3×1056 – Invierno

Publicado: 27/09/2016 en Al otro lado de la vida

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La vida en Bayit siguió su curso sin mayores contratiempos. La sensación de que ya estaba todo el trabajo hecho y que en adelante tan solo deberían dejarse llevar en sus rutinarias y seguras vidas fue calando entre los supervivientes. Incluso la presencia de Fernando acabó normalizándose, y llegó un momento en el que tanto Christian como Paris dejaron de preguntarse cómo diablos pudo haber vuelto a la vida, en tanto en cuanto ambos le habían visto muerto.

El dinamitero pasaba gran parte de día con Fernando, y la amistad entre ambos fue creciendo exponencialmente en consonancia con su buen humor. Carlos notó en él un cambio drástico a mejor, lo cual le tranquilizó sobremanera. Después de tanto tiempo de convivencia, no era para nadie un secreto que el trasfondo emocional de Paris viraba del blanco al negro, sin apenas matices de gris. Tras la vuelta de Fernando, el dinamitero se había vuelto mucho más social y participativo, llegando incluso a resultar una pieza fundamental del grupo, como lo fuera antaño.

En el extremo diametralmente opuesto se encontraba Juanjo, que se volvió más huraño y parco en palabras que nunca. Había asumido que no era bienvenido en el barrio, pero ello tampoco suponía un gran problema para él. Su único aliado le había dado la espalda desde el instante en el que Fernando puso un pie de nuevo en Bayit, y él supo hacerse a un lado sin montar un espectáculo. Su naturaleza introvertida y huraña puso bastante de su parte a ese respecto, y los demás supervivientes tampoco le echaron en falta. Al fin y al cabo, seguía participando del cuidado de los bebés, al que se sumó Fernando, por más que Paris trató de convencerle de lo contrario, y eso, era mucho más de lo que esperaban de él.

Pese a que más de uno reflexionó al respecto, nadie propuso a viva voz retomar las rondas de limpieza. Los pocos infectados que se acercaban, llevados quizá por el ocasional ruido, por la luz, o sencillamente por mero azar, eran abatidos sin contemplaciones desde cualquiera de los dos baluartes, algún balcón o azotea accesible. La experiencia traumática con Fernando había dejado a todos excesivo mal cuerpo y quizá por respeto a él, que no las quería ni oír mentar, o por el hecho que objetivamente no eran necesarias, pues los infectados no tenían modo de acceder al interior del barrio amurallado, quedaron también en el olvido. Al menos por el momento.

La relación entre Christian y Maya se consolidaba más a cada día que pasaba, hasta el punto que comenzaron a compartir un único piso. No eran pocas las veces que había pasado uno la noche en casa del otro, y viceversa, hasta que finalmente y de un modo orgánico, acabaron acordando que Christian se mudaría a piso de Maya, dejando de ese modo libre uno de los pisos del bloque azul. Pese a ser su primera relación, Maya demostró una madurez y una mente fría impropias de su edad. El hecho que dicha relación tuviese tan evidentes limitaciones, haciendo del proceso algo mucho más pausado y emocional, no tan físico, ayudó y mucho a ese respecto. Pese a estar rodeados de gente, una vez el grupo comenzó a crecer, ambos se habían sentido muy solos desde el inicio de la pandemia, arrancados del abrazo de sus seres queridos y de cualquier atisbo de la vida que habían llevado hasta el momento. Esa nueva relación en la que uno se podía apoyar en el otro sin miedo ni vergüenza, y exponer todos sus miedos, frustraciones y anhelos con total naturalidad, era cuanto ambos necesitaban para recuperar esa pequeña parcela de paz y seguridad que tanto ansiaban.

Con la ausencia de Morgan y ahora también de Bárbara, Carlos se había erigido en el nuevo responsable del grupo. No eran en absoluto algo oficial, pero oficiosamente todos veían en él esa figura, como si la última palabra en cualquier decisión relevante fuera la suya, en un modo u otro. Incluso Paris, que prefería mantenerse al margen de la mayor parte de decisiones que no le involucrasen personalmente. Él se sentía cómodo en ese papel, y lo hacía lo mejor que podía, aunque en el fondo estaba deseando que la profesora volviese. Su relación con Marion se había vuelto realmente placentera, y ambos disfrutaban tanto de la presencia del otro como del sexo, pero no era en absoluto comparable a la química y la compenetración que tenía con Bárbara.

La hija del difunto presentador había encontrado por fin el equilibrio que tanto había echado en falta durante el largo peregrinaje hasta Bayit. Disfrutaba de la rutina como la que más y había encontrado muchos modos de distraerse. A diferencia de los demás, que incluso empezaban a echar en falta la adrenalina y la sensación de alerta que ese largo camino les había proporcionado, ella se encontraba como pez en el agua y no quería ni oír hablar de un cambio.

Fernando tardó tan solo unos pocos días en amoldarse a su nueva situación. Lo había pasado muy mal a solas, prácticamente convencido que no saldría de esa, y ahora se sentía eufórico, con ganas de comerse el mundo. Lo que sí notaron tanto Paris como Carlos fue un cambio de actitud muy importante al respecto de los infectados. Su traumática experiencia le había hecho mucho más susceptible a los sobresaltos, y desde que volvieran de visitar a Abril no había vuelto a pasar al otro lado de la muralla ni una sola vez. Lo único que sí hacía ocasionalmente era apostarse en alguno de los dos baluartes y seguir practicando su más que discutible puntería, pero siempre con la seguridad de saberse inalcanzable.

Ío fue sin duda quien peor lo pasó tras la repentina desaparición de los cuatro miembros del grupo que les habían dejado hacía ya semanas. Pese a que Maya y Christian la invitaban en ocasiones a sus salidas, ella se sentía de más entre ellos, y acostumbraba a rehusar sus propuestas. El fantasma de su traumática experiencia con los ex presidiarios le acompañaba cada noche, haciéndole muy difícil conciliar el sueño, y en más de una ocasión rompía en llanto en la soledad de su piso, recordando una vida que jamás podría recuperar. Muy a su pesar, las clases de lenguaje de signos que impartía habían caído en el olvido, con la ausencia de la pequeña Zoe, y ella se sentía cada vez más desplazada. Tan solo el cuidado de los bebés y del pequeño Josete, del que nadie se hizo cargo oficialmente, conseguía darle algo de sentido a su vida. Ella era quien más ansiaba que Bárbara y compañía volviesen, pues con ella y sobre todo con la pequeña Zoe fue con quienes más a gusto se había sentido desde su inverosímil rescate de las garras de Héctor.

Las lluvias eran intermitentes, pero incansables. Carlos y Paris idearon un plan para aprovechar ese recurso natural. Tras una corta incursión en una fábrica de las afueras volvieron con un cargamento ingente de bidones azules con capacidad para 200 litros de agua. Un rudimentario sistema de cañerías que aprovechaba los bajantes de la recogida de agua de las cubiertas de varios bloques de pisos fue suficiente para atesorar más de dos millares de litros en cuestión de pocos días, en una temporada especialmente lluviosa. Ello sirvió para apaciguar las voces de quienes temían que el agua embotellada acabase por agotarse, amén de crear un punto de inflexión sin precedentes en las que eran sus nuevas vidas: ahora tenían con qué asearse en condiciones, sin remordimientos por malgastar tan preciado bien, ellos mismos y sobre todo a los bebés, y no limitarse a la limpieza superficial y de más que discutible calidad a la que estaban acostumbrados.

Los cuidados brindados a los animales que habían traído consigo empezaron a dar su fruto, a diferencia de los que dedicaron al huerto, al que habían dado por imposible hasta la próxima primavera. Josete no cabía en sí de gozo al jugar con los pollitos que habían nacido, y estaba deseando que volviese Zoe para enseñárselos. Rara era la vez que preguntaba ya por su difunta madre. Pese a su corta edad, parecía haber comprendido que esa pregunta jamás obtendría la respuesta que él tanto ansiaba. Todos sentían lástima por él, y no hacían más que distraerle, jugando y malcriándolo, pero nadie quería erigirse en su tutor. Todos, con cierta vergüenza y malestar, estaban deseando que volviese Carla para quitarse ese peso de encima.

La impaciencia por la vuelta de Bárbara y compañía fue creciendo a medida que pasaban los días y seguían sin tener noticias de ellos. Sin que tuvieran siquiera ocasión de reparar en ello, el invierno llegó por fin a Nefesh, y todavía no habían llegado. Habida cuenta de cuánto habían tardado en llegar hasta la península, nadie se preocupó en exceso por la demora, y antes que se dieran cuenta, el grupo se completó por fin.

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