3×1060 – Alternativo

Publicado: 11/10/2016 en Al otro lado de la vida

1060

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

24 de diciembre de 2008

 

ZOE – Mira. Ésta que tiene más pelo se llama Beatriz. Ella…

La niña hizo una leve pausa, tragó saliva y continuó con su particular monólogo.

ZOE – … es Paola. Éste Eusebio. Y esta pequeñita… es Fernanda.

El mecánico asentía a cada nuevo nombre que recitaba Zoe, consciente de que no sería capaz de recordar ni la mitad un minuto más tarde. No obstante, le llamó especialmente la atención el último, pese a que estaba errado en su razonamiento. Había cuidado de los bebés más veces de las que era capaz de recordar desde que volvió al barrio, pero desconocía sus nombres.

Zoe apenas se había separado de él desde que descubrió que seguía con vida y estaba muy excitada, poniéndole al día sobre todo cuanto le había ocurrido y acribillándole a preguntas. No paraba de hablar y de revolotear de un lado a otro. Ahora era el turno de Fernando y de Ío en el centro de día, y Zoe se había unido a ellos mientras Bárbara y Christian se encargaban de acomodar a los recién llegados al barrio en las que serían sus nuevas viviendas de ahí en adelante. La niña estaba que no cabía en sí de gozo; venía de visitar a los pollitos que habían nacido en la granja improvisada que cuidaban en el extremo más occidental de la calle larga, y ahora estaba pasándoselo en grande en compañía de Fernando y de su mejor amiga. No se arrepentía en absoluto de haber decidido ir con Bárbara, pero ahora se sentía realmente en casa.

FERNANDO – Pero… me dijo Carlos que no sabíais cómo se llamaban cuando los encontraron. Que la persona que cuidaba de ellos… murió.

La niña arrugó la frente. Fue ella quien propuso rebautizarlos, y la única que recordaba el nombre de todos y cada uno de ellos.

ZOE – Sí, es verdad. Pero les volvimos a dar nombres. ¡No pueden estar sin nombre! Vale más así.

El mecánico asintió, divertido ante la seguridad y la contundencia con la que hablaba la pequeña.

ZOE – ¿Quieres que te enseñe a cambiarle el pañal?

FERNANDO – No será necesario. He tenido una buena maestra. Me enseñó ella.

Fernando señaló a Ío con la cabeza, que estaba acunando a uno de los bebés para calmar su llanto. Pese a que era la única que no les oía llorar, era de las que mejor mano tenía para hacerles callar. No se dio por aludida, ya que no les estaba mirando en ese momento. Zoe miró de nuevo a Fernando.

FERNANDO – Pero me puedes ayudar, si quieres.

La niña de la cinta violeta en la muñeca sonrió y abrazó a Fernando, que enseguida se infectó de su buen humor y le acarició la espalda. La niña le dio un beso en la barbuda mejilla, y ambos se pusieron a cambiarle el pañal a uno de los bebés. Pese a que era hija única, Zoe estaba demostrando ser la mejor hermana que esos pequeños podían soñar.

Minutos más tarde se les unieron Christian, Maya, Olga y Gustavo. Los dos hermanos aún no habían visitado el centro de día y se sintieron abrumados ante tal cantidad de bebés, incapaces de comprender cómo habían conseguido seguir con vida tras la pandemia, cuando hasta el último de sus padres había perecido a manos de la infección. Les pareció al mismo tiempo inverosímil y maravilloso.

Con tantas conversaciones cruzadas y tanto revuelo los bebés se pusieron nerviosos y comenzaron a dar más guerra de lo habitual. Fernando insistió a los demás que él e Ío ya lo tenían más que controlado, y que serían más útiles enseñándoles el resto del barrio a los recién llegados. Zoe se mostró algo escéptica, pero enseguida comenzó a charlar con Gustavo y se unió al grupo, que volvió al Jardín justo a tiempo de ver volver a Carlos y a Darío. Ver el barrio tan lleno de gente le hacía sentir especialmente bien.

La voz de Bárbara desde su ático llamó la atención de todos los presentes. Guillermo estaba con Guille, en una de las habitaciones que tenía las persianas bajadas. El niño estaba adormilado, y no tardaría mucho en dormirse. Estaba psicológicamente agotado.

BÁRBARA – La virgen… ¡qué frío! ¡¿Oye, y el barco?!

Carlos se acercó a la persiana abierta del taller para poder hablar con la profesora. Había vuelto sano y salvo con Darío, en el mismo vehículo en el que ambos habían abandonado el barrio hacía un par de horas. Pero no había rastro de Nueva Esperanza. No obstante, ambos parecían lo suficientemente tranquilos y seguros de sí mismos para no preocuparse.

CARLOS – No lo hemos traído.

BÁRBARA – No. Ya. Eso ya… lo veo. ¿Habéis tenido problemas por el camino, o algo?

CARLOS – No… Sólo que… Darío pensó que sería mejor no traerlo.

BÁRBARA – Darío. ¿Precisamente tú?

DARÍO – Lo hemos devuelto al lugar del que lo sacamos.

Bárbara frunció el entrecejo, sorprendida por tal aseveración. Ella había dado por hecho que lo ocultarían en el gimnasio de la escuela. Al menos eso era lo que habían acordado durante el viaje de vuelta.

BÁRBARA – ¿Y eso?

DARÍO – Estuvimos charlando y… Mira. Dios no lo quiera… pero si tenemos cualquier problema en el barrio y… tenemos que… irnos, y… necesitamos echar mano de él… ¿No es más sensato que lo tengamos localizado pero en… otro sitio? Como un plan B.

La profesora se rascó la barbilla, reflexionando.

BÁRBARA – No sé… ¿Está bien… escondido?

CARLOS – Exactamente igual que lo encontramos. Y la puerta cerrada a conciencia. Nadie tiene por qué acercarse ahí.

BÁRBARA – Bueno… supongo que tampoco es mala idea. Nosotros lo encontramos por pura casualidad.

DARÍO – Pues eso.

BÁRBARA – Bueno está… Vamos a… Voy a bajar. Venid todos al restaurante. ¡Tenemos que preparar la cena!

CARLOS – ¿Qué cena? Si es prontísimo.

BÁRBARA – ¿Cómo que qué cena? ¡Hoy es nochebuena!

Carlos sonrió e hizo un gesto a cuantos había congregados en el Jardín, que habían estado escuchando la conversación con atención. Tenían mucho trabajo por delante, y él disponía de un disco con villancicos que sin duda haría que le odiasen durante días.

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