3×1214 – Yael

Publicado: 18/06/2019 en Al otro lado de la vida

1214

LORENZO, CARMINA Y YAEL

Periferia rural de Sheol

9 de septiembre de 2008

 

El pequeño Yael observaba, desde el asiento trasero del viejo monovolumen azul de sus padres, arrodillado sobre los asientos, cómo aquella mujer de larga melena rubia se despedía de él. Bárbara agitaba la mano derecha, moviendo alternativamente la muñeca a lado y lado, mostrando una tímida y sincera sonrisa en los labios, en parte salpicada de inquietud. La perdió de vista tan pronto el vehículo cruzó la esquina del viejo horno de pan.

CARMINA – Haz el favor de sentarte en tu sitio y ponerte el cinturón, ¿quieres?

YAEL – Sí, mamá.

Yael, a regañadientes, tomó asiento sobre aquella ridícula, barata e incómoda sillita homologada y se abrochó el cinturón. Suspiró, vencido. Por delante les esperaba un viaje de más de veinte horas. Y eso en el mejor de los casos.

Él era hijo único de una familia humilde, y llevaba ansiando el final del verano desde hacía semanas. La perspectiva de perderse la vuelta al colegio y el reencuentro con sus dos mejores amigos, José Manuel y Sandra, no se le antojaba en absoluto atractiva, pero aunque jamás lo reconocería delante de sus padres, se sentía en cierto modo ilusionado por aquél improvisado viaje a Bélgica.

Yael no había abandonado Etzel desde que se acabaran las clases a mitades de junio, y se sentía algo avergonzado por ello, consciente que no tendría ninguna jugosa historia para explicar cuando empezara el nuevo curso. José Manuel había viajado con sus padres y sus dos hermanos en crucero a Italia, y Sandra había ido a visitar a su hermano mayor a Reino Unido un mes entero, él solo, sin sus padres. Yael sabía a ciencia cierta que tan pronto tuvieran ocasión de reencontrarse en el patio del Santa Teresa le explicarían con pelos y señales cuántas aventuras habían vivido. Él no estaba dispuesto a ser menos.

El hecho que el forzado y repentino desplazamiento a visitar a los primos de su madre en Bélgica coincidiese con el inicio de las clases, que sin duda se perdería, contradecía en cierto modo tal premisa, pero al fin y al cabo, su opinión no contaba, jamás lo había hecho, de modo que de nada serviría quejarse. Esa lección la tenía bien aprendida.

Él tan solo tenía ocho años, y pese a que sabía que estaba pasando algo raro, no era ni remotamente consciente de la envergadura del problema que se les venía encima, y del que sus padres pretendían protegerle abandonando el país. Su madre había puesto todo de su parte para resguardarle de la avalancha de información que inundaba la prensa escrita y audiovisual. A decir verdad, no le había resultado una tarea especialmente complicada, habida cuenta que el niño pasaba el día leyendo cómics de superhéroes y tan solo veía un par de cadenas de televisión pública que emitían dibujos animados las veinticuatro horas del día.

Hacía más de una semana que no abandonaban su piso en Etzel, ni él ni ella, y Carmina se había encargado de evitar que el niño presenciase ninguna de las atrocidades que sucedían en la calle prohibiéndole salir al balcón y obviando sintonizar ninguna cadena de televisión en la que se hablase de aquellos desagradables y desafortunados brotes de violencia que habían comenzado en la cuidad vecina, Sheol, no hacía mucho.

Un par de días atrás, no obstante, Yael había escuchado a su vecina, la señora Paca, hablando con su hijo por el patio de luces comunitario del bloque, que daba al lavabo. Él había ido a hacer aguas menores, pero se había quedado ensimismado atendiendo a aquél escalofriante relato, digno de uno de aquellos libros de miedo que le había prestado José Manuel las anteriores navidades, propiedad de su hermano mayor.

Al parecer, un hombre loco había agredido al marido de Paca cuando éste estaba trabajando en el camión de la basura. El hombre le había atacado mientras él estaba aferrado a la parte trasera del camión y le había hecho caer, partiéndose un brazo al intentar suavizar el impacto del aparatoso golpe. Aquél hombre había comenzado a pegarle e incluso a morderle, y no había parado hasta que su compañero, el conductor del camión, y un par de personas más que pasaban por la calle fueron en su auxilio. Intentaron retener al agresor, pero éste había acabado huyendo, al verse en semejante inferioridad de condiciones. Ni fue su primera víctima ni sería la última.

Ahora el marido de Paca estaba ingresado en el hospital, pues tras el ataque había comenzado a enfermar, y los médicos, por más que se esforzaban, no eran capaces de averiguar el motivo, y mucho menos de dar con una cura. El hijo de Paca estaba convencido de que aquél hombre loco había hecho enfermar a su padre al morderle. Paca, por el contrario, no paraba de quitarle hierro al asunto, asegurándole que enseguida se pondría bien, que no había motivos para preocuparse. Ni Yael ni el hijo de Paca ofrecieron la menor verosimilitud a sus palabras. El tiempo acabó dándoles la razón.

De eso hacía ya dos largos días, con sus dos largas noches, y desde entonces Yael había tomado la costumbre de visitar el lavabo con mucha más frecuencia, aunque jamás había vuelto a oír a ninguno de los dos. A decir verdad, desde aquél momento, a duras penas había vuelto a oír a ningún otro vecino charlando, ni tan solo el ruido de la cisterna de ningún váter, ni a nadie cantado mientras se tomaba una ducha, lo cual resultaba cuanto menos extraño.

Él estaba algo asustado, aunque no hubiera sabido decir muy bien por qué, pero teniendo a su padre cerca, sabía a ciencia cierta que jamás podría pasarle nada malo. Eso era un hecho objetivo en su vida. Su padre conducía camiones desde antes incluso de cumplir la mayoría de edad y se conocía las carreteras nacionales como la palma de su mano. Pese a que sus servicios acostumbraban a concentrarse en la península, durante una época, poco antes que él naciese, había trabajado para una empresa de transportes internacionales. Hubiera sabido llegar a Bélgica con los ojos cerrados.

Debían cruzar toda Francia para llegar a su destino. Los primos de su madre vivían prácticamente en la frontera entre Bélgica y el país galo. Él no les había conocido jamás, y su madre hacía más de quince años que no les veía, aunque una o dos veces al mes acostumbraba a hablar por teléfono con ellos. El tío de su madre, que ya había fallecido, había emigrado a Bélgica al no encontrar trabajo en el pueblo, del que ella también había emigrado, y había acabado formando una familia ahí con una mujer belga. Esa era la última y única carta que tenían para poder abandonar el país, pues no disponían de dinero suficiente para tomar un avión, aunque pronto descubrieron que esa tampoco habría sido una buena idea.

Tuvieron que tomar un desvío por una carretera comarcal al poco de abandonar Sheol, al descubrir que la autovía que llevaba al aeropuerto estaba demasiado transitada y les ralentizaría al menos una hora. No eran pocos quienes, al ver las orejas al lobo, habían tenido la magnífica idea de abandonar el país por aire. Las compañías aéreas habían tomado buena cuenta de ese cambio sin precedentes en la demanda, y estaban haciendo su agosto, aumentando la frecuencia de los vueltos y subiendo los precios hasta niveles ridículos. No obstante, eso no parecía amedrentar a los asustados tripulantes, si no más bien lo contrario. No tardando mucho, incluso eso dejaría de ser una opción.

Sus padres estaban más callados que de costumbre, aunque él no le dio importancia. Lo que sí le sorprendió fue que su madre, Carmina, no hubiera puesto su disco favorito de coplas, como siempre hacía en los viajes largos. Él lo detestaba, y por ello no hizo mención alguna al respecto. El silencio resultaba incluso incómodo, pero él había traído un buen arsenal de cómics, y sin duda podría combatir el aburrimiento de buena gana, aunque ya se los supiera de memoria.

El pequeño Yael observaba todo a su alrededor con ojos curiosos. Le llamó la atención ver un par de coches en apariencia averiados, uno de los cuales ocupaba media calzada. A la sombra de ese coche, tendido cuan largo era sobre el asfalto, había un hombre acostado, durmiendo. Yael preguntó a su padre que qué hacía ese hombre ahí, y Lorenzo se limitó a explicarle que debía hacer un viaje muy largo, y que siempre es recomendable pararse a descansar en esos casos, como sin duda harían ellos mismos esa noche, una vez hubieran abandonado el país.

Media hora más tarde, mientras circulaban por una desierta carretera secundaria, Carmina llamó la atención de Lorenzo. Había un hombre literalmente en mitad de la carretera, en pie. Estaba quieto, observándoles acercarse, sin intención, en apariencia, de echarse a un lado para evitar un accidente. El camionero, sin mediar palabra, lo único que hizo fue ocupar momentáneamente el carril de sentido contrario, accionando los intermitentes, y una vez le hubieron dejado atrás, siguió adelante como si nada. Yael giró el cuello como pudo, sobre la sillita, y vio cómo aquél hombre seguía ahí plantado. No se había molestado siquiera en darse media vuelta. Parecía estar sonámbulo.

A medida que pasaban las horas, esperaban ansiosos la llamada de aquella joven a la que habían dado cobijo la noche anterior en su hogar. Lorenzo le había entregado una tarjeta con su número de teléfono, pero la profesora no disponía de móvil, puesto que hacía poco se lo habían robado, junto a todas sus demás pertenencias. Debería conseguir dar con un teléfono ajeno, echar mano de uno fijo o probar suerte en una cabina, pero esa llamada sencillamente jamás llegó, por más que Bárbara había prometido que la efectuaría ese mismo día sin falta. Ello les entristeció. Lorenzo y Carmina hablaron mucho de ella durante las largas horas en la carretera, temiendo que hubiera podido tener problemas en su peligrosa misión para reencontrarse con su hermano y su sobrino, y lamentándose una y otra vez por no haber insistido más en que les acompañase. Se sentían en parte responsables por el destino que pudiera correr.

Alcanzaron la frontera a media tarde. Durante el trayecto tan solo habían tenido que lamentar dos pequeños inconvenientes que les habían hecho perder algo de tiempo: un par de carreteras cortadas e intransitables por sendos accidentes, uno de ellos múltiple, cuyos autores y víctimas parecían haber desaparecido horas atrás. Ello les obligó a dar media vuelta y buscar un camino alternativo, pero eso fue todo. Por fortuna, Lorenzo y Carmina habían decidido abandonar el país bien pronto, cuando los incidentes provocados por la pandemia estaban en sus primeros albores. Muchos fueron los que postergaron tal decisión, y llegado el momento les intentaron imitar, con funestas consecuencias.

Llegaron a la frontera a media tarde. Contra todo pronóstico, pues ese era uno de los mayores temores de Lorenzo, encontraron el control fronterizo de la aduana completamente desierto. Las señales de una pequeña batalla, bastante cruenta, resultaban más que evidentes. Alguien había destrozado las vallas que impedían el paso, haciéndolas pedazos. Pudieron contemplar marcas de disparos y salpicones de sangre ya seca en el hormigón de las paredes, infinidad de cascotes de bala por el suelo, y un par de cadáveres acurrucados uno sobre el otro en una esquina, a lo lejos, con más que evidentes marcas de haber sido acribillados a disparos.

Lorenzo hizo de tripas corazón y pasó de largo, con un nudo en el estómago. Aquellos pobres infelices tendrían una familia, que sin duda echaría en falta sus cadáveres para poder darles una despedida digna. Pero él también tenía una, y la llevaba consigo en el coche en ese mismo momento. Desoyendo los gritos que le daban sus principios, continuó adelante. Que una de aquellas personas, ya muertas, se levantase y les atacase, no entraba en sus planes: la seguridad de Carmina y Yael era lo más importante en esos momentos, y él no estaba dispuesto a dejar nada al azar.

Ya se estaba haciendo tarde, y Lorenzo estaba muy sugestionado por los consejos que había escuchado últimamente por la radio cuando trabajaba en el camión, en los que decían que los afectados por aquella extraña enfermedad preferían la noche al día para salir a hacer sus fechorías, y que no era buena idea estar al raso pasado el ocaso. No obstante, desde que cruzaron la frontera, no vieron señal alguna de la infección.

Aquella zona de montaña, rodeada de estaciones de esquí que en esa época del año estaban cerradas y desiertas, disponía de infinidad de hoteles, hostales y albergues. Todos y cada uno frente a los que pasaron estaban cerrados, y la mayoría lucían carteles escritos en francés en los que se disculpaban por las molestias que ello pudiera ocasionar, prometiendo que en breve volverían a abrir sus puertas. Lorenzo no llegó a dilucidar si el motivo era la temporada baja o el puro miedo, pero el resultado, a resumidas cuentas, era el mismo.

Cuando el declive del sol fue más que evidente, Lorenzo tomó una determinación: no podía permitirse perder más tiempo. Dejó a su esposa y a su hijo en el coche, después de haberlo aparcado junto a un bloque de pisos en una aldea perdida de la mano de Dios en los Pirineos, y presionó el botón de uno de los timbres. Tras una corta conversación por el interfono, abrió la puerta del portal y accedió al interior. Cinco minutos más tarde, los tres integrantes de su familia comían a la mesa de una pareja de ancianos franceses que a duras penas chapurreaban el español.

Lorenzo les había expuesto el problema que tenía a aquellos dos amables ancianos, y ellos habían accedido de buen grado a darles cobijo por esa noche. Él tuvo que dormir en el sofá, mientras Carmina y Yael hacían lo propio en la pequeña cama del dormitorio de invitados de aquél humilde piso. A la mañana siguiente se despidieron de ellos efusivamente, después que les agasajaran con un opíparo desayuno. Lorenzo les ofreció venir con ellos, pero los ancianos rechazaron educadamente su oferta. La infección no había llegado aún a esa zona del país, y ellos creían saberse seguros en aquél recóndito y bello paraje rodeado de altas montañas. Se equivocaban, pero eso era algo que ellos jamás llegarían a averiguar.

Continuaron adelante el resto del día, cruzando Francia de un extremo al otro. Ahí los estragos de la infección resultaban menos frecuentes que en la península, aunque el país galo no estaba exento de ellos, y pronto sucumbiría del mismo modo que a esas alturas ya había sucumbido Sheol. Circular por las carreteras y autovías resultó mucho más sencillo ese nuevo día. Ahí el tráfico era más fluido y aunque no llegaron a saber si tan solo había sido por mera suerte, no encontraron ninguna vía cortada, ni destacamento militar alguno que les obligase a parar. Estaban todos demasiado ocupados en las zonas calientes, que Lorenzo conocía de buena tinta y se esforzó en evitar.

Anochecía cuando finalmente llegaron a Bruselas. Los primos de Carmina, Nathan y Lea, les estaban esperando con los brazos abiertos. Pese a que eran oriundos de Bélgica, como su padres había sido español, sabían hablar el idioma a la perfección, aunque con un curioso acento, y les podrían servir de intérpretes. Lorenzo se sentía increíblemente satisfecho: le habían conseguido ganar la primera batalla a la pandemia, pues ahí la infección aún no había llegado, y lo habían hecho sin tener que lamentar ni un solo incidente, ni leve ni grave. No era capaz de dar crédito.

Pasaron los siguientes días en la casa de Nathan. Yael hizo muy buenas migas con sus hijos, sus primos segundos, que eran mellizos y tenían su misma edad. Pese a que los niños apenas sabían hablar español, enseguida encontraron juegos con los que divertirse. Pasaban el día enseñándose palabras los unos a los otros. Fueron unos días tranquilos y llenos de paz, aunque con la atención puesta en las noticias, que resultaban cada vez más desesperanzadoras. Irremediablemente la infección acabó arrasando Francia, y el 13 de septiembre se detectó el primer brote en el país.

A diferencia de España, ahí sí sabían a qué se enfrentaban, y el gobierno comenzó a habilitar zonas seguras muchísimo antes que fuese de imperante necesidad. Ellos se encontraban a escasos cinco minutos a pie de una de ellas, que había sido puesta a disposición de una coalición entre el ejército francés y belga. Se trataba de una antigua ciudadela medieval amurallada: el mismo lugar en el que hacían las ferias medievales todos los otoños. Hacía menos de un año que habían acabado las obras de la rehabilitación de la parte de la muralla que la última guerra había echado abajo, siglos atrás. Se trataba de un fortín impenetrable. Eso fue lo que les atrajo.

Pese a que en aquella zona del país aún no se había detectado la presencia de un solo infectado, no lo dudaron un momento en ir a pedir asilo. Su sorpresa fue mayúscula cuando Nathan les comunicó, traduciéndoles lo que le había dicho el encargado del censo, que la familia de Carmina no podría entrar. La dirección de aquél idílico enclave tan solo permitía el acceso a locales y franceses, pero no a gente procedente de otras nacionalidades. Lorenzo meditó tan solo unos segundos, cogió a su hijo de la mano, con una expresión muy seria en el rostro, e invitó a Lea a que le acompañase a la entrada.

La prima de Carmina se encargó de traducir lo que Lorenzo le decía: suplicaba que si no les dejaban entrar a ellos, al menos permitieran que el niño accediera. Yael tan solo tenía ocho años, y toda una vida por delante; él y su esposa aún estaban a tiempo de escapar, aunque fuese a expensas de dejar al niño al cargo de los primos de su madre. Carmina se adelantó y mostró al soldado su libro de familia, que delataba que, en efecto, eran familiares de Lea y Nathan. El soldado se llevó el documento y se fue a hablar con su superior, una mujer soldado de apariencia muy veterana, bien entrada en carnes.

Vivieron momentos muy tensos en la breve conversación entre los soldados, que no pudieron oír pese a la distancia, pero de la que tampoco habrían entendido una palabra. Finalmente el soldado encargado del censo volvió, e hizo un breve asentimiento: les permitirían entrar. Lorenzo le abrazó, con lágrimas en los ojos. La encargada del centro sonrió brevemente al contemplar la escena, convencida que había tomado la decisión correcta, habida cuenta que su trabajo era el de salvaguardar la vida de quienes acudiesen pidiendo auxilio. Tal decisión creó jurisprudencia, y salvó la vida de mucha más gente.

Fueron muy afortunados por haber ido a parar precisamente a ese lugar, pues la infección acabó llegando al país con toda su virulencia, como acabaría llegando hasta el último rincón del planeta, y arrasó con él de igual modo que en todos los sitios por los que pasaba. Sin embargo, lo hizo con tres semanas de retraso: tres semanas en las que quienes habían escogido ese lugar para protegerse tuvieron tiempo más que suficiente para de prepararse y aprovisionarse para el asedio que vivirían en adelante.

Los encargados del centro, con la ayuda de cuantos civiles se ofrecieron a echar una mano, entre los que se encontraban Nathan y Lorenzo, se encargaron de hacer acopio de alimentos y bebida en cantidades industriales, así como semillas y útiles de labranza, y animales de granja. Eso fue al principio, pues pronto tales excursiones se volvieron demasiado peligrosas, y las abandonaron por su propia seguridad, antes de tener que lamentar ningún disgusto.

La ciudadela no sucumbió a los primeros envites de la infección, que fueron devastadores en todo el viejo continente. Aquellos gruesos muros, con más de quinientos años de antigüedad, les salvaron la vida, y les brindaron algo que la pandemia arrebató al resto del mundo: la posibilidad de un futuro. Ese y no otro era su objetivo original, el de salvaguardar la vida de quienes se encontraban dentro, y pese a haber caído en desuso los últimos siglos, demostró a la perfección su utilidad primigenia.

No obstante, y para sorpresa de todos, el enclave, que había llegado a abarrotarse hasta límites incluso preocupantes los primeros días, se quedó prácticamente vacío en cuestión de semanas. No eran pocos los que, al ver las orejas al lobo, optaron por huir del país con el rabo entre las piernas, incluso encontrándose como se encontraban protegidos en un lugar aparentemente infranqueable. Lorenzo y Carmina lo discutieron largamente: quedarse ahí con sus primos y el resto de lugareños o seguir huyendo, aún sin saber si serían capaces de encontrar un lugar al que la infección no acabase llegando igualmente, más tarde o más temprano. No fue una decisión sencilla, pero acabaron acordando quedarse, aunque fueron de los pocos.

Con el paso de las semanas agradecieron y mucho haberse quedado aislados de ese modo. A duras penas se contaban cuarenta personas, la mitad de los cuales eran los propios soldados que velaban por la seguridad de los civiles que habían considerado oportuno quedarse, y sus propias familias. La situación al otro lado de la muralla se volvió a todas luces insostenible. Cualquiera que hubiera puesto un pie en la calle habría sido reducido a pedazos sanguinolentos en cuestión de minutos; tal era el volumen de infectados que merodeaban por las calles, en especial durante la noche. Resultaba escalofriante.

Pese a que generó cierta controversia, se tomó una decisión sin precedentes en centros de esa índole: no gastar una sola bala, y permitir a los infectados campar a sus anchas por las calles, que ahora eran exclusivamente de su dominio. No en vano, no suponían peligro alguno para ellos, al otro lado de la muralla como se encontraban, y matando a unos pocos tampoco marcarían ninguna diferencia, habida cuenta que el continente entero estaba lleno de ellos.

La vida en aquél enclave no estaba exenta de trabajo, pero todos lo hacían de buen grado, a sabiendas que era por el bien común. Vivían en una comunidad bien avenida y colaborativa, en la que pronto desaparecieron las jerarquías, y donde todos se ayudaban entre sí, sin pedir nada a cambio. Orgánicamente se repartieron las tareas del día a día, que oscilaban entre el cuidado de las bestias, el de los cultivos, la educación de los niños, la limpieza y la cocina. Se enseñaban unos a otros, y rotaban las tareas sin ningún tipo de discusión, orgánicamente, enseñándose unos a otros con pasión y paciencia, incluso sintiendo un agradable regocijo al saberse capaces de adquirir tal equilibrio.

Con relativa frecuencia recordaban a Bárbara, entristecidos. Pese a que no llegaron a verbalizarlo, ambos progenitores acabaron convenciéndose que habría perdido la vida. Las noticias que llegaban de la evolución de la pandemia en todo el viejo continente eran cada vez más funestas. E incluso cuando dejaron de llegar por las vías habituales, y tan solo llegaban de boca de quienes habían huido de sus casas para dar, por suerte, con sus huesos en aquél fortín impenetrable, aún lo eran peor.

En más de una ocasión recibieron la visita de algunos de aquellos desesperados supervivientes que pedían asilo. En todos y cada uno de los casos se les permitía el acceso, mediante una escalera enrollable por la que debían trepar por sus propios medios, con la condición de pasar cuarenta días y cuarenta noches en los calabozos. Nadie rechazó tal condición. Ese era el único modo que tenían de asegurarse que los nuevos inquilinos del enclave estaban sanos, y a quienes venían pidiendo auxilio, una celda limpia y segura, con la promesa de comida caliente y cuanta agua necesitasen, se les antojaba un sueño hecho realidad.

En hasta dos ocasiones tal exceso de celo les sirvió para evitar un drama mayúsculo, pues pese a que ninguno lo aparentaba, dos de las veintiocho personas que acudieron pidiendo ayuda, estaban infectadas. Ambas acabaron pereciendo bajo el yugo de la infección y convirtiéndose en una de aquellas bestias carentes de empatía y saturadas de rabia, a las que ofrecieron, aunque solo fuese por apaciguar sus propias conciencias, la eutanasia que sin duda merecían.

El resto, después de demostrar estar en perfecto estado de salud, se unieron a la bien avenida comunidad, que cada vez era más rica en nacionalidades e inclusiva. Pero eso pasó tan solo los primeros meses. Pasado poco más de un año del inicio de la pandemia, no recibieron más visitas que la de los infectados que deambulaban por las calles, e incluso éstas se volvieron cada vez más escasas, a medida que los menos intrépidos iban pereciendo bajo el influjo de la inanición.

Las semanas dieron paso a los meses, y éstos a los años, hasta que llegó un momento en el que la vida, en sí, se acabó reduciendo a esa tranquila y cotidiana monotonía al amparo de aquellos gruesos y altos muros. El mundo exterior era un abismo infranqueable al que tan solo tenían derecho a otear desde lo alto de los muros.

Yael aprendió belga, y siguió adelante con sus estudios, junto con sus primos segundos y otros pocos chavales que vivían con ellos, entre los que acabaron siendo los mejores amigos, y de los que nació más de un romance furtivo. Él se enamoró de una chica un año mayor que él, hija huérfana de unos padres que habían dado la vida por llevarla a un lugar seguro, casi un año después de la fundación de aquella particular microsociedad.

Con el paso de los años, algunos de los refugiados murieron por causas naturales, la mayoría de ellos los más ancianos, y fueron enterrados con honores por sus semejantes en el pequeño camposanto que había en el extremo oriental del complejo. Nuevas vidas se crearon entre quienes ahí vivían, hijos que nacieron entre esas cuatro paredes y que durante muchos años no conocerían otro mundo que el que había a ese lado de las murallas, para los que los relatos de sus mayores sobre la vida anterior a la pandemia se les antojaba poco más que un sueño demasiado dulce e ingenuo para resultar verosímil.

Pasaron más de quince años antes que las puertas de la ciudadela volvieran a abrirse, y si eso ocurrió, fue tan solo porque ya no tenía sentido prolongar el cautiverio autoimpuesto de a quienes durante tantísimo tiempo habían protegido. Fueron muchos quienes optaron por volver a sus casas después de tomar aquella difícil pero consensuada decisión, intentar recuperar sus vidas pretéritas, aún siendo conscientes que jamás podrían hacerlo, pues el mundo que habían conocido, sencillamente ya no existía. Muchos de ellos volvieron al cabo de las semanas, abrumados por tal cantidad de espacio vacío, muerto. Del resto, jamás volvieron a saber nada. El mundo era demasiado grande y lleno de oportunidades.

Lorenzo y Carmina, en compañía de Yael, su esposa Safia y de su joven nieto Lucas, prefirieron quedarse a vivir ahí dentro, pues ese se había convertido, con el paso de los años, en su verdadero hogar. Yael apenas recordaba de un modo brumoso la vida previa a la decisión que les había salvado a los tres de una muerte segura. Los pisos y las casas vacías se contaban por millones, y bien podrían haber escogido cualquiera para empezar una nueva vida. Pero prefirieron no hacerlo.

Salían de tanto en tanto en misiones de exploración, no obstante, por curiosidad o por puro placer, pero nunca se alejaban mucho de aquél centro de gravedad al que tanto le debían. Tenían miedo de encontrarse con el enemigo, pero éste hacía ya mucho que había acabado consigo mismo. Tuvieron una vida larga y feliz, pese al drama mayúsculo que había arrasado el planeta Tierra de un extremo al otro, demostrando al mundo que con ahínco, perseverancia y amor, no había nada que estuviera fuera de su alcance.

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comentarios
  1. Drock9999 dice:

    Largo capitulo, pero abre la posibilidad a un nuevo mundo. Sin embargo, me quedan dudas que ya ire resolviendo en los proximos capitulos!

    D-Rock.

  2. Fran dice:

    Me ha gustado, y mucho, un final feliz… Me he dado cuenta que es atípico, jajaja
    Un descanso para los que nos gusta el género en el que siempre estamos con el alma en vilo.
    Fran

  3. Angela dice:

    Gracias David, excelente historia, con final feliz!
    Les deseo un buen comienzo de semana a todos.

  4. Angela dice:

    Paso saludando y preocupada pues a pasado casi un mes sin historia…🥺
    supongo que estas muy ocupado y no has tenido tiempo para deleitarnos con aoldlv.
    Espero que pronto este a la venta.

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