2×404 – Rumbo

Publicado: 25/11/2011 en Al otro lado de la vida

404

Oficina del encargado en jefe de la factoría Sugar, ciudad de Nefesh

20 de octubre de 2008

Nemesio estaba ya más que convencido que Abril había muerto o sencillamente no pretendía volver a por él, cuando se levantó de su asiento y caminó a tientas hasta la puerta de la oficina. A esas alturas hacía ya más de una hora que la doctora había partido. Tardó mucho en despedirse de Bruma, y lo hizo entre lágrimas; había convivido con la perra día y noche los últimos años, y sabía que una vez la abandonase, no volvería a saber de ella. Él ya no tenía mucho más que hacer que esperar a la muerte y reencontrarse con su esposa, sus padres, sus hermanos y su único hijo, varón, al que había sobrevivido. La perra podría o no tener suerte, pero él no estaba dispuesto a vetarle la oportunidad de sobrevivir. Abrió la puerta, desconociendo lo que pudiera haber al otro lado, y forzó a la perra a salir; ésta no ofreció resistencia, pero sí se sobresaltó cuando Nemesio cerró tras ella, dejando la puerta como barrera entre ambos.

Bruma empezó a ladrar, y Nemesio se sintió tentado a abrir la puerta para dejarla entrar de nuevo. Temía que los ladridos acabasen por llamar la atención de algún infectado que hubiese en las proximidades, pero sabía que si la dejaba entrar no le estaba haciendo ningún favor, sino todo lo contrario, de modo que volvió a su asiento y ahí se quedó, escuchando los ladridos de fondo, haciendo caso omiso. Cada vez fueron más esporádicos, hasta que acabaron por cesar. Nemesio estaba triste y asustado, pero sobre todo estaba sediento.

Pasó otra hora, en la que tuvo tiempo de dormirse, con la frente sobre el escritorio, cuando un ruido le sobresaltó y le hizo incorporarse. Una tibia baba le recorría la mejilla. Como no veía nada, se asustó, pero al notar la cálida y húmeda lengua de su fiel amiga en la mano derecha, se relajó.

ABRIL – Venga, abuelo. Levántese que nos vamos.

Nemesio arrugó la frente. No esperaba ya a esas alturas que Abril volviese. Por fortuna se había equivocado.

NEMESIO – Has vuelto.

ABRIL – Le dije que lo haría, y así lo he hecho.

Nemesio asintió levemente con la cabeza, sorprendido e ilusionado a partes iguales. Tanto como se había esforzado por asumir que perecería ahí encerrado, ahora parecía que el destino quería darle aún un poco más de tregua.

NEMESIO – ¿Vienes sola?

ABRIL – Sí. No he encontrado a nadie por el camino, pero nadie. Ni sanos ni no sanos. Parece un pueblo fantasma.

En realidad sí había visto a gente, a mucha gente. Todos muertos.

NEMESIO – Qué raro…

ABRIL – Venga, dése prisa, que de todas maneras no me fío.

NEMESIO – Sí, un segundo.

Nemesio se levantó, aferrándose a su lujoso bastón. Se sintió tentado a colocar de nuevo la asidera en la perra para utilizarla de guía, pero no quiso hacer perder más tiempo a su salvadora. Ayudado por la mano de la doctora, que enseguida la colocó en su espalda para poder ir delante sin tener que preocuparse, salieron de la oficina.

El anciano estaba muy asustado. Había ido a parar ahí sin haber tenido apenas ocasión de enterarse de lo que estaba pasando en la ciudad, y los últimos días los había pasado tranquilo, tras asumir que nadie podría entrar ahí para molestarle. Ahora todo cambiaba, y por más que Abril pusiera todo de su parte para ayudarle, cualquier cosa podía salir mal, y entonces sí que sería tarde para arrepentirse. De todos modos, ni se planteó el rechazar la oferta de la doctora. Deseaba vivir, pese a no estar dispuesto a luchar, pero si le ofrecían en bandeja de plata la oportunidad, no tenía intención alguna de rechazarla.

Abril había pasado las últimas dos horas rodeando el pueblo en busca de algún otro superviviente o algún vehículo preparado para ser utilizado sin necesidad de tener las llaves. Había andado por la periferia del barrio de las fábricas para llegar a la de las viviendas de la colina, las de la gente rica, para acabar desembocando en los acantilados. Había bajado las empinadas y zigzagueantes calles hasta el inicio del paseo marítimo, y lo había cruzado de una punta a la otra, para atravesar la salida de la ciudad donde se concentraban los campos de cultivo y las masías, para llegar de nuevo al mismo punto de partida, pero desde el otro extremo.

Por el camino no se cruzó con nadie. Al principio se alegró, pero poco más tarde empezó a asustarse de verdad. La ciudad tampoco es que fuera muy grande, poco más de mil quinientos habitantes, cantidad que llegaba incluso a duplicarse en la época estival, cuando los veraneantes abarrotaban los hoteles, las playas y hacían excursiones a caballo por el bosque. Pero no había nadie. Era la primera vez que veía el pueblo así, y le impresionó mucho. En realidad, muchos de los cuerpos que había esparcidos por la calle, que ella confundió con cadáveres, eran en realidad infectados que dormían a plena luz del día. Ella no se acercaba a ellos, y ellos seguían durmiendo como si nada.

Caminó y caminó, revisando los coches uno a uno, sin éxito. No se atrevía a meterse en el centro, por cuantas atrocidades había escuchado decir a Sonia y Sandra. No fue hasta que llegó a la altura de los dos cadáveres que había visto al salir de la factoría de aluminios, que vio un coche con las llaves puestas. Se sintió increíblemente estúpida, pues si al salir hubiese optado por ir calle arriba y no calle abajo, no hubiera tardado ni medio minuto en dar con ese coche, y se hubiera ahorrado la larga caminata con el corazón en un puño. Tenía la puerta del conductor a medio cerrar, y los seguros estaban quitados. Era el primer coche de cuantos había visto que no tenía el seguro puesto. Se metió dentro, sin miramiento alguno, y arrancó a la primera, incapaz de creer la suerte que había tenido.

Entró por la misma puerta que había salido un par de horas antes, y no había avanzado ni cinco metros, cuando escuchó unos pasos apresurados y vio una sombra acercándose a toda velocidad hacia ella. Sintió pánico y ganas de gritar, pero enseguida se dio cuenta que no era más que Bruma, que empezó a lamerle las manos, meneando el rabo, feliz.

Ahora Nemesio ocupaba en asiento del copiloto, con el cinturón puesto; la perra ocupaba los asientos traseros, ansiosa por partir, y Abril estaba tras el volante, llena de adrenalina e ilusión. Giró la llave en el contacto y el coche se puso en marcha. Metió la primera, quitó el freno de mano y encaró la calle, sintiéndose segura y triunfante.

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comentarios
  1. Sicke dice:

    por favor,no mates a la perra!!!XDDD

  2. Sicke dice:

    ombre a ver….hoy estoy un poco tonta pero lo volvi leer y en el capitulo 382 no pone nada…

    • En esta ocasión hice un guiño invertido, porque en la cronología pasa después el dramático encuentro de Maya y Chris con los infectados en el bosque que la historia de Abril. Me refería a esta parte del capítulo 382: “Lo peor que habían visto en todo el camino fue un perro muerto atascado entre dos rocas en el río que seguían.”. Es algo así como un spoiler dentro de la propia novela, pero el lector no tiene porque dar por hecho que se trata del mismo perro, en cualquier caso. No obstante, el destino de Bruma, será desvelado a su debido momento.

      • Sicke dice:

        pues no no m di cuenta…algo se m tenia k pasar,no voy adivinar siempre XD
        joooo pobre perrita! :((

      • Bombardeo con demasiada información constante, gran parte son cosas circunstanciales de “atrezzo” y otras son argumentales. Yo mismo no habría sabido reconocerlo ni mucho menos recordarlo.

  3. Mirame! dice:

    Todos los innfectados seran iguales o habrá alguno “especial” xDDDDDDD

    • Me gusta que me hagas esa pregunta. Me encanta que me hagas esa pregunta. No te puedes hacer a la idea de lo acertada que es esa pregunta. xDD El tomo III responde a esa pregunta. Todo tiene matices, no obstante. Es algo en lo que llevo bastante tiempo trabajando en el guión, pero que aún no he escrito.

  4. lulu dice:

    La ciudad tampoco es que fuera era muy grande

    el era se ha colado. …

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