3×1209 – Seguras

Publicado: 18/05/2019 en Al otro lado de la vida

1209

Faro de Iyam

18 de abril de 2009

 

Bárbara, con la mano sobre el tirador de la puerta del baño, respiró hondo, con los ojos cerrados, tratando de serenarse. Había sido una pérdida mínima, prácticamente ridícula, pero no era la primera, y estaba algo intranquila. En momentos como ese desearía no haber abandonado Nefesh y poder recurrir a Abril para que le diera consejo y un diagnóstico. Aunque recordando su frialdad y la expresión de su cara cuando le expusieron la verdad de Guillermo, dudaba incluso que fuera capaz de tolerar su presencia en la mansión de Nemesio sin mandarla a paseo.

Salió del baño mostrando una expresión facial de fingida tranquilidad, drásticamente distinta a la que tenía antes de cruzar la puerta. Zoe la esperaba al otro lado, con la mochila a la espalda y el arma preparada. No hizo falta siquiera mediar palabra: con un par de asentimientos de cabeza, ambas pusieron rumbo escaleras abajo.

Ya habían cargado en el furgón una pequeña parte de su alijo de alimentos, por si las cosas se torcían y tenían que acabar durmiendo dentro, como ya había ocurrido con anterioridad. La intención no era la de ir muy lejos: tan pronto hubiesen recopilado cuanto necesitaban, volverían sobre sus pasos sin mayor demora. No obstante, preferían cubrirse las espaldas.

Ninguna de las dos se quedaría del todo tranquila alejándose tanto de Nueva Esperanza, pero al fin y al cabo el navío estaba perfectamente oculto en las entrañas del faro, y si nadie había acudido a él desde que el grupo partiera, hacía más de medio año, en las pocas horas que ellas estuvieran alejadas de él no tenía por qué ser distinto.

El furgón estaba literalmente en el mismo sitio donde lo habían dejado al partir. Tenía el morro algo maltrecho por el accidente que había sufrido, pero era un vehículo recio. Bárbara estudió las ruedas, y desde su absoluta ignorancia en términos mecánicos, concluyó que estaban en perfecto estado para fiarse de ellas. No en vano, las acababan literalmente de estrenar justo antes de abandonar el furgón.

Bárbara ocupó su lugar tras el volante, pese a que tenía la misma experiencia como conductora que la propia Zoe, que se había quedado fuera haciendo guardia, arma en mano. Trató de arrancarlo, pero el motor se resistió. La profesora miró de reojo a los pies del asiento del copiloto y vio la batería que Morgan había dejado ahí, junto a la garrafa, sin duda herencia del taller mecánico donde habían robado las ruedas. Confió no necesitarla. Lo intentó una vez más, pero el resultado fue idéntico.

Trató de poner en orden todo cuanto el difunto Fernando les había explicado, y estaba convencida que lo estaba habiendo bien. Temió que ello fuera debido al accidente que habían tenido al entrar a la ciudad, pero tras un par de intentos más, apretando hasta el fondo el pedal del acelerador, el motor finalmente recobró la vida. La profesora instó a Zoe a ocupar su asiento, y la niña lo hizo presta. Bárbara dirigió el vehículo por encima de la pasarela de madera que llevaba al faro, que provocaba aquél sonido tan característico que tan poca confianza le inspiraba, hasta que finalmente llegó al paseo. Ahí todo estaba sumido en un reconfortante silencio.

Circulaban por el paseo marítimo. Bárbara atisbó por el rabillo del ojo el cadáver de una mujer y no pudo evitar recordar a Arturo, cuya vida había reclamado una playa muy similar a la que tenían al lado. Se sorprendió recordándole con suma intensidad, aún cuando apenas habían convivido unos días y hacía mucho tiempo que había quedado relegado a un archivo polvoriento al fondo de su memoria. Una sensación de congoja le apretó la boca del estómago: eran muchos los que habían perdido por el camino, desde el inicio de aquella pesadilla. Demasiados.

Circularon hacia el oeste, muy concentradas en su objetivo. Zoe llevaba desplegado sobre el regazo el mapa de carreteras que habían encontrado en uno de los cajones de la cómoda del faro, y guiaba a Bárbara estudiándolo a conciencia, hacia el hospital, siguiendo la línea que ellas mismas habían trazado con un fluorescente rosa por las calles impresas en aquél papel satinado.

También habían marcado la ubicación de media docena de farmacias, una de las cuales ambas recordaban especialmente, por si el estado del hospital o su seguridad no eran los deseables. Habían hecho muy buen trabajo a ese respecto, y formaban un equipo sin fisuras. Pese a que tenían que esquivar algún que otro escombro de vez en cuando, todo apuntaba a pensar que podrían llegar a su destino sin verse en la necesidad de dar ningún rodeo. La ciudad estaba desierta.

Conducían a una velocidad moderada, que el propio Morgan hubiese tildado de temeraria, dadas las circunstancias. Pese a que había practicado en más de una ocasión, las primeras veces con Fernando y luego sola, Bárbara no dejaba de ser una novata, y en esos momentos estaba más asustada por el furgón que por los propios infectados. Resultaba más que evidente que la infección había llegado ahí. Ellas mismas habían visto sus estragos antes de partir, hacía unos meses, y éstos seguían siendo más que visibles, pero daba la impresión que los infectados se hubiesen evaporado en algún momento desde entonces hasta ahora.

Vieron algún que otro cadáver tirado por el suelo, pero ninguno parecía ni remotamente reciente. Uno de ellos en concreto, que hizo que Bárbara aminorase aún más la velocidad del furgón al pasar a su lado, tenía un aspecto extrañamente similar al de la pobre infeliz a la que Zoe había librado del duro peso de la infección en aquél pequeño y maltrecho barco abandonado: todo apuntaba a pensar que había muerto de inanición, aunque no tenían modo alguno de corroborarlo, ni intención alguna de parar a investigar más a fondo.

Tardaron más de media hora en llegar a su destino, y no porque estuviese especialmente lejos, en la que tan solo les acompañó traqueteo de las ruedas en el sucio y duro asfalto y sus propias respiraciones inquietas.

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