3×1052 – Huraño

Publicado: 13/09/2016 en Al otro lado de la vida

1052

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

14 de diciembre de 2008

 

Josete se encontraba solo en mitad de la calle desierta. No tenía miedo. Estaba muy concentrado en lo que estaba haciendo. Miró a un lado y a otro. Todo estaba quieto, todo estaba en silencio. Tragó saliva y siguió adelante. Metió una de sus deportivas en un charco, salpicándose los pantalones, miró en derredor con la boca abierta y rió a carcajadas. Puso los dos pies juntos y volvió a saltar sobre el charco, una y otra vez, salpicándolo todo a su alrededor. Entonces reparó en algo que se movía en la distancia, casi al final de la calle, y abandonó su divertimento.

Caminó a toda prisa hacia el lugar donde había desaparecido aquella sombra, cerca del alto muro almenado que hacía de límite al perímetro amurallado del barrio. El cachorro orinó en un árbol y tuvo que dar un salto para salir del alcorque. Llevaba la correa arrastrando. Pese a lo pequeño que era había aprendido a valerse por sí mismo y no hacía más que correr de un lado a otro con una energía que parecía no tener límites, haciendo de su cuidado un verdadero reto. Josete se acercó algo más a él y el perro se le quedó mirando, dispuesto a salir corriendo al primer movimiento en falso. El niño se puso en cuclillas y sonrió. El perro se dio media vuelta y continuó su periplo por la calle larga.

JOSETE – ¡Cabroncillo! Ven. Ven aquí. No te vayas.

El pequeño can llegó incluso a girarse hacia él durante un instante, pero acto seguido siguió adelante, oliéndolo todo y brincando alegremente de un lado a otro. Desapareció nuevamente tras una esquina. Josete siguió tras él. Al cruzarla, se asustó. Ahí había un hombre viejo, medio calvo, arrastrando un carro de supermercado lleno de cajas de cartón, todas de idéntico tamaño. Su pie derecho se había posado sobre el final de la correa, y el perro no hacía más que dar tirones, tratando en vano de liberarse.

JUANJO – ¿Qué haces tan lejos de casa, niño?

JOSETE – Es que se ha escapado el perro.

JUANJO – ¿No ves que es peligroso? No puedes estar aquí tu solo.

Josete alzó ambos hombros, sin darle demasiada importancia. Ese hombre no le gustaba, pero tampoco le daba miedo. Carboncillo seguía tirando de la correa, pero el pie de Juanjo no cedió un milímetro. El banquero se agachó, agarró la correa y se la tendió al niño, colocándose entre éste y el carro que llevaba a la que a la fuerza se había convertido en su nueva casa. Josete avanzó dubitativo hacia él y sujetó la correa con fuerza, para que no se le volviese a escapar. Juanjo metió el carro de la compra en el jardín de la vivienda unifamiliar frente a la que se encontraba, y cerró tras de sí. Con llave.

JUANJO – Vente. Vente conmigo. Este no es un buen sitio para pasear.

El banquero ofreció su mano al niño y éste instintivamente se la cogió. Estaba tan acostumbrado a ir siempre de la mano de un mayor cuando iba por la calle que ni siquiera le dio importancia. Ambos desanduvieron el camino en silencio hasta llegar a la primera corona de seguridad. Cuando emergieron de la rampa del parking que hacía de nexo entre ambos perímetros amurallados, Ío corrió hacia el niño, visiblemente angustiada, y se arrodilló para estar a su altura. Desde que Carla abandonó el barrio, el niño había estado al cargo de Marion y de Carlos, ocasionalmente con Maya, y muy rara vez con ella. Ahora que ambos se disponían a abandonar el barrio, habían delegado su cuidado en la joven sorda. Ésta dejado al niño al cargo del perro y les había perdido a ambos.

Estaba todo el mundo congregado en aquél corto tramo de calle, a excepción de Maya, que se había quedado con los bebés. Paris estaba junto a Fernando, y Carlos apuraba un cigarrillo apoyado en el muro junto a la puerta del taller mecánico. Juanjo cruzó por un instante su mirada con la del dinamitero. Éste reparó en él, pero decidió ignorarle. La joven del pelo plateado miró al banquero, y éste se limitó a hacer un gesto afirmativo con la cabeza antes de volver por donde había venido. Paris agarró a Fernando por la clavícula, apretó con fuerza y le obsequió con una sonrisa de oreja a oreja.

PARIS – Cuidado con la matasanos. Yo no me fiaría ni un pelo de esa mujer. Que no te líe.

Fernando esbozó una sonrisa. Christian se rascó el pelo sobre la cicatriz, algo incómodo por la situación, y nervioso por volver a perder a Fernando de vista. Después de haberle visto morir prácticamente en sus brazos, no se sentía muy cómodo viéndole abandonar la seguridad que ofrecía el barrio amurallado.

CARLOS – Venga, va. Vayámonos, que al final con la tontería se nos va a hacer tarde.

El mecánico se despidió de Christian y de Ío, que habían decidido quedarse en Bayit al cargo de los bebés, y acompañó a Carlos al Jardín, donde les esperaba Marion ya sentada en uno de los asientos traseros de la vieja furgoneta Volkswagen que habían decidido utilizar para desplazarse hasta la mansión de Nemesio. Christian se encargó de bajar la persiana del taller. Carlos se puso al volante, habida cuenta que Fernando no conocía el camino, y se pusieron en marcha.

Las calles estaban desiertas a esa hora de la mañana. Bayit se había convertido a la fuerza en uno de los puntos edificados más seguros de la isla, y tardaron cerca de diez minutos en ver al primer infectado, tiempo después de haber abandonado la urbe. Al pobre infeliz le habían devorado media pierna, y se arrastraba por la acera sin ofrecer ningún tipo de amenaza. No se molestaron siquiera en acabar con él.

Se encontraban en una ruta rural bastante accidentada rodeada de pinos cuando Marion tuvo la idea de encender la radio. Había traído consigo varios discos de los que utilizaban para las rondas de limpieza. Una estridente música roquera sonó por los altavoces de la furgoneta a todo trapo, y la hija del difundo presentador se apresuró a bajar el volumen. Fernando notó cómo se le erizaba el vello de los brazos. La canción no era la misma, ni siquiera el género musical era el mismo, pero igualmente le retrotrajo a un momento de su pasado que hubiera preferido borrar de su memoria para siempre. No dijo nada, y los tres continuaron adelante, manteniendo una conversación intermitente que permitió al mecánico ponerse algo más al día de cuánto había ocurrido en su ausencia.

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comentarios
  1. battysco dice:

    Y ya casi vamos a saber quién es Ezequiel!!!!

    También hay ganas de saber qué tal le va a Abril.

    Ya no queda nada.

    Sonia.

  2. Betty dice:

    Jejejejeje, me muero de ganas por saber quién es, yo siempre he sospechado de él, seguro qué al final me equivoco 😉

    • Nunca dejarán de sorprenderme vuestras elucubraciones. En cuanto dicho personaje aparezca en escena, querré preguntaros cuán errados o acertados estuvisteis en vuestras pesquisas.

      David.

  3. Carol dice:

    David, es q nos has acostumbrado a pensar mal! 😛. No creo que Ezequiel sea su verdadero nombre….Apostemos: Podría ser alguno de los presos que sobrevivió? Ese “creo que Ío también quiere venirse” que suelta Carlos en el capitulo anterior…..veremos.

  4. Fran dice:

    Ezequiel es su verdadero nombre??

    Fran

  5. Fran dice:

    jajaja

    No das ni una pista, eh??

    Ya está bien, ya

    Fran

    • ¿Dónde estaría la magia si no? XD
      Mi mayor interés para con esta novela, es que os exploten cosas en la cara, dando pistas poco a poco, de modo que haya quienes sepan prever lo que va a ocurrir y quienes se lo encuentren sin esperárselo. Eso es lo que yo espero de una novela, ese factor “culo torcido”. En el fondo te hago un favor si no respondo a esas dudas, quiero creer. xD Sea como fuere, lo que sí te adelanto es que todas las preguntas que te hagas obtendrán su respuesta más tarde o más temprano, incluida la sempiterna pregunta de “¿cómo diablos acabó Bárbara metida en un ataúd en mitad del cementerio?”.

      David.

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