3×1163 – Desesperación

Publicado: 20/10/2018 en Al otro lado de la vida

RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 9

Sazonar con una pizca de desesperación

 

1163

 

Estacionamiento de los laboratorios de la compañía ЯЭGENЄR

            1 de octubre de 2008

 

Guille estaba muerto.

Al menos eso es lo que Guillermo creyó, con su tembloroso pulgar en la muñeca del niño, incapaz de encontrarle el pulso.

El investigador biomédico lo intentó de nuevo, pero no pudo. En honor a la verdad, estaba tan nervioso que no fue capaz de dilucidar si ello era o no debido a su estado de tensión. Respiró hondo, con su propio corazón latiéndole a toda velocidad bajo el pecho, y soltó la muñeca del chaval. Había vendado burdamente la herida del mordisco que lucía en su otra muñeca con la manga arrancada de su propia camisa, pero ésta seguía empapándose lentamente debido a la, por otra parte, no muy profusa hemorragia. Levantó la camiseta del chico y posó su oreja en medio del pecho de éste. Un escalofrío le recorrió el cuerpo de arriba abajo al notar un débil pulso.

Aún existía esperanza para él, pero de lo que no cabía la menor duda era que debía hacer algo cuanto antes si pretendía ayudarle. A diferencia de él y de Bárbara, su hijo estaba vacunado, y el mordisco de aquél infectado se traduciría en una tragedia mayúscula si él no hacía nada por evitarlo. Era muy difícil que su arriesgado e improvisado plan surtiera efecto, pero jamás se perdonaría ver a su hijo convertido en una de aquellas bestias sabiendo que él había podido hacer algo por evitarlo, aunque fuese una locura desesperada. Cerró fuertemente los ojos y tomó una determinación.

Volver a Sheol había sido una verdadera locura. Todos sabían que ese era uno de los lugares menos seguros en cientos de kilómetros a la redonda. No en vano, por eso era por lo que aún quedaban plazas cuando llegaron en el centro del que acababan de escapar por los pelos: porque la mayoría de los supervivientes prefería buscar asilo en uno que estuviese más lejos de la zona cero de la infección.

Le quitó el cinturón a su hijo y lo llevó torpemente hacia los asientos traseros y lo tapó con una manta, para que su presencia no llamase la atención de ningún infectado errante que pasara por ahí en su ausencia. Bastante incómodo por dejarle solo, finalmente abrió la puerta del coche, convencido que no podría llegar a la entrada de los laboratorios sin cruzarse con una horda de infectados.

Al salir del vehículo y mirar en derredor se dio cuenta de cuán equivocado estaba. Una pequeña retrospectiva le hizo caer en la cuenta que desde que abandonase el campamento de refugiados de Midbar no se había cruzado con uno solo. Tan solo le hizo falta girar el cuello noventa grados para entender el motivo. El fuego y sobre todo aquella descomunal columna de humo daban buena fe de que no debía quedar uno solo infectado por las calles de la ciudad: era precisamente por ello que ambos estaban ahí, porque los infectados habían huido en estampida de Sheol.

Sacó de la mochila la linterna que había utilizado para exhumar el cuerpo de su padre y comenzó a caminar con paso dubitativo hacia el mismo lugar por el que había accedido al edificio para ir a trabajar en innumerables ocasiones. De camino a la entrada principal pasó frente a un pedazo de fachada que discurría paralelo a la carretera por la que había accedido al aparcamiento. Cuando condujo por ahí delante hacía escasos cinco minutos se le había pasado por alto, pero ahora fue incapaz de ignorarla. Se trataba de una gran pintada, con letras de más de medio metro de altura, que rezaba: ASESINOS. Guillermo apretó los dientes, airado e irritado.

Esa pintada, aunque dirigida a los laboratorios de un modo mayestático, estaba realmente destinada a él. Notó que la ira crecía dentro de sí: él detestaba como el que más lo que había ocurrido, y en esos momentos, más aún con su hijo moribundo en el asiento del copiloto de su coche, se sentía más víctima que verdugo de todo lo ocurrido.

Consiguió llegar a la entrada sin haber encontrado un solo infectado. Al internarse en el recinto tuvo que encender la linterna. Si bien el vestíbulo era acristalado y se veía perfectamente aún sin luz artificial, tan pronto se adentró en las entrañas del edificio, le resultó imprescindible.

Temió encontrar a alguno de sus colegas transformados en infectados, aún con la bata blanca, deambulando por los pasillos, pero ahí hacía semanas que no entraba nadie. Le sorprendió gratamente descubrir todas las puertas abiertas a su paso. Había temido precisamente lo contrario cuando entró. Alguno de sus antiguos compañeros debió pensar que sería buena idea dejarlas abiertas si el edificio se quedaba sin corriente eléctrica, o quizá sencillamente habían olvidado cerrarlas. De cualquier modo, ello le vino como anillo al dedo. Algo más animado, fue adentrándose más y más en el edificio, linterna en mano, hasta llegar a su objetivo.

La puerta estaba cerrada electrónicamente, y el edificio hacía demasiado tiempo que se que había quedado sin corriente, así como sin el suministro de emergencia de los generadores del sótano. Pensó por un momento bajar las escaleras para arrancarlos de nuevo, con algo de gasolina, pero no sabía dónde encontrarla, y estaba convencido que las puertas de la zona de instalaciones sí estarían cerradas bajo llave. Entonces cayó en la cuenta de algo: esa sala estaba refrigerada, muy por debajo de los cero grados. En ese tipo de salas, la normativa de prevención de riesgos exigía que una de sus paredes fuese mucho más débil y permitiera a quien se hubiese quedado encerrado dentro salir de manera autónoma haciendo uso de un hacha habilitada a tal efecto. Por desgracia, el hacha con la que debía destruir la pared estaba a buen recaudo justo al otro lado de la pared.

Tardó más de quince minutos en hacer un agujero lo suficientemente grande para poder entrar, haciendo uso de una de las sillas metálicas de un despacho cercano. Al acceder a aquella sala, le sorprendió notar que ahí dentro aún se estaba algo más fresco que en el exterior, y por un momento se convenció que fuera ya había llegado el fuego del incendio, y que el coche en el que descansaba su hijo estaría envuelto en llamas, de modo que su empresa se demostraría estéril, cuando descubriese su cadáver chamuscado al volver sobre sus pasos.

Algo más apurado incluso que antes y con la piel de gallina, decidió apresurarse aún más. Sorteó un charco de agua que se había formado en el suelo, herencia de la descongelación de la sala, y se dirigió hacia el fondo. Sabía que el fármaco que buscaba se encontraba ahí dentro, pero no tenía la más remota idea de por dónde comenzar a buscar.

Volver a ese lugar le retrotrajo a un momento del que se había arrepentido en infinidad de ocasiones. Deseó poder viajar en el tiempo y advertir al Guillermo del pasado de lo que ocurriría si robaba aquella muestra de sangre de roedor con la que acabaría devolviendo a la vida a su padre. Suspiró.

Comenzó a tantear entre todos aquellos cilindros metálicos, leyendo las inscripciones de los viales que contenían, hasta que finalmente dio con lo que buscaba. Por fortuna, su padre tenía la costumbre de etiquetarlo todo muy claramente, aunque el logotipo estampado con el logotipo de la OMS en la etiqueta le ayudó mucho.

Descubrió para su regocijo que había un total de seis viales, idénticos en forma y tamaño al que había sustraído hacía más de un mes, aunque el color y la textura del líquido que contenían eran distintos. Fue sacándolos uno a uno de aquél pequeño cilindro y colocándolos en la palma de su mano, mientras sostenía la linterna con la axila. No necesitaría más que uno para inoculárselo a su hijo, pero si estaba en lo cierto y aquél líquido podía revertir el efecto de la vacuna y por ende, el de su reacción con el virus que aquél infectado había introducido en su cuerpo, aquellos pequeños viales tenían un valor incalculable. Quizá incluso podría encontrar la documentación que sin duda su padre habría archivado al respecto, y repetirlo para crear algo parecido a una cura para la infección para quienes ya habían sido vacunados. Quizá podría redimir sus pecados y convertirse en el salvador de la humanidad, o de lo poco que quedaba de ella. El lejano sonido de una explosión le hizo abandonar sus ensoñaciones.

Al volver sobre sus pasos pisó el charco de agua. El suelo era de chapa metálica y pese a ser estriado, más resbaladizo de lo que sus zapatos pudieron soportar. Cayó de espaldas al suelo y durante el proceso, mientras intentaba infructuosamente agarrarse a algo para evitar el inevitable golpe, perdió la tracción de ambas manos.

La linterna se apagó en el mismo instante en el que recibió el impacto. El sonido de aquellos cristales rompiéndose al chocar contra el suelo metálico le resultó incluso más doloroso que el del fuerte golpetazo en su espalda.

Tras soltar una blasfemia a voz en grito, envuelto en la más absoluta oscuridad y con la única compañía del silencio, se arrodilló en el suelo y comenzó a buscar desesperadamente la linterna.

comentarios
  1. mari carmen dice:

    david no hay mas capitulos ?

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