3×1190 – Lazos

Publicado: 12/03/2019 en Al otro lado de la vida

1190

 

Frente a la mansión de Nemesio, isla de Nefesh

27 de enero de 2009

 

ABRIL – Adiós.

Abril no les mandó al infierno, pero poco le faltó. Lo último que vieron de ella fue su enfadada cara al otro lado de la puerta, antes que ésta diese un sonoro portazo. No se lo había tomado nada bien. Bárbara no era capaz de reconocerla en ese papel, después de lo bien que se habían portado siempre la una con la otra, y se sintió realmente mal por ello. Pese a que lo que habían hecho tanto los restantes habitantes de Bayit como ella no fue más que utilizar a Guillermo como cabeza de turco para volcar sus frustraciones, ello le hizo reflexionar sobre la naturaleza misma de su particular herejía: ni su hermano era tan malo, ni ellos eran tan buenos.

Volvieron los tres al coche, con bastante peor ánimo del que tenían al abandonarlo. Guillermo había llegado a asumir que sería recibido de igual manera, sino peor, allá donde fuera a parar y explicase su particular historia. Bárbara, sin embargo, estaba convencida que ese era el único modo como podrían vivir con la conciencia tranquila. Zoe seguía sin dar crédito a la manera cómo todos trataban a los hermanos Vidal, expulsándolos de sus vidas sin apenas darles ocasión de explicarse. Lo que había hecho Guillermo no estaba bien, pero si realmente él no sabía lo que iba a ocurrir, tampoco merecía semejante ostracismo.

Guillermo llevaba cerca de dos minutos en silencio, con las manos sobre el volante, dándole vueltas a la cabeza, sin arrancar el coche. Bárbara posó su mano izquierda en su hombro, y ello rompió la frágil burbuja en la que el investigador biomédico se había sumido.

BÁRBARA – Hemos hecho lo correcto. No le des más vueltas.

Guillermo respiró hondo, acusando un ligero gimoteo. Arrancó y puso rumbo a la ensenada Tamir. Se habían alejado bastante de su objetivo original, y empezaba a hacerse algo tarde. Por fortuna, apenas se habían cruzado con media docena de infectados, y éstos estaban tan mutilados o sencillamente famélicos, que no fueron capaces más que de gritar un poco y alzar la manos en su dirección mientras ellos seguían su camino antes de perderles definitivamente de vista.

A medida que se acercaban a su destino, recorriendo el zigzag de la carretera de los acantilados, Bárbara no pudo evitar recordar el lluvioso día en el que encontró el barco, en compañía de Carlos. Junto a Zoe, él había sido el único en perdonarla por no haber compartido desde un buen comienzo el oscuro secreto que tanto la había atormentado desde el inicio de la pandemia. Una parte de sí misma le decía que si lo había hecho, realmente había sido porque ya no tenía nada más que perder, y había preferido morir en paz con ella y con el mundo. Pero la profesora estaba convencida que no era así, que la había perdonado de corazón, y que de haber sobrevivido, ahora estaría con ellos.

El trayecto hasta la ensenada resultó ridículamente pacífico. Los pocos infectados que encontraron en el trayecto hacia la mansión de Nemesio y por el bosque, sencillamente desaparecieron a medida que iban aproximándose al barco con el que pretendían abandonar Nefesh para siempre. Ello era debido en parte al hecho que hacía pocas horas que había acabado de llover, o tal vez a que estaban alejándose más y más cada vez del centro urbano. En cualquier caso, ninguno de ellos le dio demasiada importancia: todos tenían demasiadas cosas en las que pensar.

Guillermo guió hábilmente el coche a través de aquella larga calle salpicada de casas de alto standing. Le recordó en cierto modo al barrio en el que él mismo había vivido, en un tiempo que ahora se le antojaba un espejismo irreal, una vaga e ingenua ensoñación. No pudieron evitar fijarse en el buen estado que aún lucía aquél pequeño barrio adinerado. Cualquiera hubiera podido jurar que aún seguía en activo el servicio de limpieza y mantenimiento, de no haber sido por las hojas secas de los árboles que se habían adueñado de gran parte del suelo. De todos modos, el lugar no invitaba a sentirse incómodo y desprotegido, como sí lo hacía la ciudad.

Siguiendo las indicaciones de Bárbara, que era, de los tres, la que más veces había estado ahí, el investigador biomédico guió el vehículo más allá de las casas, hasta aquella minúscula glorieta, cuya única función era permitir a los conductores volver sobre sus pasos, y más allá, hasta el otro extremo de la corta calle sin salida que desembocaba en aquella enorme y austera nave. Algo no iba bien.

Bárbara recordaba haber dejado cerrado aquél enorme portón metálico con ruedas que corrían sobre raíles en el suelo, y ahora estaba abierto de par en par. Guillermo condujo con precaución más allá del portón y detuvo el vehículo a unos ocho metros de una furgoneta de reparto. Resultaba evidente que alguien había acudido a la nave en su ausencia. Tanto a él como a su hermana aquella furgoneta les resultó vagamente familiar.

La profesora comprobó que su arma estuviera cargada y preparada para disparar antes de abandonar el vehículo, ordenando a Zoe que no la siguiera. Guillermo sí lo hizo. En la furgoneta no había nadie, y todas las puertas estaban cerradas. No les hizo falta acercarse mucho para descubrir que la pequeña puerta que había en medio de aquél imponente portón de más de seis metros de altura estaba entreabierta. Los dos se acercaron a ella, en silencio, pisando el suelo embarrado.

Bárbara abrió ligeramente la puerta y se asomó al interior. Una agradable sensación se apoderó de su estómago: el barco seguía ahí, de una pieza, junto a aquella enorme lona azul hecha un ovillo en el duro suelo que ya apenas lo cubría. Algo se movió y le obligó a mirar al extremo opuesto. Al fondo, burdamente iluminado por aquellos enormes lucernarios longitudinales que presidían el techo a dos aguas de la nave, la profesora distinguió claramente a un hombre bajito y regordete, con cara de rata, con escaso pero negro pelo, agazapado entre las sombras. Tan pronto él la vio, emitió algo parecido a un graznido y se dirigió al galope hacia la entrada.

comentarios
  1. Angela dice:

    No puedo creer que tengan que encontrar a esa maldita rata, espero que Barbara por fin le de el pase al otro lado, se lo merece.

    Gracias David muy buen capitulo.

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