3×1071 – Clases

Publicado: 19/11/2016 en Al otro lado de la vida

1071

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

2 de enero de 2009

 

Zoe, Ío y Gustavo salieron en tromba por la puerta, dejando sus pupitres vacíos. Bárbara sonrió y cerró la libreta con las anotaciones de las clases que acababa de impartir. Si de algo estaba convencida, era que la decisión de devolverle la vida a la escuela, aunque fuese con tan escaso volumen de alumnado, había sido una buena idea. Ninguno de ellos tenía culpa de lo que había ocurrido, y ella, aún al sentirse en parte responsable, estaba dispuesta a darles la oportunidad de continuar su formación, aunque ahora adaptada al nuevo mundo en que les había tocado vivir.

Bárbara se acercó al pupitre de su sobrino con una sonrisa partida en el rostro. Él compartía edad y por ende curso con Zoe, aunque hasta ahora jamás habían asistido al mismo centro docente. La profesora posó una mano sobre su hombro, esforzándose por ver en él al niño aplicado y tímido al que ella misma había dado clases hasta hacía tan poco en el Sagrado Corazón de Etzel. Cada vez le resultaba más difícil reconocerle, y ello le partía el alma. El niño se giró hacia ella y le ofreció la misma mirada vacía que le acompañaba a todos lados. Al menos junto a ella se sentía seguro y tranquilo, y el contacto físico no le resultaba un problema.

Pese a haber ocupado el asiento contiguo al de la niña de la cinta violeta en la muñeca, todo intento por hacerle partícipe de la clase había sido en vano. No hacía más que distraerse, y en un par de ocasiones le tuvo que llamar la atención por quedarse dormido. Al final tomó la decisión de entregarle un cuaderno de dibujo y un puñado de lapiceros de colores, y así al menos consiguió que no disturbase el trabajo de los demás. No obstante, no tenía intención alguna de tirar la toalla con él. Era consciente de que el trabajo sería duro, pero se esforzaría al máximo por devolverle a la realidad, si es que eso era posible.

Bárbara echó un vistazo a la hoja garabateada del cuaderno que Guille tenía sobre el pupitre. El niño tenía ya diez años, pero ese dibujo bien parecía que lo hubiese hecho Josete, o incluso alguien más joven. Pese a que disponía de todos los colores del arcoíris para escoger, él había decidido utilizar únicamente el rojo. Resultaba difícil descifrar el significado de todos aquellos garabatos, pero pese a lo burdo de los trazos la profesora creyó distinguir dos figuras: una grande con largos brazos y piernas en forma de palo, con algo parecido a una cara sonriente, y otra más pequeña a su lado, que tenía la cara ennegrecida con un tachón hecho con tanto ímpetu que casi había atravesado el papel. La profesora señaló a la figura más grande.

BÁRBARA – ¿Es éste el papa?

Guille miró hacia su tía y hundió la cabeza entre los hombros. Bárbara respiró hondo. Cogió el cuaderno de dibujo y pasó a la página siguiente, en blanco. Escogió el lapicero color azul marino y escribió en grandes letras mayúsculas en la parte superior de la hoja: GUILLERMO. Le ofreció el lápiz al chaval y éste lo cogió. Lo olisqueó, tentado a mordisquearlo pero finalmente lo sujetó tal como ella le había enseñado.

BÁRBARA – Intenta escribir tu nombre, como he hecho yo arriba.

El niño miró las letras, que su tía le señalaba con el índice, y la volvió a mirar a ella. Bárbara notó cómo las lágrimas acudían a sus ojos, y sujetó con suavidad la mano del niño, obligándole a repetir los mismos trazos que acababa de hacer, unos centímetros más abajo. Guille aguantó hasta la tercera letra dejándose hacer, pero luego se deshizo de la mano de la profesora de un tirón, y continuó garabateando incongruencias en la hoja en blanco. Bárbara exhaló, desesperanzada, y tomó la determinación de ofrecerle clases particulares todas las tardes. Si el mal que le aquejaba tenía solución, ella estaba dispuesta a poner todo cuanto estuviese en su mano por ayudarle.

Consciente que debía buscar otro modo de aproximación, y de que su estado anímico no le iba a ser de gran ayuda en esos momentos, le dejó hacer y se dirigió de vuelta a su mesa, junto a la pizarra. No pudo evitar echar un vistazo a través de las ventanas, y lo que vio le llamó tanto la atención que frenó su avance y se quedó mirando. Pese a que las ventanas estaban cerradas para evitar que el frío invernal se apoderase de la sala, les pudo oír gritando y riendo.

Ahí fuera estaban sus otros cuatro alumnos, junto con Josete, Carla, Olga, Maya y Christian, que se había ofrecido a hacer de profesor de educación física. Estaban en la pista principal del patio de la escuela, jugando a un juego que habían inventado Zoe e Ío hacía un par de días, y que se había transformado en la nueva moda en Bayit. A ella no le gustaba, por las connotaciones que acarreaba, pero debía reconocer que se lo estaban pasando en grande, y no pudo evitar esbozar una sonrisa. Se secó una lágrima con la última falange del dedo índice y se recostó en el pupitre que tenía detrás, para estar más cómoda mientras les observaba.

Zoe había bautizado al juego como “El infectado ciego”. No era más que una curiosa mezcla de La gallinita ciega, la Araña peluda y El rescate de la bandera. Al inicio de cada partida dos de los jugadores hacían de infectados y debían colocarse un pañuelo rojo en los ojos, de modo que su sentido de la visión quedaba inutilizado. Cada uno comenzaba su turno bajo una de las porterías, de cuyos largueros pendían dos banderas, verde en una, amarilla en la otra. El resto de jugadores eran los supervivientes, y debían repartirse en dos grupos: amarillos y verdes. Llevaban en el antebrazo un pañuelo que delataba el bando al que pertenecían.

Todas las partidas comenzaban igual: Los supervivientes de un bando ocupaban el medio campo de la bandera que debían proteger, y viceversa. El objetivo del juego era que al menos uno de ellos cruzase la portería de su medio campo en posesión de la bandera de su equipo. Si alguno de los supervivientes era atrapado por un infectado, pasaba a ser otro infectado, entregando su pañuelo al infectado, y debía colocarse en la línea de mediocampo, que no podía abandonar, y desde ahí tratar de atrapar al resto de supervivientes, sin discriminar equipos. Si un superviviente, en posesión de su bandera, era atrapado por un jugador del equipo contrario en su mitad del campo, tenía el deber de devolver la bandera a su portería de origen, con un pequeño período de inmunidad en el que ningún infectado podía atraparle, y una vez volvía a su mitad del campo, se reanudaba el juego.

Resultaba a partes iguales divertido y escalofriante ver cómo se metían en el personaje quienes hacían de infectado, y el sinfín de estrategias y artimañas que habían inventado en tan poco tiempo para distraer a los infectados ciegos, burlándose de ellos y ofreciéndose como cebo vivo para hacerse con las banderas. Bárbara se sintió mal al comprobar que habían superado la barrera de la empatía, al entender a los infectaos meramente como “el enemigo”, obviando el hecho que cualquiera de ellos, al menos de quienes estaban vacunados, podía amanecer al día siguiente siendo uno de ellos. Era consciente que no era más que un juego, pero le hizo pensar, y las conclusiones a las que llegó no le gustaron una pizca.

Habían partidas que duraban minutos, y otras que sobrepasaban la media hora, en función del número de participantes. Pese a que sentía un rechazo flagrante a la forma, Bárbara acabó concluyendo que el fondo bien lo compensaba. Estaban todos ejercitando los músculos al correr de un lado para otro, afianzando vínculos entre ellos y divirtiéndose, riendo a carcajadas. Eso era justo lo que necesitaban en esos momentos, y una vez más bendijo a aquella niña que apenas le llegaba a la altura del hombro por conseguir, aún sin proponérselo, todo cuanto ella había estado persiguiendo desde que la conoció.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s