3×1240 – Taburete

Publicado: 19/12/2019 en Al otro lado de la vida

1240

 

Masía de los abuelos de Bárbara en la periferia rural de Sheol

26 de septiembre de 2008

 

Bárbara inspiró con fuerza, notando el olor rancio a humedad y a cerrado que no había abandonado la cabaña del abuelo pese a que ella había dejado la puerta entreabierta la última vez que estuvo ahí. Lo hizo con los ojos cerrados, tratando de poner en orden las ideas en su atribulada cabeza. Su estómago rugió por enésima vez: tenía tanta hambre que hasta eso le resultaba complicado.

Aún a sabiendas que no hubiera hecho la menor falta, y que así lo único que conseguiría sería hacerse aún más daño, husmeó a conciencia por el lugar en busca de una señal, por pequeña que fuera, de que su hermano había vuelto a buscarla. Por más que lo intentó, no fue capaz de encontrar absolutamente nada. Estaba demasiado agotada, hambrienta y triste siquiera para llorar. Ya no le quedaban más cartas para jugar, ni ganas de seguir adelante con el juego de la vida.

Su madre había muerto hacía años, su padre lo había hecho hacía cosa de un mes, poco después que Enrique. Sus amigos, sus vecinos y sus compañeros de trabajo deberían estar también muertos a esas alturas, y en caso contrario, poco debía faltarles. Su hermano y su sobrino, lo único que le quedaba en la vida, también parecían haberla abandonado para siempre. Sola en el mundo, se preguntó si esa no sería la señal que necesitaba para acompañarles a todos ellos en ese viaje sin retorno.

Bárbara tomó un viejo taburete de madera y se sentó. Al hacerlo, notó una molestia en la parte trasera de su pantalón aún húmedo. Se llevó la mano al bolsillo trasero y asió la gorra de Guillermo, la que llevaba puesta el día que ella había acudido a la comisaría de Sheol a reconocer el cadáver de su padre, el mismo día que su hermano le dijo que para reencontrarse con él, lo único que tenía que hacer era volver ahí mismo, a la cabaña del abuelo. Un pensamiento fugaz recorrió su cabeza al recordarlo. Quizá Guillermo tenía razón después de todo, y para reencontrarse con él no necesitase abandonar esas cuatro paredes.

Tras dejar la gorra sobre la estantería que había junto a la puerta, volvió a sentarse en el taburete, que tenía cuatro patas y cojeaba un poco. Suspiró echando la cabeza hacia atrás, con un rictus de pena en el rostro. La polvorienta aunque ominosa viga que cruzaba el techo de extremo a extremo, justo a eje de la cubierta a dos aguas de aquella discreta barraca, parecía susurrarle cosas malignas al oído. Ella se esforzaba por ignorarla, pero su voz era demasiado tentadora.

Dio vueltas a la pequeña estancia durante más de media hora, observando por el rabillo del ojo aquella vieja aunque robusta cuerda de cáñamo que descansaba enredada sobre sí misma encima de una de aquellas arcaicas y oxidadas máquinas. No paraba de repetirse que aunque consiguiera burlar a la muerte por inanición que le pisaba los talones, más tarde o más temprano una de aquellas bestias acabaría por hincarle el diente, y todo su esfuerzo por mantenerse con vida se demostraría estéril.

Si de algo estaba convencida, era que no quería convertirse en uno de ellos. Ya había estado en demasiadas ocasiones a punto de resultar infectada, y dudaba mucho que en su estado actual, tanto físico como emocional, fuese a durar mucho más antes que ese aciago destino finalmente se cerniese sobre ella.

El recuerdo del encontronazo en el puente estaba demasiado reciente, y no quería volver a pasar la inmensa angustia de escrutar hasta el último centímetro de su cuerpo en busca de una herida por la que la infección pudiese haber entrado a su cuerpo. Y sabía perfectamente que si salía por esa puerta, eso volvería a ocurrir. Podría volver a salvarse una, dos, tres veces, las que hicieran falta, pero en una de ellas, cuando menos se lo esperase, encontraría la herida fatal que oficializase su sentencia de muerte.

Sabía perfectamente que ella era la única que tenía la llave para acceder al otro lado de la vida obviando ese esperpéntico limbo, y sin saber muy bien cómo, descubrió que la soga ya se encontraba en sus manos. Era robusta y pesada. Contundente. Sin lugar a dudas podría aguantar su peso sin ningún tipo de esfuerzo: Bárbara era de complexión delgada, siempre por debajo de la media de su peso ideal, y las últimas semanas había perdido varios kilos.

Darle forma a la soga para albergar su cuello fue mucho más sencillo de lo que ella había imaginado. Demasiado incluso. El corazón le latía a toda velocidad bajo su pecho desnudo, al que había aprendido a ignorar. El pudor no tenía cabida entre esas cuatro paredes, y mucho menos en esos momentos. Echó el otro extremo de la soga por encima de la viga. Precisó de cinco intentos, pero finalmente consiguió lo que se proponía.

Anudarlo de nuevo para que el extremo en forma de O de la cuerda quedase algo más de dos palmos por encima de su cabeza no fue tan sencillo, pero lo acabó consiguiendo, con la ayuda de una vieja escalera de tijera manchada de pintura. Tiró de la soga con fuerza, para cerciorarse que estaba bien anudada. Si su hermano hubiese entrado por la puerta en esos momentos, ella estaba segura que habría sufrido un ataque al corazón, de tan nerviosa como estaba.

No por poco premeditado ese destino se presentaba menos inminente, e incluso atractivo en cierto modo, si uno lo comparaba con el que le esperaba fuera. Su vida se había derrumbado por completo, y ahora ya no había manera alguna de reconstruirla. Quitarse de en medio, en ese momento, parecía la mejor alternativa.

Bárbara colocó el taburete justo en la vertical que formaba la soga que pendía de la viga. Se quedó unos minutos observando su obra, incapaz de parar de girar el anillo de pedida de Enrique en su dedo corazón. En un momento dado cerró con fuerza los ojos, hasta notar un desagradable pitido en las orejas y un inesperado dolor en las sienes, y acto seguido dio un paso al frente.

comentarios
  1. Drock9999 dice:

    😱🤔

    D-Rock.

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