3×1151 – Sótano

Publicado: 21/07/2018 en Al otro lado de la vida

1151

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

23 de enero de 2009

 

Ío llevaba tantas horas encerrada ahí dentro que ya no sabía si era de día o de noche. Hacía mucho que había perdido la noción del tiempo. Debido a su sordera, era consciente que debía estar alerta en todo momento y que no podía dormirse, porque de lo contrario, si Héctor acababa dando con ella no viviría para contarlo. No le estaba resultando nada fácil: tenía casi tanto sueño como miedo.

Le atormentaba la conciencia el hecho de no haber tenido valor para subir al ático de Bárbara a avisar a quienes se encontraban en la mansión de lo que estaba ocurriendo ahí tan pronto vio a aquél desalmado arrebatar la vida de Marion. En ese momento estaba desarmada y demasiado asustada para pensar con claridad. Tan pronto le vinieron a la mente las palabras de la profesora, instándoles a encerrarse en el sótano de aquél viejo pub irlandés que había en la calle larga si el barrio corría cualquier peligro, ello se transformó en su prioridad absoluta. Salvar la vida era lo único que le importaba en esos momentos.

Llegó en tiempo récord, sin despertar sospecha alguna. En esos momentos sólo estaban ellos dos en el barrio. Ellos dos y Juanjo. Llegó incluso a plantearse avisar al banquero, durante un breve lapso de tiempo, a medida que se acercaba a la carrera al pub, pero enseguida abandonó esa idea. Él bien podía buscarse la vida por sí mismo si se encontraba con Héctor, ese no era su problema. Ío concluyó que su vida era más importante que la de aquél huraño hombre con el que a duras penas había cruzado la palabra desde que se conocieron.

Ahí abajo encontró un arma cargada y algo de munición, amén de una cantidad de comida enlatada más que suficiente para que no tuviera necesidad de salir de ahí en por lo menos medio año, si es que era capaz de soportar el hedor de sus orines y sus heces, a medida que fuesen acumulándose en el cubo que había estratégicamente colocado en una esquina. Por fortuna, el cubo seguía vacío por el momento. Los retortijones de su estómago invitaban a pensar que no sería por mucho tiempo, pero ella estaba convencida que éstos eran debidos a una mezcla entre el miedo y su recién estrenada madurez sexual, pues ese día apenas había probado bocado. Esperaba irse mucho antes que eso resultase un problema, aunque tenía serias dudas de si sería capaz de atesorar el valor suficiente para volver a cruzar aquella pesada trampilla.

La semipenumbra que proporcionaban las cuatro velas que había encendido, que en otro momento se le hubiese antojado incluso romántica, ahora le resultaba espeluznante. En esos momentos Ío estaba perdiéndole la batalla al sueño, levantando a toda prisa la cabeza a medida que esta insistía en bajar para echar una cabezadita. Fueron las vibraciones sobre sí las que le pusieron en estado de alerta.

De repente, todo el sueño que tenía se esfumó como si jamás hubiera existido. La adrenalina acudió a su cuerpo de un modo prácticamente doloroso. Ío se apresuró torpemente a coger el arma, con el corazón amenazando con salírsele del pecho. Ésta estuvo a punto de caérsele al suelo, haciendo un ruido que sin duda alguna habría llamado la atención de quien quiera que estuviese en el piso superior. Sin pensarlo mucho, se apresuró a apagar una a una las cuatro velas que había encendido. Tan pronto quedó envuelta en la más absoluta oscuridad, acompañada tan solo por el martilleo de los latidos de su corazón y aquél característico olor dulzón a humo, se arrepintió de haberlo hecho. Apuntó con la mano temblorosa el arma cargada y sin seguro hacia donde creía recordar que se encontraba la trampilla, y comenzó a dar hondas inspiraciones con la boca abierta, temblando de pies a cabeza, temiendo incluso perder el conocimiento de un momento a otro por culpa del pánico.

Tan pronto la trampilla se abrió, de golpe y a una velocidad alarmante pese a su peso, una luz muy intensa la cegó por completo, impidiéndole ver quién sostenía la linterna que le había privado de uno de sus cuatro sentidos. Estuvo a punto de apretar el gatillo, pero afortunadamente no lo hizo. Aún con los ojos entornados pudo distinguir que quien sostenía la linterna la sujetaba con una mano, y que con la otra se sujetaba la muñeca: resultaba evidente que no podía tratarse de Héctor.

Bárbara empujó la mano de Carlos, permitiendo a la joven del cabello plateado descubrir que había confundido a su verdugo con sus salvadores. Un intenso escalofrío le recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Apartó el arma a toda prisa. Los ojos se le velaron por las lágrimas, fruto de la intensa tensión a la que había estado sometida, y fue incapaz de descifrar lo que decían los labios de sus amigos. No recordaba haberse alegrado tanto jamás de ver a alguien.

Ellos habían estado llamándola desde el piso superior, aún a sabiendas que no podría escucharles. El presentimiento de Bárbara había resultado acertado: no en vano, siempre que salía del barrio aconsejaba a quienes se quedaban que acudieran ahí abajo si jamás algún infectado conseguía burlar la seguridad y acceder al interior. Al fin y al cabo, eso era lo que había ocurrido, aunque al lado de Héctor, cualquier otro infectado parecería más bien un osito de peluche al que achuchar las frías noches de invierno bajo las sábanas.

Bárbara y Carlos bajaron la escalerilla y se reunieron con la asustada y temblorosa Ío. El instalador de aires acondicionados se encargó de cerrar la trampilla a su paso, al tiempo que Bárbara le ofrecía a Ío un caluroso abrazo, acariciándole con suavidad y ternura la espalda, comunicándole, aún sin palabras, que ya no tenía de qué preocuparse, que a partir de ahora todo saldría bien.

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comentarios
  1. Angela dice:

    😳 cielos, me como las uñas!! y entonces… están haciendo ruido con ese loco dando vueltas por el lugar!! seria fabuloso que París lo encontrara y este le metiera una bomba por sus partes nobles.

    Gracias David, buen fin de semana.

  2. Fran dice:

    Seguimos a buen ritmo…!!

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