bárbara lo tomó como un buen augurio para la aventura que recién acababan de comenzar. Tan solo habían tenido que izar las velas y el barco comenzó a alejarse de Iyam a toda velocidad, de vuelta a la península.

La decisión no había sido sencilla, pero después de todo, se sentía satisfecha y orgullosa de haberla tomado, más después de haberla postergado durante tanto tiempo. El bebé que crecía en su interior merecía nacer y crecer en las mejores condiciones, al menos las mejores que ella pudiera darle, dadas las circunstancias, y ella haría todo lo que estuviera en su mano para ofrecérselo.

Pese a que lo habían hablado en más de una ocasión, y en más de doce ocasiones, la de aquella mañana, por algún motivo que ninguna de las dos alcanzaría a comprender pasadas unas horas, acabó fraguando en una iniciativa que las llevó de vuelta al barco que las había traído hasta ahí, aunque lamentablemente, con algo menos de compañía. Habida cuenta que utilizaban el barco de almacén, preparadas para una partida rápida si ocurría cualquier eventualidad indeseada, no les costó mucho llevar de nuevo a bordo del mismo los pocos enseres y alimentos que tenían en el islote antes de levar el ancla y abandonar definitivamente el lugar que había sido su hogar durante más de dos meses.

Era tal el nivel de hastío y la sensación de encarcelamiento a la que habían sido sometidas todo ese tiempo, que ambas estaban excepcionalmente animadas ante la perspectiva de esa nueva aventura, y no hacían más que preguntarse a sí mismas por qué no lo habían hecho antes. En gran medida, la respuesta a esa pregunta podía verse motivada por el hecho que hacía más de dos meses que no veían a un solo infectado, y su recuerdo era ahora algo vago y difuminado. Al fin y al cabo… ¿no habían sobrevivido a todos y cada uno de los que se les habían puesto por delante? ¿Por qué debía ser esta vez diferente al resto?

Zoe estaba algo triste, porque Ernesto no había querido venir con ellas, por más que ella había insistido a Bárbara, hasta que ésta acabó dando su brazo a torcer. Lo habían llegado incluso a subir en el barco, pese a que el ave no era muy amiga de que la manosearan. Todo apuntaba a pensar que había aceptado de buen grado ese nuevo reto en compañía de las dos mujeres, pero el azulón acabó por alzar el vuelo cuando ya se habían alejado unos cientos de metros de tierra firme. Había aprendido a volar magníficamente las últimas semanas.

Zoe y él se habían hecho muy amigos los últimos meses, y el ánade la seguía a todos lados, pues ésta siempre estaba dispuesta a darle de comer miguitas y sobras de todo cuanto cocinaban, y el animal no era tonto. Ella, en ausencia de niños de su edad o siquiera alguien más que Bárbara con la que matar el aburrimiento, se había hecho muy amiga del animal, y pasaba muchas horas con él al cabo del día. Por ello le sentó tan mal vele alzar el vuelo y volver a la tierra que le había visto nacer.

BÁRBARA – No estés triste.

Zoe levantó la vista. Ambas estaban en la cubierta del barco, viendo empequeñecer por momentos a Éseb. A esa distancia ya no eran capaces de distinguir a Ernesto en la distancia, aunque ambas estaban convencidas que había conseguido volver a tierra firme, y andaría paseándose por la orilla, como tanto le gustaba. La niña tomó aire y lo expulsó lentamente, aún con aquél rictus de tristeza en el rostro.

BÁRBARA – El sitio al que vamos es peligroso, y él… estará mucho más seguro aquí. Además… estoy convencida que lo encontramos cuando volvamos.

La niña levantó la mirada, y la cruzó con la de Bárbara. La profesora había aprendido a normalizar el color de sus ojos, y a esas alturas, tras tanto tiempo de convivencia en exclusiva con la pequeña de la cinta violeta en la muñeca, le hubieran sorprendido más unos ojos azules que aquellos de intenso color carmesí. Zoe asintió, y volvió a dirigir la mirada hacia el islote.

Bárbara también tenía motivos para estar triste. De la misma manera que le pasara a Guillermo al abandonar Nefesh, cuando tuvo que despedirse a toda prisa de su difunto hijo, la profesora también dejaba ahí una parte muy importante de su pasado. Esa mañana se había despertado especialmente pronto, y había pasado más rato del habitual conversando con aquella protuberancia en la arena. No obstante, no había llegado a despedirse de él al partir. Tan solo le había ofrecido un ligero asentimiento de cabeza al dirigirse al bote de remos, asumiendo de algún modo que quizá jamás volverían a conversar, aunque fuese de aquél modo tan peculiar que Bárbara había encontrado para apaciguar sus demonios interiores.

No por premeditado el plan era menos peligroso. La idea era la de acercarse a la costa, y tras comprobar que ésta era segura, anclar el barco a una distancia prudencial de la misma y acercarse con el bote de remos para aprovisionarse de todo cuanto necesitarían para cuidar del bebé: desde ropa, pasando por pañales, alimentos y medicinas. Ahí no se les había perdido nada más. Tan pronto lo consiguieran, volverían sobre sus pasos y se harían fuertes de nuevo en Éseb. Quizá fueran vulnerables ante los bándalos, pero al menos ese lugar estaba al cien por cien libre de infectados, y ese era un factor que no podían pasar por alto.

En un primer momento pensaron en volver a Nefesh, pero ambas lo descartaron. Al fin y al cabo, la isla estaba infectada, como el resto del mundo, y habida cuenta que aún tardarían más en llegar ahí que a la península, la respuesta vino por sí sola. Habían muchos interrogantes en el aire y, aunque ambas se esforzaban por ignorarlo, las dos estaban asustadas por lo que podía ocurrir una vez volvieran a un lugar reclamado por la infección, pero ambas estaban convencidas de que hacían lo correcto, y con ese espíritu pusieron rumbo a ese nuevo destino incierto.

1205

 

Los días dieron paso a las semanas, y éstas a los meses. La vida en el islote seguía su curso, envuelta en una bruma a medio camino entre la monotonía y la melancolía, pero ante todo, excepcionalmente tranquila. Tanto que incluso resultaba inquietante.

Por más tiempo que pasaba, el mayor temor de Bárbara jamás llegó a materializarse: no recibieron una sola visita durante los meses que ahí convivieron, cada vez más cálidos, ni bienvenida ni indeseada. Tampoco avistaron barco alguno en el horizonte marino, ni tuvieron la más remota noticia del exterior. Por lo que a ellas respectaba, el mundo bien podría haberse acabado definitivamente y ellas ser las dos últimas supervivientes sobre la faz de la Tierra, juntamente con aquél pequeño pato, al que Zoe acabó apodando Ernesto, por algún motivo que Bárbara no alcanzó a comprender jamás.

El embarazo de la profesora fue resultando más evidente a medida que pasaba el tiempo. Su vientre comenzó a abultarse y sus discretos pechos comenzaron a ganar en volumen. Su actitud, otrora lánguida y pesimista, fue virando de nuevo en la mujer luchadora y enérgica que Zoe había conocido poco después de quedarse huérfana. La niña de la cinta violeta en la muñeca se sintió extremadamente agradecida de tal cambio de actitud, que aunque fue lento y complicado, le acabó de demostrar que la profesora estaba en lo cierto cuando le prometió que jamás la abandonaría.

Bárbara tomó la costumbre de conversar con su difunto hermano todas las mañanas antes de desayunar. Se acercaba al lugar donde le habían dado sepultura, se sentaba sobre la arena y comenzaba monólogos filosóficos que en ocasiones podían llegar a demorarse más de una hora. Empezó de un modo completamente fortuito y en absoluto premeditado, pero pronto acabó convirtiéndolo en una especie de terapia, y por estúpido que aparentase, surtió muy buen efecto.

Tal actividad le ayudó mucho a superar el duelo y a asumir que lamentándose a la única que se hacía daño era a sí misma, y por ende, a Zoe. La niña al principio se sorprendió e incluso se asustó un poco al verla de tal guisa, temiendo que estuviese comenzando a perder el juicio, pero pronto acabó por integrarlo como parte de la rutina diaria, y enseguida dejó de darle importancia, en cuanto vio los buenos frutos que brindaba. No obstante, nunca le perturbó en sus momentos de intimidad, y ello fue algo que Bárbara valoró muy positivamente.

Los mareos y las náuseas de las primeras semanas enseguida quedaron atrás, y el embarazo siguió su curso con aparente normalidad, al menos hasta donde aquella extraña pareja alcanzaba a comprender. De haberlo puesto en común con Abril, ésta hubiera puesto el grito en el cielo, pues Bárbara estaba obviando la mayor parte de los síntomas del mismo, pero habida cuenta de la anómala condición de la profesora, tan imprevisibles como eran sus efectos, hubiera acabado asumiéndolo como poco más que un golpe de suerte. Ser una infectada también tenía sus ventajas.

Tal fue el nivel de comunión en la convivencia diaria con Zoe, que la profesora empezó a sentir algo de lástima por ella. Si de algo no cabía la menor duda era que la niña había tenido que abandonar tal condición acuciada por las circunstancias. En muchas ocasiones la comparaba con sus alumnos del Sagrado Corazón, allá en aquél remoto pasado que ahora se le antojaba un espejismo, y le costaba horrores reconocerla como uno más de ellos. Sentía que había perdido la infancia para no recuperarla jamás, y que ella era en parte responsable de eso.

Pese a que en muchos aspectos seguía adoptando la actitud infantil que su edad exigía, Bárbara veía con relativa frecuencia en Zoe algo parecido a una mujer atrapada en el cuerpo de una niña. Desde sus reflexiones, en ocasiones bastante inspiradoras, hasta el modo cómo afrontaba los problemas y las necesidades del día a día, tan bien como podría hacerlo la propia Bárbara, la niña mostraba un nivel de madurez en absoluto acorde a su edad. Todo ello hacía sentir a la profesora sentimientos fuertemente encontrados: por una parte se sentía increíblemente orgullosa de ella, pero al mismo tiempo temía que hubiese perdido algo que jamás podría recuperar.

En ocasiones Bárbara se esforzaba por ponerse en su piel, e inventaba juegos con las que ambas mataban la ingente y asfixiante cantidad de tiempo libre del que disponían. La niña se lo pasaba genial en su compañía, y ello hacía que Bárbara se sintiese algo mejor, pero luego la veía tan preocupada por ella, tan solícita y atenta a sus necesidades y a sus por otra parte cada vez menos frecuentes bajones de ánimo, que no sabía muy bien qué pensar de ella, más allá de ser consciente de la enorme suerte que había tenido que cruzarse en su camino.

A medida que pasaban las semanas, de lo que no cabía la menor dura era que el momento de la partida era ineludible. Lo que antaño vieran como una obligación a muy largo plazo, fue volviéndose más acuciante a medida que el vientre de Bárbara iba abultándose más y más. Pese a que mantenían desenfadadas conversaciones al respecto con relativa frecuencia, ambas se esforzaban de manera activa por ignorarlo el resto del tiempo, y seguir demorando lo inevitable, acomodadas como estaban en esa vida sencilla y tranquila, aquél mar de paz y serenidad que tan alejado estaba de la pesadilla que les había llevado hasta ahí. Pero al mismo tiempo eran conscientes que mientras más lo postergaran, más difícil resultaría dar ese paso.

De lo que no cabía la menor duda era que ahí eran demasiado vulnerables, y que la enorme suerte que habían tenido hasta el momento no tenía por qué prolongarse eternamente. También eran conscientes que tanto el parto como el cuidado del bebé de Bárbara resultarían mucho más complicados si no actuaban cuanto antes para aprovisionarse de todo cuanto necesitaban para llevar al bebé a buen puerto. Finalmente tomaron la decisión, acertada o no, una fría mañana de primavera.